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Cartuja de Miraflores, del oro de Colón a la locura de amor de una reina

Entrar en la Cartuja de Miraflores, en Burgos, es como traspasar una puerta hacia el cielo, un cielo rodeado de calma y repleto de belleza

Cartuja de Miraflores, del oro de Colón a la locura de amor de una reina

Imagen cedida por la Cartuja de Miraflores

Madrid

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 21 abr 2022

La Piedad que nos recibe desde lo alto de la entrada a la Iglesia es un avance del derroche de arte que vamos a encontrar en su interior.

Si el retablo mayor, cuyos dorados fueron realizados con oro que Colón trajo en su segundo viaje al Nuevo Mundo, nos impresiona por sus escenas y figuras en tres dimensiones, los sepulcros de los padres de Isabel la Católica y del príncipe Alfonso, son filigrana pura hecha en mármol, con figuras tan extraordinariamente perfectas, que parece que van a empezar a respirar en cualquier momento y nos dejan sin palabras.

Cartuja de Miraflores, del oro de Colón a la locura de amor de una reina

Imagen cedida por la Cartuja de Miraflores


Aquí, donde un puñado de monjes cartujos siguen viviendo en riguroso voto de silencio, cada paso es un canto a la belleza, al arte y a la historia

Pero, si esta Cartuja es impresionante en sí misma, lo que más impacta es el recuerdo de Juana I de Castilla, “Juana la Loca”, porque aquí, visitó a diario durante largos meses la tumba de su esposo Felipe El Hermoso que había fallecido en Burgos, unos dicen que envenenado y otros que por la fiebre provocada por una faringitis. Seguramente Juana, tendría una tercera versión avalada por sus celos de mujer enamorada hasta las trancas, no correspondida de igual manera y acostumbrada, además, a las aventuras de un marido ligero de cascos.

Cuando Felipe el Hermoso llevaba tiempo enterrado en esta Cartuja, Juana pidió que lo desenterrasen para cumplir el deseo de su esposo muerto, de reposar definitivamente en Granada y a pesar de encontrarse ella en avanzado estado de gestación, decidió trasladar el cadáver, empezando así una especie de inquietante procesión nunca terminada, por tierras de Castilla mientras la gente con la que se cruzaba, empezaba a llamarle “la reina loca”.

Cartuja de Miraflores, del oro de Colón a la locura de amor de una reina

Imagen cedida por la Cartuja de Miraflores


En medio de esa singular procesión, llegó a reunirse con su padre, el rey católico, y éste, avalando la teoría de que estaba loca, decidió encerrarla en el Palacio Real de Tordesillas donde Juana dejó de existir para él y para Carlos I, hijo de Juana y nieto de los Reyes Católicos, salvo para considerarla un estorbo.

La madre de Juana, Isabel la Católica, había muerto tres años antes, por eso su hija era reina de Castilla y objetivo de envidias, intereses ocultos e intrigas de su propio padre y de su hijo y cabe preguntarse si, de vivir la reina católica, habría consentido que, a su hija, además de considerarla loca y la encerraran de por vida en aquella torre del Palacio de Tordesillas hoy inexistente.

En la torre en la que fue encerrada junto con su hija recién nacida, Juana pasó 46 años sin que le permitieran salir ni recibir visitas casi nunca, ni hacer reuniones y permaneciendo permanentemente vigilada.

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Dicen que, de vez en cuando, subía a la torre más alta de palacio para demostrarle a la gente que, aunque estuviera sola, aunque le llamaran loca y la tuvieran encerrada, ella, Juana I reina de Castilla, seguía viva.

Todo eso, se nos pasa por la cabeza mientras descubrimos los tesoros y la grandeza de la Cartuja de Miraflores, el lugar donde parece haber empezado la fama de loca de una reina.

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Imagen cedida por la Cartuja de Miraflores



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