
Jaén - Publicado el - Actualizado
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Correr al amanecer por el casco antiguo de Jaén supone un auténtico privilegio. Emprendemos el recorrido calentando los músculos desde el renacentista Palacio de los Vilches, en la plaza del deán Mazas; aquél que dudaba del “Descenso”. Nos dirigimos hacia la calle Campanas, que nos evoca el famoso contencioso-administrativo (la prohibición del toque de campanas de la Catedral) que ganó el vicario general Francisco Blanco Nájera al Ayuntamiento, en 1934. La iluminación color dorado de los edificios emblemáticos ayuda a contemplar la huella de la cultura islámica y cristiana. Por las luces interiores del monasterio de Santa Teresa de las Carmelitas Descalzas, se colige que rezan la liturgia de las horas, con sus maitines y laudes. Al llegar al Camarín, sorprende la formidable talla de San José en la fachada, por llevar originariamente su advocación los Carmelitas. Enfrente el Palacio del conde de Torralba, con vestigios del Torreón y la Muralla de Jaén. Dentro del Barrio de la Merced recordamos a los cuatro mártires claretianos asesinados en su huerto por los milicianos —anteayer hace 86 años—, por profesar la fe católica: Genaro Millán, Laureano de los Frutos, Santos Rodríguez y Eduardo Gómez Acebo; dejaron un conmovedor testimonio de perdón. Superamos el Palacio del capitán Quesada Ulloa y subimos con ritmo creciente hasta la carretera de la circunvalación. En el desvío al Neveral-Castillo las farolas alineadas nos llevan hasta la Fuente de Caño Quebrado; según la leyenda, el manantial nació de las lágrimas de Zoraida que esperaba a su marido el rey almohade Omar. Aquí se visualiza mejor los planetas Júpiter y Venus, alineados con la Luna. La brisa del viento hace más agradable la considerable temperatura. El Castillo representa un símbolo de libertad, tanto por la reconquista cristiana como la posterior expulsión de las tropas napoleónicas. En el último repecho de acceso al recinto amurallado esprintamos progresivamente, emulando la gallardía de los caballeros castellanos. Nos dirigimos hasta la cruz que promovió la familia Balguerías y que atrae todas las miradas. Desde aquí la ciudad se confunde con un puerto, pero de un mar de olivos. Divisamos las seis torres; dos de ellas albarranas (que conectan la muralla mediante un puente), y en una se encuentra la capilla iluminada de Santa Catalina. A ella se encomendó Fernando III el Santo para conquistar esta fortaleza al rey Alhamar. La virtuosa y estudiosa joven, convenció a los 50 sabios de Alejandría de la existencia de Dios. Entonces el emperador romano Majencio ordenó su martirio en una rueda de púas. Llegamos a la cruz saltando por los escalones. Allí meditamos el poema del poeta galduriense Antonio Almendros Aguilar, tallado en su base rocosa. Entonces experimentamos la mayor expresión de libertad, la del pecado: “Muere Jesús del Gólgota en la cumbre con amor perdonando al que le hería…”. Los visitantes dibujan corazoncitos en la encalada cruz, ignorando quizás que en ella radica el verdadero amor. La vuelta por el carril de tierra en la ladera del cerro, discurre al lado de la tienda de campaña de Paco, a quien saludo. Arribando a la circunvalación desciendo por la calle Santísima Trinidad, hasta el barrio de la Magdalena, que hoy celebra a su patrona; junto con la iglesia y el patio de abluciones de la antigua mezquita, está el “Raudal” que abastecía el agua hasta el palacio del Condestable Iranzo, y el monumento del Lagarto. Atravieso por el antiguo convento de Santa Úrsula (don Antonio Álvarez de Morales me descubrió sus deliciosas yemas) hasta salir al antiguo Hospital de San Juan de Dios; callejeo por los Baños Árabes y el convento de Santo Domingo, actual AHPJ. Después la iglesia de San Juan y la Torre del Concejo, modelo de convivencia entre el poder civil y eclesiástico en el s. XIV. Bajamos por la pendiente de la calle y Capilla de San Andrés hasta la plaza de los Huérfanos, donde un monolito recuerda la diáspora sefardí. Desde allí llaneamos al convento de Santa Clara, fundado por el monarca castellano, investido en el monasterio de las Huelgas de Burgos. Desde la Fuente de los Caños y los Baños del Naranjo alcanzamos a San Bartolomé, cruzamos el Arco de San Lorenzo hasta volver a la Cripta, en donde exponen al Santísimo. Noventa minutos de ejercicio por el Santo Reino cargados de historia, arte y cultura.



