
Jaén - Publicado el - Actualizado
4 min lectura
La “British Broadcasting Corporation” (BBC) ha entrevistado a Shoji Morimoto, físico japonés de 37 años, que explica una curiosa iniciativa profesional. En el perfil de Twitter, con 270.000 seguidores, se anuncia este original emprendedor: “Te rento una persona (yo) por no hacer nada. Siempre acepto solicitudes. Solo debes pagar 10.000 yenes japoneses (80 €), más gastos de transporte desde la estación, la comida y la bebida”; se calcula que gana al mes 2.400 €, para vivir con su mujer e hijos. Desde que en 2018 puso en marcha su negocio, le llueven las solicitudes diarias para acompañar a hacer la compra al supermercado; comer con alguien que no desea hacerlo solo; dar una segunda opinión sobre un proyecto; también le han contratado para animar a un corredor de maratón al llegar a la línea de meta. Confiesa que sus clientes se sienten satisfechos porque tras alquilarle experimentan un cambio positivo mental; le dicen que es liberador contarle asuntos que no pueden confidenciar a otros. Podríamos pensar que el trabajo friki de este popular personaje en Japón, ha tenido acogida en una sociedad individualista, volcada en el trabajo, que relega la familia y la amistad a un segundo plano. Sin embargo, este mal no es sólo del desarrollado país asiático, sino de todo Occidente.
En nuestro país, con una tasa inferior a la de reposición de la natalidad, hay casi cinco millones de personas que viven solas (uno de cada cuatro hogares es unipersonal); de ellas dos millones son mayores de 65 años. Las profesiones más demandadas durante esta pandemia, después del personal sanitario, han sido los cuidadores y acompañantes. Este creativo japonés ha encontrado un nicho de mercado en la soledad y el suicidio demográfico. Durante este año de confinamiento hemos echado de menos a las personas queridas y a los amigos. Aristóteles en la “Ética a Nicómaco” puntualiza: “La amistad es la mayor necesidad de la vida: nadie aceptaría esta sin amigos”. En el Libro del Sirácides (Si) o en latín Eclesiástico (no confundir con el Eclesiastés) sabiamente sentencia: “Dichoso el que ha encontrado un amigo verdadero”; y concluye: “Nada vale tanto como el amigo fiel; su precio es incalculable, el que lo encuentra halla un tesoro”. Comprobamos cómo los clientes de este imaginativo nipón carecían de amigos; de ahí el éxito profesional de prestar servicios ante la necesidad del acompañamiento. En el “Imperio del Sol Naciente”, tercera economía mundial, pero en subdesarrollo respecto a la amistad, este cuidador intenta suplir las carencias socio-personales existentes. El DLE define la amistad como: “Afecto personal, puro, desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato”. Por lo tanto, ésta se corrompería si se instrumentalizara para obtener algún fin espúrio, no altruista.
La amistad se caracteriza por la reciprocidad y el desinterés generoso; mercantilizarla por interés hace perder su naturaleza de relación afectuosa y de confianza. El verdadero amigo se desvive, incluso hasta entregar la vida (el paradigma es Jesús de Nazaret). ¿Quién no necesita abrir el corazón al amigo para hallar orientación y pedir un consejo personal o familiar? El amigo defiende a capa y espada a su amigo; se interesa por él sinceramente; llega cuando todos se van; está dispuesto a dar antes que recibir; comparte sus preocupaciones, penas y alegrías; sabe respetar su intimidad y guarda sus secretos; le trata desde un plano de igualdad y no desde una superioridad paternalista. Todo, a cambio de nada, pero está lejos del “no hacer nada”; porque implica sacrificio, dedicación de tiempo, buen corazón, comprensión, amabilidad, paciencia, fidelidad, compasión, perdón, evitar la envidia y los celos…, en la adversidad se prueban los amigos. Dice el refranero castellano: “Quien dice las verdades, pierde las amistades”. Sin embargo, constituiría un acto de deslealtad no advertir a los amigos a las claras de los peligros, con delicadeza y respetando su libertad. Voltaire criticaba con crudeza la deformación —de la que nadie está exento— de una amistad inexistente en algunos religiosos: “Se juntan sin conocerse, viven si amarse y mueren sin llorarse”; difícilmente se puede edificar sobre la caridad (sobrenatural) si no está asentada sobre una amistad (humana). Los verdaderos amigos acudirán a nuestro último adiós. Con Roberto Carlos —el cantante— nos gustaría “tener un millón de amigos”, porque cada uno representa un don precioso, un tesoro incalculable.



