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¿Qué hemos hecho en Afganistán durante veinte años?

Estados Unidos no ha podido llevar a Afganistán ni la paz, ni la libertad ni la democracia por la sencilla razón de que el Islam solo conoce la paz según las leyes islámicas

¿Qué hemos hecho en Afganistán durante veinte años?

Ken Cedeno / POOL

Manuel Cruz

Periodista

Tiempo de lectura: 4'Actualizado 22:24

Nos conmovemos con las familias afganas que no han podido ser evacuadas por las fuerzas que han ocupado su país durante veinte años. Es un sentimiento natural y lógico, de acuerdo con nuestra mentalidad de occidentales que amamos, se supone, la libertad y la democracia. Nada que objetar. Ahora bien, cabría preguntarse ¿qué hemos hecho en Afganistán durante este tiempo y a qué fuimos a ese país perdido en el corazón de Asia?

Lo sabemos. La respuesta es bien sencilla y hasta obvia: Estados Unidos -Occidente- formó una coalición militar entre sus aliados, para vengar el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York y, de paso, avisar al radicalismo islámico, autor genérico de ese ataque, de que Occidente no tolera ninguna amenaza contra sus valores democráticos. Así que nos fuimos a Kabul como supuestos redentores de un pueblo que, creíamos, estaba sometido a la crueldad de unos talibanes que imponían la "sharía", es decir, la ley islámica, a un pueblo... que había vivido desde el siglo VIII.. bajo esa misma ley.

Para ello declaramos la guerra a los talibanes que se habían adueñado del país después de derrotar a la URSS, e instalamos en Kabul un Gobierno "demócrata" para "ayudarlo" a desembarazarse de la opresión islamista, cosa que no ocurre, oh causalidad, en otros países islámicos aliados de los Estados Unidos, en especial la intocable Arabia Saudita, donde se habían formado, qué cosas ocurren, los autores de los atentados de Nueva York.

Pero dejemos este simple recuerdo para centrarnos en nuestra conmoción ante el reciente atentado de Kabul y el miedo de las familias que no pueden escapar del cerco talibanesco. Los datos nos informan que Afganistán está poblado por poco más de 31 millones de habitantes, cuyo 99,8 por ciento son musulmanes. Al margen de sus vaivenes geopolíticos y del "gran juego" imperialista que buscaba su hegemonía en la extensa región euroasiática, esos millones de afganos han vivido su fe, sin desmayo ni protesta, durante siglos. Y si aparecieron los talibanes con un arrollador impulso de fervor islámico, fue porque el país había sido invadido por el Ejército Rojo en apoyo a un Gobierno pro-soviético que, en apariencia al menos, suponía una amenaza al modo de vida de los afganos. Es decir, los estudiantes de las madrasas pakistaníes se habían formado en el estudio del Corán para preservar la fe islámica de su pueblo, amenazada por la presencia indeseada de una potencia extraña, de raíz atea.

Y héte aquí que, una vez derrotada esa potencia, con la ayuda inestimable de Arabia Saudita, de los milicianos movilizados por Osama Ben Laden en su red de Al Qaída... y por los "marines" de Estados Unidos, no se olvide, los talibanes se hicieron con el Poder. Fue la primera gran victoria de la "Yihad" contra el mundo agnóstico y, en consecuencia, motivo de orgullo de los talibanes y, sobre todo, de Al Qaida, que planificó desde el emirato islámico, los ataque a los americanos, considerados igualmente una amenaza contra la fe islámica.

Un error, ciertamente, porque Estados Unidos se sentía también muy feliz con la derrota de Moscú que, además, se convirtió al poco tiempo, en la derrota de la ideología comunista y en el fin de la "guerra fría". ¡Qué grandes son los Estados Unidos! Habían conseguido la mayor victoria de su historia, después de la humillación de Vietnam, sin lanzar un solo misil nuclear contra su mayor enemigo. Era el "fin de la historia", como proclamó ese gran filósofo llamado Francis Fukuyama, obnubilado con la supremacía del modelo occidental.

Tanto se lo creyeron en Washington que, cuando Bush decidió vengar la destrucción de las Torres Gemelas, símbolo de la potencia económica occidental, se prometió a sí mismo y a sus aliados occidentales, llevar la paz, la libertad y la democracia a un país que no tenía la menor idea de esos maravillosos valores, tal y como los vemos desde este lado de la frontera religiosa. ¿Y qué ha pasado? Que en veinte años, Estados Unidos, no ha podido llevar a Afganistán ni la paz, ni la libertad ni la democracia, por la sencilla razón de que el Islam solo conoce la paz según las leyes islámicas, es decir, lo que está de acuerdo con su fe, su idiosincrasia, su modo de vida y sus propios valores, tan contrarios de la revolución relativista que vivimos en Occidente.

Conviene recordar que para nuestro querido Occidente, la libertad y la democracia van unidas a la imposición de nuevos "valores" en los que se basa el "progreso" humano -como tenemos el privilegio de ver en primera fila en España gracias al "sanchismo"- y que se sintetizan en la muerte de Dios y, por ende, de la razón, del sentido común, del pensamiento y de la civilización cristiana en suma. (Entre paréntesis, una pregunta ingenua: ¿Quién se preocupa de los escasos cristianos que se han quedado en Afganistán?)

Así que, ¿pena por los afganos que se quedan en su país? Pues la verdad, no diría tanto: van a vivir como siempre han vivido, sin el señuelo de una civilización occidental que, oh paradoja, ataca sus propios principios fundamentales: el respeto a la vida y a la misma libertad de pensamiento, sometida a la cultura del nihilismo en la que todo vale porque nos hemos encargado de matar la verdad. Eso o, simplemente, estudiar un plan colosal para traernos a Occidente a todos los afganos musulmanes que no quieran vivir su fe bajo el dominio talibán, o sea, partidarios de una fe más moderadita y tolerante que, a largo plazo, podrías ofrecer como una alternativa a la apostasía occidental. Porque, no lo olvidemos, ningún musulmán va a dejar de serlo por el hecho de vivir en contacto con la cultura del aborto, la eutanasía y el sexo metido hasta en las matemáticas.

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