Críticas de los estrenos de cine del 25 de abril

Análisis de los estrenos de cine de esta semana: Jerónimo José Martín comenta “El viento se levanta”, “Pompeya”, “La vida inesperada”, “Moliere en bicicleta”, “Gangs of Wasseypur (Parte 1)”, “Brick Mansions (La fortaleza)”, “El heredero del diablo”, “Los huéspedes”, “Matterhorn” y “Azul y no tan rosa”.

El viento se levanta

Redacción digital

Madrid - Publicado el - Actualizado

20 min lectura

A sus 73 años, después de aportar un puñado de obras maestras al cine de animación —“Nausicaä del Valle del Viento”, “Mi vecino Totoro”, “Porco Rosso”, “La Princesa Mononoke”, “El viaje de Chihiro”…—, el patriarca del “anime” japonés

afirma retirarse —ojalá no sea así— con otra maravilla, “El viento se levanta”, galardonada con numerosos premios de la crítica especializada y candidata al Oscar y al Globo de Oro 2013 al mejor largometraje de animación. En ella, recrea la vida del genial ingeniero aeronáutico nipón

(1903-1982), célebre sobre todo por el diseño del tristemente famoso Mitsubishi A6M “Zero”, usado por los kamikazes durante la Segunda Guerra Mundial. El filme se basa en un relato de

, que el propio Miyazaki ya había convertido en manga. Y toma su título de unos versos vitalistas del poeta francés

: “Le vent se lève! il faut tenter de vivre!”, es decir, “Se levanta el viento, hay que procurar vivir”.

Sorprende especialmente la capacidad de Miyazaki para adaptar a una trama realista y dramática —la infancia del miope Horikoshi, la Gran Depresión, la epidemia de tuberculosis, la entrada de Japón en la Segunda Guerra Mundial…— su depurado estilo naturalista, lleno de imaginativos recursos y con una arrebatadora capacidad poética. En este sentido, son fundamentales los sabrosos insertos oníricos, la mayoría de ellos protagonizados por el ingeniero aeronáutico italiano

(1886-1957), al que Horikoshi admiraba profundamente. En este juego entre lo real y lo imaginado se asientan los grandes mensajes de la película, que exalta el trabajo bien hecho —con un tono similar al de “Porco Rosso”—, subraya el carácter verdaderamente artístico de los ingenieros creativos, se conmueve ante el apasionado amor de Horikoshi hacia su enferma esposa y dibuja con trazos vigorosos el dilema moral del pacífico ingeniero ante el creciente uso belicista de sus diseños aeronáuticos. Un planteamiento este último, nítido en la película, pero que ha generado una encendida polémica entre los grupos pacifistas japoneses.

Como siempre, la animación es sensacional en diseños de personajes y fondos, gestualidad, planificación, iluminación, montaje, efectos especiales… De hecho, la película incluye unas cuantas secuencias memorables, como la impresionante recreación del terremoto de Kanto de 1923. También cabe elogiar —como siempre— la vibrante partitura de

, más cargada que nunca de nostalgia y dramatismo. En fin, que Miyazaki culmina a lo grande su antológica carrera, firmando un precioso melodrama de aventuras, quizás demasiado largo, pero en el que reafirma su pasión por el cine —sus maravillosas escenas románticas y familiares son comparables a las de

o

—, su pasión por volar —presente en casi todas sus películas—, su pasión por la gran literatura —incluye citas de

, Paul Valéry,

…— y, sobre todo, su pasión por el ser humano. Pues, más allá de su excelencia estética, “El viento se levanta” es una nueva demostración de la hondura antropológica de este genio de la animación que, se retire o no, ya forma parte de la gran historia del Séptimo Arte.

Pompeya, año 79 A.D. Milo (

) es un esclavo celta, convertido en letal gladiador, que despierta el interés de Casia (

), la hermosa hija de un rico mercader. Pero el padre de ésta la compromete con el corrupto senador romano Corvo (

), responsable hace años del asesinato de toda la familia de Milo. Cuando el Monte Vesubio entra en erupción, Milo deberá luchar en una carrera contra el tiempo para salvar a su amada mientras la magnífica ciudad se derrumba a su alrededor.

