¿Qué hay que hacer ante el bochorno habitual de la pitada al himno de algunos en las finales de Copa del Rey?

Reflexiones sobre el silencio del Gobierno y la defensa de la "libertad de expresión" de algunos ante las ofensas a la propia nación, mientras se llevan las manos a la cabeza ante otras ofensas

Imagen de la Final de Copa del pasado sábado

Tiempo de Juego

Imagen de la Final de Copa del pasado sábado

Jordi Jiménez

Mallorca - Publicado el - Actualizado

8 min lectura

Imagínese por un momento llegar a vivir a un pueblo en el que la gente se muestra encantadora a la vez que ilusionada por una carrera tradicional, una subida a una montaña de los alrededores del pueblo donde hay una Ermita, pongamos ficticiamente el nombre de Santa Victoria. El ganador de la subida se lleva un trofeo como es preceptivo. 

La ilusión es máxima en el pueblo, todos están deseando que llegue ese día, usted asiste con la excitación del que va a ver algo que moviliza a todo el pueblo con la ilusión de un chiquillo. Cuando llega a la cumbre, ve que los vecinos antes sonrientes y felices, se ponen a gritarle a la imagen de la Santa Victoria. Usted cree que es devoción pero de pronto descubre horrorizado que lo que hacen es proferir insultos. Después, observa cómo celebran el triunfo de un ganador volviendo a insultar a la "Santa Victoria". Lo más probable es que si usted está viviendo algo así, salga por piernas de ese pueblo y se vaya sin mirar atrás, pensaría que los vecinos están enajenados. Qué sentido tiene luchar, esforzarse, competir, por ganar el trofeo de una carrera cuya imagen detestas. 

Pues esto es exactamente lo que ocurre con algunos aficionados cada vez que su equipo juega la final de la Copa del Rey. Es la ilusión de toda una gran afición. Hace dos años en La Cartuja, vivimos con el RCD Mallorca la gran final de la Copa del Rey, el himno nacional fue respetado y tarareado tan solo por la afición mallorquinista, la única que llevaba orgullosa y sin complejos banderas de nuestro país. En el otro lado, el histórico Athletic, por supuesto sin banderas de España y entre sus aficionados, miles pitando el himno.

Esta escena se reprodujo este sábado en el Atlético de Madrid-Real Sociedad. Mismo escenario, mismo bochorno. Y alguien se preguntará, ¿qué están pitando? ¿pitan la Copa? no porque la quieren. ¿Pitan al Rey? pero luchan a muerte por la copa que lleva su nombre y encima son un club "Real". ¿Pitan el himno de España? pero son españoles, se sientan como se sientan, su condición de españoles es lo que les da acceso a ese gran partido, a disputar las competiciones nacionales. ¿No les gusta el himno de la Marcha granadera compuesto en época de Carlos III? ¿Qué sentido tiene odiar tanto aquello por lo que estás luchando a muerte?  No permitamos en todo caso que una parte represente a un todo. 

 Lo que intentan los radicales es provocar la asociación de ideas. No se le puede conceder a un parte radical la representación del todo, es lo que pretenden siempre los radicales pero hay una mayoría silenciosa, pacífica, sana, gente que sólo disfruta de lo suyo y de su equipo sin odiar a nadie ni sentirse diferente a los demás. Las minorías hacen el ruido que lo enturbia todo, son el tóxico que inocula las sociedades, si se permite, si se le da la importancia que no tienen. 

El caso de la hinchada radical de la Real Sociedad que pitaba el otro día es incluso más contradictorio aún que el caso del Athletic de Bilbao. Si Adolfo Sáenz-Alonso levantara la cabeza y alguien hubiera podido enseñarle lo que ocurría en La Cartuja el sábado posiblemente no hubiera entendido nada. 

Es posible que don Adolfo, un hombre culto a quienes las crónicas recuerdan siempre con un libro en las manos, un hombre vinculado a la enseñanza y a las lenguas, le habría impactado seguramente ver pitar el himno nacional, le habría impactado también la pitada al bisnieto del Rey que concedía la distinción de Real al club de fútbol que fundó en 1909.

Un club monárquico, que quiso ser monárquico, que quiso ser distinguido como Real, esa Real Sociedad de San Sebastián que seguramente pronuncien con tanto orgullo muchos de los que silbaban como si no hubiera un mañana, repudiando el símbolo de su condición Real ¿?

 No me digan que no es retorcido. Un club que disputa ese gran partido de la final de Copa del Rey, que disfruta de ese privilegiado momento porque se lo ha ganado en el campo, pero gracias a su condición de club español, porque sino no podría, repudiando que le llamen español. Es propio de diván quienes se manejan en tanta contradicción vital.

La cuestión es que en España seguimos soportando este bochorno y no ha habido institucionales de condena como hubo ipso facto hace sólo unos días, en plena Semana Santa, con los cánticos "musulmán el que no bote" del España-Egipto de Cornellá. Recordarán la reacción inmediata del Gobierno, recordarán las noticias de la investigación de la policía (Mossos) para dar con los responsables, recordarán las noticias sobre un caso que iniciaba la Fiscalía, recordarán las peroratas mediáticas y de cierta clase política. 

