MADRID
La primera novillada de Las Ventas, un muro para la joven terna
Romero, Mariscal y Pedro Andrés son silenciados ante un vacío encierro de los Hnos. Sánchez Herrero y López Gibaja.

Derechazo de Pedro Andrés al sexto novillo del festejo
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La primera novillada del año en la plaza de Plaza de Toros de Las Ventas dejó una sensación tan fría como el juego de los utreros. Los tres novilleros que hicieron el paseíllo se vaciaron sin reservas, pero su disposición chocó una y otra vez contra un encierro de dos hierros —Sánchez Herrero como titular y López Gibaja remendando— que apenas ofreció opciones. Ni el público terminó de conectar ni el resultado final arrojó premio alguno.
Los seis novillos, correctamente presentados, con caras ofensivas y volumen suficiente, evidenciaron sin embargo una preocupante falta de motor. A unos les faltó fuerza; a otros, clase y entrega. En conjunto, un lote deslucido, de embestidas cortas y, en demasiadas ocasiones, defensivas.
El primero ya marcó el tono de la tarde. Brusco, desordenado y sin ritmo, obligó a tirar de firmeza a Jesús Romero, que no dudó en plantarse en los medios de rodillas para iniciar faena. El madrileño, que hacía su presentación en Las Ventas, sostuvo el tipo con una actitud muy seria, sin aliviarse en ningún momento, tragando parones y derrotes, y logrando incluso ligar algunos muletazos de mérito en el tramo final, pese al viento. Sin embargo, su esfuerzo apenas tuvo eco en los tendidos.
Volvió a evidenciar ese compromiso con el cuarto, un novillo sin fuerzas al que sostuvo a base de insistencia y colocación, logrando arrancarle alguna serie con sentido antes de que la espada emborronara su labor.
Mariscal Ruiz tampoco encontró aliado en su primero, un animal descoordinado y sin recorrido que apenas permitió lucimiento. Apostó fuerte en el quinto, recibiéndolo a portagayola en un alarde de valor. Ya con la muleta, el novillo mantuvo ese tono áspero y deslucido, sin entrega, obligando al novillero a tirar de oficio en una faena de escaso brillo.
Por su parte, Pedro Andrés, que se también presentaba en Madrid, tampoco tuvo suerte en su primero, un animal venido a menos que rodó en varias ocasiones y que apenas le permitió mostrar sus maneras más allá de algún muletazo aislado.
Mejor condición tuvo el sexto, sin excesos pero al menos manejable, lo que permitió al vitoriano construir una faena más hilvanada, especialmente por el pitón derecho, conectando con un sector del público que llegó a pedir, de forma minoritaria, un trofeo que no se ajustaba a lo visto.