El inglés

(“Mortal Kombat”, “Resident Evil”, “Alien vs Predator”, “Los tres mosqueteros”) y sus cuatro guionistas no se han complicado la vida en esta película. Han copiado descaradamente las mejores tramas de los grandes “péplums” clásicos y modernos —los “filmes de romanos”—, las hilvanan con una cierta progresión dramática y ofrecen un híbrido de “Gladiator” (2000), de

; “Espartaco” (1960), de

, y “Los últimos días de Pompeya” (1959), de

, con efectos digitales y estereoscópicos de última generación. El resultado es un cóctel de luchas de gladiadores, melodrama interclasista, denuncia política y tragedia de catástrofe suficientemente entretenido, pero nada original y muy poco memorable, tanto en su factura técnica como en su calidad interpretativa.

Anderson cumple tras la cámara tanto en los ralentizados combates en el circo —de un violento y controlado hiperrealismo— como en la aparatosa destrucción de Pompeya, sepultada por una lluvia de fuego y piedras, un terremoto, el consiguiente maremoto y la traca final de los ríos de lava incandescente. Todo ello, sin ninguna personalidad visual, pero narrado con claridad y dramatismo, y bien aderezado con la vibrante banda sonora del canadiense

(“District 9”, “Contraband”, “Jappeloup: de padre a hijo”, “2 Guns”). Mucho menos interés tiene la convencional subtrama romántica, mil veces vista y aquí lastrada por unos actores sin demasiado carisma y que nunca conmueven al espectador.

Queda así una película simplona, maniquea y previsible, plagada de estereotipos, lugares comunes y diálogos muy básicos, pero con un agradable aroma clásico y que gustará al público juvenil —que no habrá visto las películas clásicas en que se inspira— y a todos aquellos que sólo van al cine a pasar el rato.

Tras debutar en el cine hace dos años con la estimable “Fin”, el realizador televisivo alicantino

ha rodado en la Gran Manzana esta tragicomedia a lo

, basada en un guion original de la escritora y periodista gaditana

, creadora de las series infantiles sobre Manolito Gafotas y Olivia, y autora de las novelas “El otro barrio” (1998), “Algo más inesperado que la muerte” (2002), “Una palabra tuya” (2005), “Lo que me queda por vivir” (2010) y “Lugares que no quiero compartir con nadie” (2011). Seguramente, en el guion de “La vida inesperada” haya incluido algún elemento de esa última obra, una novela experimental autobiográfica sobre su vida en Nueva York, donde ha residido y reside con frecuencia, sobre todo entre 2004 y 2006, cuando su marido, el escritor y académico jienense

, dirigió allí el Instituto Cervantes.

El protagonista de la historia es Juan (

), un actor español que hace diez años marchó a Nueva York para buscarse la vida. Ahora malvive en un diminuto apartamento, que apenas puede pagar con sus precarios trabajos como comediante en un modesto teatro, profesor de cocina española y camarero en un bar de copas. Su vida da un giro inesperado cuando llega a la ciudad su primo Jorge (

), un joven asesor financiero a punto de casarse. El perdedor acoge en su pisito al triunfador, y con el paso de los días comprenden que las realidades de ambos son muy distintas a las que ellos mismos imaginaban y a las que suponen sus respectivas familias. Los también inesperados encuentros de Juan con la figurinista Jojo (

) y de Jorge con la independiente Holly (

) les proporcionan una nueva oportunidad de encauzar definitivamente sus vidas.

Como en todos los trabajos de Elvira Lindo, se agradece el chispeante costumbrismo de sus retratos humanos y sus divertidas desmitificaciones de algunos modelos dominantes, impregnadas de una cierta incorrección política. Destacan, en este sentido, las divertidas conversaciones vía Skype de Juan con su madre (

), quizás lo más auténtico de toda la película. Sin embargo, esta vez la excesiva —casi patética— perplejidad vital, afectiva y moral de todos los personajes debilita mucho la veracidad y hondura dramática de sus conflictos, que sólo se esbozan a un nivel muy superficial, casi exclusivamente sentimental, sin una certera mirada de fondo. Esta excesiva complacencia hacia las inmaduras actitudes de sus personajes entorpece los elogiables esfuerzos de los actores, que sólo tocan fibra a ratos, y mucho más en la trama de Juan y Jojo —Javier Cámara y Tammy Blanchard están magníficos—, que en la de Jorge y Holly, más convencional.

