NBA

Con básket sí hay paraíso'

Donde no hay olvido

Paul Pierce, en el acto de la retirada de su dorsal

Redacción digital

Madrid - Publicado el - Actualizado

3 min lectura

El recuerdo se lo gana uno, el cariño aún más. En todos los órdenes de la vida. En el deporte deben concurrir diferentes variantes para que un deportista pase de recordado a la categoría de leyenda: ser bueno en lo que hace, ser decisivo en ese trance, haber sido el líder, o no siéndolo haber tenido aportaciones capitales, haber puesto su talento al servicio del equipo, haber conectado con la gente que le sigue ahí afuera, y por supuesto haber ganado.

Son muchos los jugadores que pasan por la historia de un club, o una franquicia si hablamos de la NBA, incluso en una temporada, y pocos los elegidos para el recuerdo. Son muchos los que hacen que un equipo funcione, pero unos pocos los elegidos para la gloria, para ser elevados a la categoría de leyenda,  porque hay algo que los hizo especiales, que los hizo diferenciales en las conquistas del equipo y en el corazón de sus aficionados. Y cuando eso ocurre, nadie como la NBA para rendirles tributo y para despedir a los ídolos. Para la NBA y para sus equipos son tan importantes los que juegan ahora y tienen que darles victorias como los que lo hicieron en el pasado, de hecho las camisetas del pasado a veces son más vendidas que las actuales; saben que si quieren tener una historia, si quieren tener un ADN con el que se identifique su gente, los ídolos del pasado son muy importantes. 

Los Boston Celtics volvieron a demostrarlo el domingo con el tributo a Paul Pierce y la retirada del dorsal 34, que fue ascendido al cielo del Garden, pero que a diferencia de otros equipos, no lo ascendió en solitario, sino añadido a un mural de dorsales como el 31 de Maxwell y el 00 de Parish, el 35 de Bird o el 32 de McHale. Pierce fue el encargado de izar su dorsal y ver su 34 junto al de esas leyendas de la historia de la franquicia, palabras mayores, pero es que Pierce les hizo ganar, fue un jugador que encarnó ese adn Celtic plenamente identificado con el verde y profundamente conectado al talante combativo de los Celtics, curiosamente siendo natural de Los Angeles. Uno puede amar mucho a su tierra pero ya se sabe que se es y mucho de donde uno pace. Al final,  el recorrido que haces en tu vida está profundamente ligado a aquel lugar que permite desarrollarte y explotar tus capacidades, donde te has sentido valorado y has podido dejar un legado.

No fue un acto con muchas alharacas, nada de mucho artificio, discursos del propietario, Wyc Grousbeck, del entrenador del anillo Doc Rivers, del arquitecto Danny Ainge, y de Paul Pierce, agradecido a Boston, los Celtics, su entrenador, sus compañeros presentes Garnett y Rondo (qué pena esa herida sin cicatrizar con Ray Allen), un Pierce emocionado como se esperaba, porque si algo tuvo Pierce fue la emoción suficiente para los momentos importantes y la sangre fría necesaria para su ejecución. Como dijo Rivers, Pierce era el jugador que querías para los momentos definitivos. 

Fue sólo un anillo, el que impidió el primero de Pau Gasol, y quizá de no haber existido esos Lakers, Boston habría conquistado alguno más, pero fue uno de esos momentos que quedan grabados, como registrada queda en nuestra memoria la noche en la que retiraron su dorsal. Curiosamente, el día antes de que su mayor leyenda y que da nombre al MVP de las finales de la NBA, Bill Russell, cumpliera 84 años. Porque con los ídolos no hay olvido, y se les rinde tributo en vida. 

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