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El drama silencioso de no poder sudar bien de Esther y Mireya: “No tiene cura”

Esther y Mireya son dos jóvenes normales que están estudiando y trabajando, pero su vida está marcada por dos enfermedades parecidas, pero opuestas

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Rafa Molina Vega

Tiempo de lectura: 4'Actualizado 23:40

Esther, sufre anhidrosis: “Puedes marearte, caerte al suelo o llegar a la muerte

Esther es una persona como todas. Tiene 23 años. Es una chica normal de un pueblo de Córdoba, Almedinilla. Está estudiando unas oposiciones pero también trabaja. Durante este verano, uno de los más caluroso de los últimos años, Esther ha tenido que tener mucho cuidado. Mientras el resto de su equipo suele lidiar con el calor a duras penas y tomando una botella de agua fresca, ella tenía que echarse un cubo de agua por la cabeza. Esther padece anhidrosis y el trabajo físico o el deporte le puede costar la vida.

Esther no puede sudar: “Afecta en cosas súper normales como ir de compras al centro”, explica la joven. Hacer deporte puede suponer un riesgo, “sobre todo en verano”. “Hay que tener mucho cuidado”, advierte. En situaciones extremas, Esther puede llegar a “marearse, caerse al suelo o llegar a la muerte”, aunque aclara que es una posibilidad muy remota.

Mireya, padece hiperhidrosis: “Con 38 grados, ya estoy fatal”

Mireya tiene 21 años y es de Toledo. Está estudiando y trabajando; sale con sus amigos y hace una vida totalmente normal. Pero a la vez tiene que enfrentarse a un problema diario del que nadie se percata. El contrario al de Esther. Mireya sufre hiperhidrosis: “Mi cuerpo suda más de lo normal”, por eso, aclara, la temperatura de su cuerpo “es más baja, siempre”. Por eso, cuando le sube la fiebre, con menos grados, ella se encuentra peor: “Con 38 grados, ya estoy fatal”. Como pierde mucha agua, tiene que hidratarse “muchísimo”. Cuando hace deporte, explica que “si una persona normal hace deporte suda” para ella, esa sudoración “es el doble”. Ante ello, la solución que toma siempre es “llevar una botella de agua en las manos”.

El drama silencioso de no poder sudar bien de Esther y Mireya: “No tiene cura”


El agua, el mejor arma

El sudor, al final, equilibra el calor corporal. Sin no se produce, como en el caso de Esther, la temperatura de la persona podría alcanzar un límite peligroso. Un exceso de calor, conocido como hipertermia, puede provocar síncopes, calambres o golpes de calor. Esther coincide con Mireya: “Lo primero es el agua”. Pero la clave es utilizar abanico y un spray con agua: “Hace como un efecto de sudor”. Pero a veces, el calor es tal que no sirve con eso: “Cuando me hace falta, pues una manguera”. Este año ha intentado aprender a controlarlo con el deporte y la respiración se puede controlar. “Si tienes la mente tranquila y puedes respirar bien, hace que el cuerpo no tenga que bombear tanta sangre y que la temperatura no suba tanto”, detalla Esther. Ahora aprende a llevarlo mejor que “hace unos años”, cuando tuvo “unos sustos”.

Un problema más allá de sus manos

Los problemas de la hiperhidrosis, en el caso de Mireya, son más sociales, los trabajos manuales o hasta estrechar una mano puede volverse un gesto difícil de acometer: Muchas veces dices ‘no te estrecho la mano’, no porque quiera hacer un feo, es que tengo hiperhidrosis. Incluso en los exámenes: “Tengo que traer una toalla”. En eso casos, Mireya describe que “es como tener un folio y verter un baso de agua”. “Yo lo sé, pero no puedo hacer nada”, lamenta.

Las causas que provocan la anhidrosis, la incapacidad para sudar, son variadas, desde la herencia genética a una quemadura, problemas neurológicos o de la piel. Esther apunta que su enfermedad “es genética”. “También lo tiene mi madre”, transmite la joven. “Tengo glándulas sudoríparas, pero no segregan”, explica la cordobesa. Aunque “también pueden ser los poros”. Ella no tiene apenas vello en el brazo y las piernas.


En el caso de la hiperhidrosis, el exceso de sudor, la causa genética es la más normal. También puede venir de una infección o enfermedad, como la diabetes o el cáncer. Aunque en el caso de Mireya, también es hereditario: “Tanto la familia de mi madre como la de mi padre lo tienen”.

La toledana se dio cuenta de su enfermedad cuando era niña: “Los niños llevaban el papel liso, pero yo lo llevaba arrugado, con ondas”. Pero la gota que rebosó el vaso fue durante una prueba en el colegio: “Realizando un examen de química tuve que entregar el examen era inentendible y no se podía corregir”. Ella no le daba importancia porque toda su familia sufría lo mismo, pero ese hecho fue decisivo: “Decidí ir al médico y me dijeron que era hiperhidrosis”.


El tratamiento eran “unos medicamentos que hacen que las glándulas estén paradas en su función de mandar sudor”. Pero no se recomienda su uso en exceso porque al final, explica, “tu cuerpo tiene que expulsar tu calor”. En mi caso, la solución es realizar una operación”, en la que le taponen las glándulas de las manos, pero el sudor que no salga por ahí, abandonará su cuerpo “por los pies o las axilas”.

"Marina, la niña tiene lo mismo que tú"

Esther se dio cuenta “yendo de excusión” con unos amigos de la familia, cuando le estaban enseñando Córdoba. “Mi madre no se encontraba bien”, rememora, y pararon a recuperarse. De repente, “se dieron cuenta que a mi también me faltaba la respiración, estaba acalorada, muy roja”. Entonces, su padre, le dijo a su madre: “Marina, la niña tiene lo mismo que tú”.

Ella no puede hacer nada: “no tiene ninguna cura, no existe una forma de sudar más”. Solo puede “paliar los síntomas”. La incapacidad para sudar correctamente de Esther y de Mireya. Dos personas normales con un drama silencioso. Un drama incurable.

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