El sorprendente menú de Navidad de nuestros antepasados revela qué se comía en Jaca

Un recorrido histórico por la gastronomía navideña jaquesa, desde el pescado deshidratado del siglo XV hasta los turrones y mazapanes con premio del XIX

Anguila de Toledo
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HERRERA EN COPE EN JACA

Juan Carlos Moreno, asociación Sancho Ramírez

Paola Bandrés

Jaca - Publicado el

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La cena de Navidad ha cambiado mucho con el paso de los siglos, pero los archivos históricos permiten reconstruir los menús de antaño. Juan Carlos Moreno, de la asociación Sancho Ramírez, desvela los manjares que se consumían en Jaca y sus alrededores, ofreciendo un viaje gastronómico desde la Edad Media hasta el siglo XIX.

Pescado seco y dulces de monasterio

Durante los siglos XV, XVI y XVII, el pescado era protagonista en las mesas jaquesas. Según los registros de las pescaderías de la época, se consumía bacalao, abadejo y, sobre todo, curadillo. Este último, según detalla la investigación, era un tipo de tiburón o marrajo que se secaba al aire, sin sal, para luego rehidratarlo y cocinarlo.

En el siglo XVIII, a falta de crónicas domésticas, los documentos del monasterio de San Juan de la Peña ofrecen una valiosa pista sobre los postres. Los listados de gastos de los monjes demuestran que ya se daban un festín dulce, pues "compraban ya hechos turrones de mazapán y turrón común", además de bizcochos, grageas y los curiosos "bolaos", un dulce esponjoso a base de clara de huevo y limón.

La competencia de los turrones en la Jaca del siglo XIX

Ya en el siglo XIX, los anuncios del periódico El Pirineo Aragonés revelan una oferta comercial cada vez más sofisticada. Comercios como el de Fermín Díaz vendían productos selectos como "higos legítimos de Fraga" y "pasas de Málaga", aunque su tienda era un bazar donde también se podían encontrar camas y relojes.

Sin embargo, eran las confiterías las que marcaban la pauta navideña. Mariano Belmar, en la calle Mayor, ofrecía a sus clientes "ricos turrones de Zaragoza y del bajo Aragón", mazapán en barras, jalea, jijona y "guirlache de Molins". Estos establecimientos funcionaban también como cererías, donde se vendían las velas para las ceremonias religiosas.

La competencia entre confiteros era notable y fomentaba curiosas estrategias comerciales para atraer a la clientela. Los rivales de Belmar "ofrecían unos boletos de premio por cada peseta de compra", una táctica con la que los clientes podían ganar desde una Anguila de Toledo de mazapán hasta vinos generosos y décimos de lotería.

Este contenido ha sido creado por el equipo editorial con la asistencia de herramientas de IA.

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