Por lo demás, Jorge Torregrossa cumple tras la cámara en su naturalista puesta en escena, que saca más sombras que brillos a las calles neoyorquinas, muy bien fotografiadas por

. También apoya la propuesta la jazzística banda sonora de

. Pero ni unos ni otros logran hacer memorable una película sólo sustancial en contadas ocasiones, y que deja la sensación de ocasión perdida por falta de perspectiva ética y exceso de amargura y melancolía. Un defecto especialmente palpable en su superficial tratamiento del sexo, a menudo grosero y desvinculado del amor.

Superfamoso por una popular serie televísiva de médicos, el arrogante actor Gauthier Valence (

) planea recuperar su reputación montando una ambiciosa representación teatral de “El misántropo”, de

. Quiere contar en el reparto con Serge Tanneur (

), un prestigioso actor que hace tres años se retiró en la cima de su carrera artística, y se mudó a la perdida Isla de Ré, donde vive como un ermitaño. Allí se desplaza Gauthier, que logra que Serge ensaye con él durante cinco días. Al cabo de ese tiempo, decidirá si quiere participar o no. En su constante intercambio de los papeles de Alcestes y Filinto, los dos actores se miden y desafían, compartiendo el placer de actuar juntos y también una competencia malsana, que se extiende a sus relaciones con Francesca (Maya Sansa), una guapa y temperamental mujer italiana, que también se ha refugiado en la isla.

En esta ligera tragicomedia costumbrista, acierta el francés

(“Las chicas de la sexta planta”) al poner su naturalista realización al servicio del despliegue interpretativo de Lambert Wilson y Fabrice Luchini —candidato al César 2012 por su trabajo—, que encarnan con gran veracidad la fascinación de los actores por su trabajo, la implicación de sus propias vidas en el mismo y las permanentes tentaciones de dejarse llevar por la vanidad, el divismo y la rivalidad desleal. En este sentido, y aunque no profundiza mucho en las motivaciones vitales de los protagonistas, el filme es más desmitificador que laudatorio, pues subraya sobre todo las fragilidades afectivas, niñerías, egolatrías y mezquindades de tantos actores, que saben representar mejor sus vidas ficticias que sus vidas reales. Por eso mismo, aunque abundan los golpes de humor —algunos demasiado gruesos, por cierto—, acaba dominando el drama sobre la comedia, el sarcasmo cruel sobre la sátira amable.

Elogios especiales merecen la fresca interpretación de Maya Sansa (“La mejor juventud”) —que logra disimular la cierta artificiosidad de su personaje— y la preciosa banda sonora del chileno

(“Misterios de Lisboa”), que se completa con dos magníficas canciones nostálgicas: “La bicyclette”, del francés

, e “Il mondo”, del italiano

.

Quizás desde la mítica “Trilogía de Apu” —“Pather Panchali” (1955), “Apajarito” (1957) y “Apur Sansar” (1959)—, en la que el maestro

adaptó las novelas de

, una producción india no había despertado tanto interés internacional como esta “Gangs of Wasseypur”, ambiciosa película-río cuyo metraje original de 319 minutos se dividió para su exhibición en dos partes de 160 y 159 minutos, respectivamente. Se trata del primer filme que se estrena en España del cineasta indio

, director de otros once largometrajes, algunos muy populares en su país, como “Paanch”, “Return of Hanuman”, “Gulaal”, “Bombay Talkies” o “Ugly”.

Aquí recrea libremente las violentísimas luchas reales, entre 1940 y 1995, de tres familias musulmanas relacionadas con las mafias del carbón de las ciudades de Wasseypur y Dhanbad, en el estado indio de Jharkhand, al noroeste del país. Su espiral de corrupción, crímenes y venganza comienza en los años cuarenta del siglo pasado, durante el dominio británico. Por aquella época, cerca de Wasseypur, el inconsciente Shahid Khan (

) comienza a asaltar trenes de carbón haciéndose pasar por el temido Sultana Daku (

), un brutal carnicero del clan Qureshi, que diezma a la familia de Shahid, y le obliga a trabajar en Dhanbad, como obrero de las minas de Ramadhir Singh (

), un empresario que se convierte en un millonario terrateniente tras la independencia de India en 1947. La traumática relación entre Ramadhir y Shahid dejará heridas profundas que volverán a sangrar años más tarde, cuando el hijo de Shahid, Sardar Khan (

) se convierta en un mafioso emergente y cruel, dividido por su amor hacia dos mujeres, Nagma Kathoon (

) y Durga (

). Su ambición le llevará a enfrentarse también con Sultan Qureshi (

), el cruel sobrino del fallecido Sultana Daku.

