Por Julio Martínez

El banquillo de la paciencia

Sergio Felipe se sobrepuso a una infame novillada de la casa Lozano tras casi cinco años de sequía taurina

Sergio Felipe

Sergio Felipe. Foto María Vázquez

Julio Martínez Foto María Vázquez

Tiempo de lectura: 2' Actualizado 08:31

La frase es de Octavio Chacón, torero maduro y forjado en la dureza. Tras catorce años navegando en ríos secos, por fin ha encontrado un charco donde fondear. De aguas turbias, pero navegables al fin y al cabo. Me apropio de ese término de esperar en el banquillo de la paciencia. Y, además, lo hago extensivo a un novillero de Alcadozo –tierra taurina, colombicultora y de buen comer-, a Sergio Felipe. El primer día del octubre de hace cinco años, colgó el vestido tras acabar con dos ibanes en Arnedo.

El grueso del aficionado intuyó que aquel fue su final. De hecho así se anuncio. En su día, fue su apoderado, Vitalinio, el que dio la noticia. Desde entonces, Sergio ha recibido varios reveses, alguno muy duro y que solo él sabe. Pero el veneno del toreo, aunque lento, no es efímero. Volcanes son todos. Activos o dormidos, pero nunca sepultados. Tarde más o menos, la lava llama al cráter. Y aquí, la muleta toca el timbre del corazón.

Pundonor, raza , predisposición y mucha, mucha clase. El toreo de Sergio Felipe cayó, otra vez, bien en Albacete. Sin alharacas, sin falsos miramientos. Siempre buscando el toreo ortodoxo, las buenas formas y la colocación. Valor para torear, que se dice. Con un lote completamente apagado. Qué bonito es ver interpretar la suerte pura cuando la fortuna es deficitaria.

Lo fácil es la bulla y la algarabía. Martes, feria de Albacete y novillada… Pues eso. La mitad del respetable viene invitado por aquellos que descartan venir a apoyar a los cimientos de un edificio el de la tauromaquia que, sin plazas como Albacete, no alcanzaría ni el primer tablón de la escalera. Sergio Felipe, puntal para cualquier obra, fue, en su día, puntero en la escuela. Madrid y un atanasio prologaron una carrera con visos de éxito.

Y casi cinco años después, podemos decir que el torero manchego se ha cargado de paciencia y de torería. Perfecta la manera de colocarse, con la figura erguida y la muleta planchada. Figura vertical para torear virando las caderas. Si ayer vimos a un debutante ilusionar a toda la ciudad –salvo contados y paupérrimos casos-, hoy hemos sido testigos del resurgir de un joven veterano en el escalafón menor.

Sergio Felipe ha sido capaz de acallar rumores y tornarlos en fervores. Con humildad y con garbo, sin querer ser protagonista. Acompañado de las dos figuras de la novillería actual, con la tele y con la gigante responsabilidad de salvarle el culo a una empresa que lo anunció por sorpresa. Doy fe de que lo hizo. Sergio Felipe fue el triunfador de una tarde sin triunfo. Estuvo a la altura de un compromiso que, a partir de ahora, ya no es con la necesidad sino con la competencia. El toreo ha recuperado un valor. Y, cuidado, un valor que sabe torear.

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