JUSTICIA MENORES

Adolescentes internos por agredir a sus padres aprenden a convivir en familia

El Centro Educativo de Justicia Juvenil de Arratia (Bizkaia) acoge a 16 menores imputados judicialmente por delitos de violencia filio-parental y de género

Agencia EFE

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 27 nov 2019

El Centro Educativo de Justicia Juvenil de Arratia (Bizkaia) acoge a 16 menores imputados judicialmente por delitos de violencia filio-parental y, en algunos casos, de género, que buscan "un futuro mejor" y una convivencia familiar "sana".

Cada interno en el centro, que tiene una capacidad máxima de veinte plazas, tiene su habitación y todas las instalaciones están diseñadas para responder a un proyecto de intervención terapéutica con los chicos a nivel individual, grupal y familiar para "abordar el motivo que les ha traído aquí", según el director de la Asociación Educativa Berriztu, que gestiona este centro del Gobierno Vasco, Luis Miguel Uruñuela.

La violencia doméstica hacia padres y hermanos ha aumentado ligeramente durante los últimos años, con más de 4.600 procedimientos abiertos en España en 2017, según los datos de la Fiscalía General del Estado, que considera que esta cuestión se ha consolidado como un mal endémico de la sociedad.

"Gracias a Berriztu, creo que tendré un futuro mejor del que habría tenido si no hubiera entrado aquí" para lograr una convivencia familiar "sana" , ha señalado Imanol, un joven de Barakaldo de 17 años que debe cumplir diez meses de internamiento.

La mayoría de los internos han sufrido acoso escolar y muchos han recibido atención psicológica antes de llegar al centro, pero "dentro el apoyo es mayor", según Imanol, que lleva dos semanas en el centro por incumplimiento de medidas cautelares.

A pesar de llevar poco tiempo en estas instalaciones, el joven ya tiene claro que las terapias le "están ayudando a recuperar hábitos para estar adecuadamente en casa" y espera que su estancia se traduzca en "una mejoría" para poder tener una convivencia "sana" con su familia.

"Cuando me dijeron que tenía que venir me sentí raro, porque es un sitio que todavía no conocía y se usan métodos que no había utilizado antes, pero cuando llevas un par de semanas te vas adaptando", ha explicado el chico, que ha asegurado tener "buen rollo" con todos sus compañeros.

Según él, allí dentro piensan en "querer hacer bien las cosas" para pasar más tiempo con sus familias, con las que hablan por teléfono cada día y que, una vez a la semana, pueden ir a visitarles.

Además, al tratarse de un centro de nivel II, el internamiento es abierto y semi-abierto y "los jóvenes pueden salir a la calle, hacer su vida y volver para dormir, así que a algunos no se les ve el pelo", ha señalado el director de Berriztu.

También realizan talleres de carpintería, en el que construyen muebles, y de cocina, para el que deben tener el carné de manipulador de alimentos.

"Se trata de que tengan responsabilidades y aprendan hábitos básicos, normas, relación con la autoridad, límites... y en la medida en la que van progresando con el tratamiento, pueden recurrir a recursos externos", ha apuntado Uruñuela.

Según ha comentado, el objetivo es "enseñarles a resolver ese conflicto, que en algunas familias es tan desbordante que los padres tienen que denunciar para ponerle un punto y final a lo que es ahora y un punto de inicio a lo que va a ser en el futuro".

El perfil de los menores que agreden a sus padres no se limita a casos claros de exclusión social, sino que la mayoría son chicos de entre 13 y 17 años, de clase media o alta y con problemas de consumo de drogas los que cometen estas agresiones, principalmente a sus madres, según un informe de la Fundación Amigó. EFE

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