A pesar de ser una película de gángsters, Anurag Kashyap no renuncia a ciertas convenciones tradicionales del cine de Bollywood, como la inclusión de abundantes canciones populares y algunos bailes bien encajados en la trama, así como el recurso a numerosos golpes de humor, que oxigenan un poco el violentísimo tono de la película. Pero esta vez oscurece el naturalismo habitual del cine indio con un rompedor hiperrealismo, en el que integra la densidad narrativa de la trilogía de “El padrino”, de

, con la dureza formal característica de directores actuales como

. En este sentido, “Gangs of Wasseypur. Parte 1” ofrece un lenguaje mucho más barriobajero y un tratamiento de la violencia y el sexo mucho más explícito de lo habitual en el cine indio.

En todo caso, Kashyap sabe controlarse, de modo que esa crudeza expositiva casi nunca rompe la sorprendente fluidez narrativa de la historia, ni deshumaniza a los personajes, todos ellos magníficamente interpretados. Brilla así su depurada puesta en escena, de cuidada planificación y con una apabullante cercanía a la acción, muy eficaz tanto en los nada peliculeros tiroteos como en las melodramáticas subtramas familiares, románticas o existenciales, muy bien dosificadas y maravillosamente fotografiadas por

. Esta huida de toscos efectismos facilones también la aplica Kashyap al tratamiento de fondo de esta historia de venganzas, nada complaciente con ningún personaje —sus miserias y sus grandezas se muestran siempre con hondura y sin maniqueísmos— y muy ponderado en sus denuncias de las diversas corrupciones de la sociedad india en esos años, ilustradas a veces con valiosos fragmentos documentales. También cabe elogiar su enfoque respetuoso de la sincera religiosidad musulmana de los personajes, que emerge siempre por algún lado a pesar de la inmoralidad y crueldad de muchas de sus acciones.

En fin, una película importante, de desarrollo algo irregular por sus largos saltos en el tiempo, quizás demasiado sanguinaria y descarnada para algunos paladares, pero que desvela la realidad profunda de una parte de la India con mucha más nitidez y veracidad que la mayor parte de las producciones de Bollywood que llegan a Occidente.

En un futuro no muy lejano, el antiguo barrio de Brick Mansions, en Detroit, da cobijo a algunos de los delincuentes más peligrosos de la ciudad. Para intentar proteger a los demás ciudadanos, la policía construye un muro de contención a su alrededor. Todos los días, el agente secreto Damien Collier (

) se infiltra allí para intentar acabar con Tremaine (

), el principal capo de la droga, que hace tiempo asesinó a su padre. Su oportunidad le llega cuando el mafioso secuestra a la novia de Lino (

), un ex convicto de gran destreza física, que se esfuerza por llevar una vida honesta y que conoce Brick Mansions como la palma de su mano. De este modo, Damien y Lino se asocian contra su enemigo común, que ha puesto en marcha un siniestro plan para destruir toda la ciudad.

Montador de varias películas de su compatriota

, el francés

debuta como director con este remake a lo Hollywood del filme galo “Distrito 13” (2004), de

, también escrito por Besson y el actor

. Se trata de la típica producción de acción de Besson, con un ritmo extenuante, un tono hiperviolento y una impactante puesta en escena, de planificación mareante y plagada de efectistas movimientos de cámara, a menudo ralentizados y algunos de un virtuosismo apabullante, como la dilatada secuencia inicial.

El resultado es plano y tópico en su argumento, pero muy entretenido por sus espectaculares persecuciones, refriegas y peleas, en las que el actor francés David Belle confirma sus cualidades como coreógrafo y practicante del “parkour” o arte del desplazamiento. Inspirándose en el “Método Natural” de

, el propio Belle y sus amigos desarrollaron hace veinte años esta disciplina deportiva, que consiste en trasladarse en cualquier entorno urbano o campestre usando las habilidades del propio cuerpo, procurando ser lo más rápido y fluido posible, y superando cualquier tipo de obstáculos con movimientos seguros y eficientes. Su objetivo es formar personas fuertes —física y mentalmente—, capaces de responder ante una emergencia y ser así útiles a la sociedad. Ya se han podido ver las impresionantes piruetas del “parkour” en películas como “Yamakasi”, “Distrito 13”, “Babylon A.D.”, “Distrito 13: Ultimátum”, “Prince of Persia: las arenas del tiempo”, “Colombiana” o “The Berlin File”.