Sin embargo, esas condenas han sido, tras lo de La Cartuja, sólo populares y periodísticas (no de todos los medios) y a nivel institucional, salvo cierta parte del arco político, ha sido nula. Y la razón es sencilla, España y quien se sienta español son como ese muñeco de trapo al que todo el mundo puede pegarle. No puede existir ofensa a otras comunidades, a personas de otras religiones o en función de raza o condición sexual, por supuesto. Se denuncia como debe ser cualquier expresión de odio. Sin embargo, para parte del sistema, los insultos y ofensas a la propia nación son "libertad de expresión" en palabras del compañero Juan Carlos Rivero de TVE, el muñeco puede ser golpeado como muestra de salud democrática. Ya lo decían Paco González y Juanma Castaño en Tiempo de Juego, se han normalizado cosas que no pueden normalizarse.

Décadas de odio.-

No es flor de un día no, son décadas de auto fustigarse a través del falseamiento de la historia desde todos los ámbitos, la educación, la política, el cine, los medios de comunicación. En concreto en algunas comunidades se ha instalado el toda la mente colectiva desde la infancia, algo así como lo español equivalente a malo, algo digno de ser repudiado. Han crecido en el odio a España porque les han dicho que por haber nacido en tal sitio son diferentes al resto de España, les han dicho que son un pueblo sometido por un Estado. Les han mentido y les siguen mintiendo. Toda esta fábula que no tiene absolutamente nada que ver con nuestra historia lleva décadas instalándose en la mente colectiva de ciertos territorios. 

Amor a la Real, odio a lo Real.-

Qué interés tendría la Real Sociedad de San Sebastián en repudiar aquello que le da identidad, su condición Real, ninguno; cómo iba a repudiar su condición de club español que le da derecho a jugar en España y su condición de fundador de la liga española, no tendría sentido.

 Cómo iba a repudiar su historia, el club no lo hace. Sí lo hace parte de la hinchada. ¿Cómo pueden esos aficionados odiar tanto a la propia esencia del club del que se declaran fanáticos o hinchas incondicionales? amor a la Real, odio a lo que representa la Monarquía de la que son partícipes.

La respuesta está en la manipulación, el falseamiento de la historia, el odio, el bicho del sectarismo nacionalista que tan graves consecuencias ha tenido como todo el mundo sabe. 

¿Cómo proceder?

Lo cierto es que aún estamos esperando la respuesta del Gobierno y de todo ese sistema que calla ante la ofensa hacia la propia nación y arde en llamas si alguien canta "musulmán el que no bote". La cuestión es que España no va a avanzar mientras no empiece a respetarse como nación.

Por ello, el debate se ha vuelto a abrir, cómo proceder cuando vuelva a ocurrir. Decíamos hace unos días que tras lo de Cornellá queríamos ver la misma contundencia y actuaciones cuando se produjera una nueva ofensa al himno y al Rey, que no tiene nada que ver con sentirse monárquico (uno es libre de sentirse lo que quiera), sino con el respeto a la propia nación, en definitiva a uno mismo y sus conciudadanos. 

Los hay que piensan que no ocurrirá nada, que no cambiará nada, y así ha sido hasta ahora por lo que tienen razones fundadas para pensar que nada cambiará. Y sin embargo, sí está cambiando ya porque una conciencia colectiva ha empezado a decir, basta, hasta aquí, hay un cambio en la conciencia colectiva entre los millones de españoles que no están dispuestos a ceder el espacio púbico y mediático a quienes insultan la propia nación. 

El debate está abierto porque ha ocurrido en otros países. En Francia, el entonces presidente Nicolas Sarkozy fijó en 2008 que en caso de pitada al himno frente al combinado nacional (como había ocurrido ante Túnez y Argelia en suelo francés), los miembros del Gobierno deberán abandonar el estadio, el árbitro suspenderá el partido y el gobierno anulará todos los encuentros ante el país rival. Hay mil países en los que podemos pensar en los que sería impensable que ocurriera. En Estados Unidos hay un código de conducta: "deben mirar la bandera y estar de pie atentamente con la mano derecha sobre el corazón y, si aplicable, los hombres deben quitarse la prenda que lleven en la cabeza con su mano derecha y sostenerla sobre su hombro izquierdo, con la mano sobre el corazón". Es difícil pensar que en caso de pitada todo siguiera igual y no tuviera consecuencias en EEUU.

Fíjense en una cosa, tras la pitada inicial del sábado pasado, poco a poco la pitada es silenciada por una mayoría que corea el himno nacional, no se me ocurre mayor escenificación del cambio. En España algunos creen que todo seguirá igual pero estamos ante un cambio de paradigma en la conciencia colectiva, y se verá.  

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