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May Ponzo
Son poco más de las nueve de la mañana y Kalamu Fal, Abdoulaay Lo y Abdou Biram apuran un café a la vuelta de la esquina del emblemático Arco del Triunfo de Barcelona antes de ponerse a rebuscar entre los contenedores de la ciudad para recoger chatarra.
Cada mañana, los tres amigos de Senegal quedan en el mismo lugar donde aparcan sus carritos de la compra y afrontan la jornada sin papeles en regla, con miedo a ser detenidos y sin saber si ese día tendrán suerte y lograrán recoger suficiente material como para poder llevarse algo a la boca.
Abdou es un robot, tiene tanta energía que puede caminar cuesta arriba durante horas, aseguran a EFE entre bromas Kalamu y Abdoulaay.
El repiqueteo de los carros atravesando el corazón de Barcelona se ha vuelto ya habitual. El trabajo de chatarrero es para muchos migrantes indocumentados su único medio de subsistencia.
El día anterior, Abdou caminó 20 kilómetros en busca de chatarra, pero no consiguió ni un céntimo. Kalamu hizo 12 kilómetros y logró 15 euros, mientras que Adboulaay ganó 13 euros.
Hay días buenos y días malos, dicen, encogiendo los hombros. Al final de su jornada, los carritos de la compra pueden llegar a pesar 240 kilos con todo tipo de material del que luego hay que seleccionar el metal. Les pagan 20 céntimos por kilo, un precio que les permite, de media, sacar 10 euros al día.
"Es como un gimnasio gratuito", dice Kalamu con una risa nerviosa. Los tres amigos dejaron atrás una vida de miseria y pobreza, pero la realidad de Barcelona no es exactamente lo que esperaban.
UNA VIDA MEJOR
En Senegal, Abdou era un diseñador gráfico sin suerte. Hoy vive en una casa de okupas a las afueras de Barcelona. Pasa sus días hurgando en contenedores de basura por menos de un euro la hora. Muchos de nosotros, los jóvenes, tenemos estudios en Senegal, pero allí no hay oportunidad de trabajar, dice.
El joven de 32 años llegó a España hace nueve meses tras un viaje en patera de ocho días por el Océano Atlántico. Desde Senegal llegó a las islas Canarias con su hermano. Dicen que en Europa hay democracia pero luego llegas aquí y no es lo que esperábamos, tenemos que hacer este trabajo, no nos dan otra opción, asegura.
Abdou ahora tendrá que esperar un mínimo de tres años para obtener la residencia legal en España. Además de una larga lista de requisitos burocráticos, que incluyen demostrar un domicilio permanente, para establecerse en Cataluña tendrá que aprender tanto catalán como castellano antes de solicitar documentos legales oficiales.
Trabajo hasta las 7 de la tarde todos los días y luego voy a un centro a aprender catalán'', cuenta a Efe.
Mientras Abdou sueña con retomar su trabajo como diseñador gráfico en España, Abdoulaay, que era pescador en Senegal, vive su día a día con la incertidumbre de tener que ganar el dinero suficiente que le permita subsistir y enviar entre 50 y 100 euros a su esposa e hijos.
ECONOMÍA SUMERGIDA, TRABAJADORES INVISIBLES
Después de largas horas en búsqueda de metales, el trabajo continúa llevándolos a una de las muchas chatarrerías esparcidas por Barcelona donde se clasifica, pesa y vende el material.
Ramses Gellida es el propietario de NTR Reciclajes, una chatarrería a la que acuden de todos los rincones del mundo.
El primer eslabón del reciclaje a nivel mundial es la gente que va por la calle con el carrito, dice Ramses. Su chatarrería, por lo general, tiene una cuadrilla de chatarreros más o menos fija de Rumanía, Senegal y Pakistán, aunque sus puertas están abiertas a todo el que lo necesite.
Cuando hablas con ellos la verdad es que lo que más sorprende es la vida que tienen. La mayoría de los que llevan el carrito hablan cuatro o cinco idiomas. Es gente que ha viajado mucho. Son nómadas y, por circunstancias de la vida, se han dedicado a la chatarra, añade.
Ellos se sienten indignos y humillados y a menudo son víctimas de racismo. Cuando la gente nos ve caminando en su dirección, cruzan la calle para evitarnos, dice Ali, un joven migrante de 24 años de Senegal.
"¿Qué podemos hacer? No podemos cruzar los brazos y no hacer nada, tenemos que trabajar", continúa, mientras empuja su carrito.
Para la mayoría, reciclar es una tarea molesta. Para los chatarreros sin papeles es supervivencia. No lo hacen por el medio ambiente, sino porque lo necesitan para ganarse la vida, dice Federico Demaria, profesor de economía ecológica y ecología política en la Universitat de Barcelona.
Este académico lidera un estudio sobre este tipo de reciclaje no oficial en Barcelona y está usando sus resultados para solicitar al Ayuntamiento su reconocimiento de modo que se pueda recompensar a los migrantes por su contribución al medio ambiente y su aportación al sistema.
La remuneración económica que reciben los chatarreros por su trabajo no tiene ni un ápice de equidad, asegura en su estudio. Son personas claramente invisibles (...) porque no son parte del sistema, de la economía financiera, explica.
Estos trabajadores invisibles recogen más del 20% de la chatarra de Cataluña, según la organización de reciclaje Gremi de Recuperació de Catalunya.
Demaria estima que hay entre 50.000 y 100.000 recicladores irregulares en la región, el 70% de los cuales provienen del África subsahariana.
Necesitamos reconocerlos social, institucional y políticamente, dice Demaria.
EFE
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