Por su parte, el californiano Paul Walker da la talla en las secuencias de acción, se compenetra muy bien con Belle y añade al conjunto unas oxigenantes gotas de humor sarcástico. Como se recuerda en los títulos de crédito, esta distopía fue su último trabajo completo para el cine, antes de fallecer con 40 años el pasado 30 de noviembre de 2013 en un lamentable accidente automovilístico. Después, sólo rodó algunas secuencias para “Fast & Furious 7”, de

, que se estrenará en 2015.

Los recién casados Samantha (

) y Zach McCall (

) no recuerdan absolutamente nada de una noche de su luna de miel en la República Dominicana, durante la que una adivina les vaticinó la llegada del Anticristo, y anunció a Samantha que sería la portadora del “primero de muchos de ellos”. Nada más volver a su casa en Nueva Orleans, Louisiana, descubren que deben prepararse para un embarazo antes de lo previsto. Mientras va grabándolo todo para la posteridad, el marido empieza a notar un extraño comportamiento en su mujer, al que inicialmente ninguno de los dos da importancia, atribuyéndolo a los nervios. Pero, a medida que pasan los meses, se va haciendo evidente que los misteriosos cambios físicos y mentales que está experimentando Samantha tienen un origen mucho más siniestro.

Nada aporta al género esta modesta y previsible película de terror, cuyo enfático guion en primera persona —escrito por la debutante

— mezcla sin originalidad satanismo, vudú y gnosticismo paleocristiano a partir de un planteamiento similar al de “La semilla del diablo” (1968), de

. Imitando con descaro la estética hiperrealista de la saga “Paranormal Activity”, los estadounidenses

(“V/H/S”) generan una atmósfera suficientemente malsana y ruedan bien los numerosos sustos, algunos muy sanguinolentos. Pero no logran dar entidad dramática a ninguno de los personajes, ni controlan el sincopado ritmo de la historia, que varía cada dos por tres. Queda así un filme imitativo, aburrido, deslavazado y olvidable.

Después de funcionar durante cien años, el Yankee Pedlar Hotel, de Torrington (

), está a punto de cerrar. Sus dos últimos empleados son Claire (

), una veinteañera conformista y aniñada, y Luke (

), un friki solitario, experto en ordenadores y grabadoras de sonido. La obsesión de ambos es demostrar que por el hotel deambula el espíritu de Madeline O’Malley (

), una mujer que fue asesinada allí hace muchos años. Sólo dos clientes habitan el hotel en su última noche de funcionamiento: Leanne Reese-Jones (

), una antigua actriz de televisión reconvertida en sanadora psíquica, y un misterioso anciano (

), que insiste en ocupar la habitación 353. Varios acontecimientos extraños se empiezan a suceder.

A pesar de una esmerada producción, de la decadente fotografía de

, de la chirriante partitura de

y de la inquietante planificación hitchcockniana del estadounidense

(“La casa del diablo”, “Cabin Fever 2”) —llena de agobiantes planos subjetivos y forzados movimientos de cámara—, nunca atrapa esta fallida película de terror de serie B, con aires ochenteros y descarados homenajes a “El resplandor” (1980), de

. La culpa la tiene el aburrido guion del propio West, que tarda una eternidad en entrar en materia, es tópico hasta decir basta, reduce el horror a seis sustos mal dados —todos ellos incluidos en el tráiler—, nunca integra bien el humor, el drama y el terror, y deja todo abierto en el desaliñado e insustancial desenlace. Los actores se esfuerzan por ganarse al espectador —sobre todo Sara Paxton—, pero no logran dar entidad a sus personajes, ni hacer llevadero el tedioso paso de los minutos. Sólo gustará mínimamente a los muy incondicionales del género.

