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Taquicardias en La Moncloa ante el lance de Puigdemont

Mutismo total del Gobierno que, no obstante, evidencia la complejidad del escenario

Una imagen de archivo de Sánchez y Puigdemont

Una imagen de archivo de Sánchez y PuigdemontEFE

Ricardo Rodríguez
@rrodriguezmaeso

Jefe de Política

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 02 mar 2020

Anclado en su “operación reencuentro”, como ya lo estuvo en la llamada “Ibuprofeno”, Pedro Sánchez ha interiorizado la ausencia de salida a la crisis catalana, pero, en cambio, encarna el camino a recorrer sobre el que ha hecho pivotar la Legislatura. Y de sus movimientos depende el futuro de la misma. Sánchez acompasa sus movimientos, provocados por decisiones propias y ajenas, a ese fin, pero la enredadera le crece descontrolada.

El Presidente viste de espíritu de diálogo su intento de echar balones hacia delante. Que nada falte a las demandas de gestos de ERC porque sus trece votos en las Cortes le son necesarios para sostenerse en el Palacio de La Moncloa dos o tres años con unos nuevos Presupuestos Generales del Estado, con dudas en el mismo Ejecutivo de si gastar tal bala para sacar adelante las cuentas públicas de 2020 antes del verano o ir en plancha a por las del 2021. Y en eso andan Carmen Calvo y Pere Aragonés, Adriana Lastra y Gabriel Rufián. En el recorrido, los unos anhelan atar a los separatistas a la Mesa de negociación; los otros desean constatar hasta dónde es capaz de llegar un Gobierno cuando se le plantea la autodeterminación y la amnistía.

La producción a través de TVE del publirreportaje-almíbar con despliegue de diez cámaras para inmortalizar paseos de un centenar de metros por jardines de La Moncloa, primero de sendas delegaciones y luego de Pedro Sánchez y Quim Torra, y la explotación como escenario cardinal de la sala Tapiés sentadas ambas partes, frente a frente, a muy escasa distancia, en una estrecha mesa de cristal, sirvió al Gobierno para sacar adelante el techo de gasto con la abstención de ERC, pero en ningún caso para atraer a JxCAT, anclado en el “no”, aún cuando el entorno presidencial llegó a descontar esa posibilidad. Tal escenario hubiera sido un alivio en medio de una pugna electoral, aún sin fecha, por la hegemonía del secesionismo.

Lo perentorio para Sánchez resulta que del desenlace de la batalla dependerá la gobernabilidad. El jefe del Ejecutivo se la juega sin dar por descontada la ecuación según la cual el techo de gasto le despeja el camino de los PGE. En ningún caso. El temor a sufrir por el flanco de las urnas en Cataluña es un recurso habitual de ERC ante el PSOE. A sumar a ello la “romería” independentista para ver a Carles Puigdemont en Perpiñán inaugurar su precampaña. El menosprecio al Estado de Derecho del ex president fugado de la Justicia supone un ingrediente nuclear del cóctel explosivo. Y en La Moncloa se hizo el mutismo más absoluto.

En política cuentan tanto las palabras como los silencios y el Gabinete ha optado claramente por lo segundo. El fin de semana les ha servido para mirar para otro lado ante la exhibición de fuerza de Puigdemont, tolerada por las autoridades francesas. Ni medio pronunciamiento por orden directa de Presidencia. Ni en público pero tampoco en privado. El Gobierno opta por escudarse en reivindicaciones del diálogo como la del propio Pedro Sánchez en las últimas horas en un mitín en el País Vasco. “Ya sabemos el final de la política de ojo por ojo: todos ciegos”, se justificó el jefe del Ejecutivo frente a quienes alientan “la bronca” territorial.

Echar balones fuera ha sido la idéntica estrategia a la servida ante el procesamiento de Josep María Jové. Su presencia como miembro de la delegación catalana en el encuentro celebrado en La Moncloa fue un auténtico trágala para Sánchez. Hubo tanteos discretos, nunca confirmados oficialmente, para dejar fuera al señalado como “arquitecto” del 1-O. Al final, lo toleraron. La papeleta es su continuidad en las citas mensuales de la Mesa, aunque, como consuelo, ya sin el Presidente. Pero mientras eso se dirime, la apuesta ha sido callar. Un blindaje que evidencia el sentir del mismo entorno de Sánchez de andar por un campo minado.

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