Madrid - Publicado el - Actualizado
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El terrorismo global que nos amenaza tiene también como preocupante característica para nuestros ojos occidentales que solo aparece en el foco mediático cuando nos toca de cerca. La montaña rusa emocional en la que nos subimos acelera cuando se trata de Niza o de Munich, pero va a otra velocidad cuando la geografía nos resulta ajena. Y para que el corazón sienta, para en la memoria quede y nos interpele, los ojos tienen que haber visto y conocido. Nos haremos si no, una equivocada composición de lugar. No sabremos, por ejemplo, que este fin de semana los asesinos del ISIS han golpeado fuerte en Kabul, con un atentado suicida que le ha costado la vida a más de 80 personas, en su mayoría miembros de la minoría hazara, de la rama islámica chií. Con una imagen y un breve texto, el Papa Francisco nos ha invitado en la red social Instagram, a rezar por todas las víctimas del terrorismo en el mundo, y ha pedido el fin de la violencia con un elocuente grito, señalando que el terrorismo es un callejón sin salida. Es cierto, la violencia solo engendra más violencia. Ahora más que nunca, pese a las dificultades que parecen oscurecer las perspectivas de paz, hemos de mantenernos firmes en nuestro compromiso, para que, cada uno, en la media en que nos sea posible, seamos verdaderos instrumentos de paz, anunciando el bien y denunciando el mal, dondequiera que se cometa. Es una manera eficaz de mostrar con palabra y con hechos que, por brutal que se presente ante nuestros ojos, el mal nunca tiene la última palabra.