El cuadriculado y taciturno Fred (

) es un devoto viudo calvinista, que lleva una vida respetable y aburrida desde que expulsó de casa a su único hijo, no se sabe por qué. Un día llega a su pequeña localidad Theo (

), un callado vagabundo que parece tener una edad mental de cinco años. Con caridad cristiana, Fred acoge en su casa a Theo, e intenta integrarlo en su rutinaria vida cotidiana, disfrutando de nuevo de una cierta “paternidad”. Pero enseguida el envidioso sacristán Johan (

) y otros miembros de la puritana comunidad comienzan a cuestionar la moralidad de la relación entre Fred y Theo, sobre todo desde que oyen decir a éste que va a casarse con Fred. La tensa situación hará emerger los secretos y remordimientos más oscuros de ambos hombres.

Premio Pilar Miro al mejor nuevo director en la Seminci de Valladolid 2013, este primer largometraje tras la cámara del actor holandés

toma su título del nombre en alemán del Cervino, la imponente cumbre de los Alpes suizos. Formalmente, el filme se ajusta a los parámetros del cine del finlandés

, con su singular tono tragicómico, su estética entre naïf y surrealista, sus escasos y lacónicos diálogos, y sus interpretaciones más bien inexpresivas. En este sentido, tiene un cierto interés la puesta en escena que despliega Ebbinge, muy bien envuelta por la bellísima música de

.

Sin embargo, el holandés se distancia del finlandés en el tratamiento de fondo de la historia, dominado aquí por una antropología más bien relativista y maniquea, que se pone al servicio de la propaganda menos sutil de la ideología de género y de la crítica al calvinismo y, por extensión, a la moral cristiana. En este último apartado, la película incluye una irritante galería de toscas caricaturas, que enturbian mucho su supuesta exaltación de la tolerancia y la solidaridad.

Diego (

) es un prestigioso fotógrafo de Caracas, homosexual, que decide formalizar su dilatada relación con Fabrizio (

), un cariñoso ginecólogo que le ha pedido que conviva con él. En ésas, Diego se ve obligado a hacerse cargo de su hijo Armando (

), un adolescente de 16 años, heterosexual, que vive en España con su madre y al que no ha visto desde hace años. El chico llega con una maleta cargada de reproches, de modo que a Diego no le resulta fácil restablecer la relación afectiva con él. La situación adquiere tintes trágicos cuando un grupo de radicales homófobos propinan una brutal paliza a Fabrizio, que queda en coma.

Premio Goya 2013 a la mejor película iberoamericana, “Azul y no tan rosa” supone el debut como director del actor venezolano

, que muestra una sugerente personalidad visual, a ratos con ecos del estilo de

. Gracias a ella y a la solvencia de una parte del reparto, logra algunas secuencias de gran intensidad dramática, sobre todo en la subtrama sobre la relación de Diego con su hijo, sin duda la más interesante de la película, y en la que se lucen Guillermo García y el joven Ignacio Montes, todo un descubrimiento. Sin embargo, el conjunto sufre diversos lastres muy pesados. Por un lado, algunas interpretaciones son demasiado histriónicas o decididamente malas, sobre todo en sus certeras pero toscas críticas a la telebasura, que fracturan además el tono trágico del filme. Por otro lado, Ferrari asume demasiado las convenciones habituales de los culebrones televisivos venezolanos, de modo que extrema algunas situaciones melodramáticas hasta lo poco verosímil, subraya demasiado lo obvio y cae a veces en una sensiblería excesiva.

Pero, sobre todo, la película pierde muchos enteros por el tono discursivo y hasta panfletario de su guion, que desarrolla una exaltación acrítica, entusiasta y sin fisuras de la ideología de género. Esto se concreta en un desagradable exhibicionismo sexual, un cierto sexismo al retratar diversos arquetipos masculinos y femeninos, la inclusión un tanto forzada de una subtrama de violencia doméstica, una visión parcial y reduccionista de la moral católica —representada por un sacerdote muy caricaturizado—, una defensa demagógica de la equiparación de las uniones homosexuales con los matrimonios y una cierta idealización del protagonista, su novio y sus amigos gays. Esta última idealización se extiende al retrato que ofrece el filme de Venezuela en general, exento de cualquier conflictividad política y social, salvo en lo referente a la violencia homófona, criticada por algunos por considerar que no se corresponde con la realidad venezolana.

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