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El crimen del barbero de la calle San Pablo de Córdoba y de la cabeza delatora

Conocemos con el escritor José Manuel Morales Gajete el crimen que estremeció la Córdoba de los años cuarenta y que todavía hoy dicen que ha dejado una maldición como legado

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Toni Cruz González
@tonicruzgon

Redacción COPE Córdoba

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 03 oct 2020

Córdoba, enero de 1943. Enrique Gallego, cobrador del Banco Español de Crédito, acude un mediodía a la barbería que su amigo y compañero de colegio en Salesianos Francisco Reyes regenta en el número 6 de la calle San Pablo. El cobrador acababa de salir de su trabajo y quería afeitarse antes de ir a almorzar a su casa.

De repente, mientras Francisco rasuraba la barbilla de Enrique se inició una pequeña discusión entre ambos por algún motivo desconocido. El grado de tensión fue aumentando mientras Francisco acariciaba la garganta desnuda de su amigo con la hoja de su navaja… hasta que no pudo seguir conteniendo su instinto asesino y, de un certero corte en la yugular, dejó sin vida a su cliente.

Tras ser consciente de que acababa de matar a una persona, el barbero comenzó a barajar distintas formas para deshacerse del cadáver. El local era muy pequeño para esconderlo demasiado tiempo, por lo que por la tarde cerró la barbería y calculó lo que pensaba iba a ser un plan perfecto. Aprovechando los conocimientos sobre anatomía que había adquirido por su cuenta, comenzó a mutilar el cuerpo cortándole primero brazos y piernas. Luego, tras cercenarle también la cabeza, colocó todos los trozos en unos bidones de jabón que tenía en la trastienda. Finalmente, fregó el suelo con cuidado y vertió grandes cantidades de colonia para camuflar el olor a putrefacción. A partir de ese momento, cada día al salir de su local envolvía uno de los miembros amputados en papel de periódico, y de camino a su casa los iba arrojando uno por uno al río Guadalquivir.

Podría haber cometido el crimen perfecto, pero no tuvo en cuenta el aspecto emocional. Sus demonios internos le impidieron acercarse a la cabeza de su amigo, pues cada vez que entraba en la trastienda, pensaba que ese rostro con los ojos todavía abiertos le seguía con mirada acusadora. Justo como en “El corazón delator” de Edgar Allan Poe. Eso le acabaría costando la vida.



El 28 de enero de ese 1.943, Doña Trinidad Gámez, se personó en la comisaría de policía pasadas las nueve de la noche para denunciar la desaparición de su marido, Enrique Gallego. El comisario dispuso un equipo de cuatro agentes que, tras interrogar a medio barrio, pronto llegaron a la conclusión de que las últimas personas en verlo con vida fueron los dueños de 3 negocios situados en los alrededores de Capitulares: el espartero Rafael Estévez, el tabernero Rafael Novella, y el barbero Francisco Reyes. Las sospechas sobre el último se dispararon cuando su sobrino, al que tenía de aprendiz en la barbería, declaró que había notado un comportamiento extraño a su tío durante los últimos días, prohibiéndole entrar en la trastienda, de la que por cierto emanaba un fortísimo olor a perfume. Entonces los agentes accedieron a dicha trastienda para inspeccionarla, no sin la oposición del barbero, y allí fue donde descubrieron la macabra sorpresa que les aguardaba: la cabeza decapitada de Enrique Gallego de la que Francisco no fue capaz de deshacerse.

Una vez detenido, el barbero no tembló en confesar el crimen con una frialdad pasmosa. A los 2 días de su declaración se inició un juicio sumarísimo, y tan sólo una semana después era ejecutado por un pelotón de fusilamiento junto a la parrilla del Cementerio de San Rafael.

Un suceso como éste marcó el inconsciente colectivo de una ciudad tranquila como la Córdoba de los años cuarenta. Y las leyendas aumentaron. El día de su ejecución, el barbero le pidió a uno de los guardias que lo iban a fusilar que le guardara los gemelos que llevaba puestos en la camisa. Éste se los metió en el bolsillo y, al recibir la orden de su oficial, vació el cargador sobre el condenado. Al llegar al cuartel, mientras el joven limpiaba su arma supuestamente descargada, se le disparó en la cara por accidente. El guardia civil murió en el acto con los gemelos del barbero en el bolsillo. Así nació la creencia de una maldición que, desde entonces, parece perseguir a todo lo que tuvo relación con aquel célebre asesino.

Además, desde entonces, el local donde se produjo el asesinato ha ido cambiando de manos cada poco tiempo y, aunque se encuentra cerca del Ayuntamiento en una localización privilegiada, todos los negocios que se montan allí por algún extraño motivo no tienen éxito y se ven abocados a cerrar al cabo de unos pocos meses.

José Manuel Morales Gajete, de Córdoba Misteriosa, consiguió entrevistar a la dueña actual de la casa en la que vivió el barbero y María, tal es su nombre, le contó que desde que se instaló allí había sido víctima de fenómenos difíciles de explicar como luces que se encienden y se apagan solas, juguetes que se ponen en funcionamiento sin intervención humana, inquietantes sombras que atraviesan el pasillo, e incluso ruidos muy fuertes que provienen de habitaciones que se encuentran completamente vacías.

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