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El recuerdo de la infancia que vuelve a Pérez Reverte cada noche de Reyes: "No son eternos"

El escritor rebusca en sus memoria para contar a sus seguidores una triste experiencia por culpa de un regalo que Melchor, Gaspar y Baltasar le dejaron cuando tenía cinco años

El recuerdo de la infancia que vuelve a Pérez Reverte cada noche de Reyes: No son eternos

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 10:19

Los Reyes Magos han repartido esta madrugada felicidad y regalos por toda España. En un año marcado por la pandemia del coronavirus, la gran mayoría de cabalgatas del 5 de enero han sido canceladas y los niños han tenido que ver a sus majestades a través de la televisión y los ordenadores. Sin embargo, los Reyes, con PCR hecha, no han faltado a su tradicional cita y este miércoles en millones de hogares españoles, pequeños y mayores abren, juguetes, sorpresas y descubren ilusiones envueltos en papel de regalo.

Los Reyes se han portado muy bien con la mayoría, puesto que sabían que después de un año tan difícil, todos necesitábamos alguna alegría. En su monólogo de este miércoles, Carlos Herrera ha revelado que Melchor, Gaspar y Baltasar le han dejado unos calcetines con el escudo del Real Betis. "¡Para qué quiero más!", ha dicho el comunicador en COPE. Herrera también ha viajado a su infancia y ha recordado que de niño una tía suya tenía que dormir con él para no levantarse corriendo a abrir los regalos en plena madrugada.

El escritor Arturo Pérez Reverte también recuerda cada noche de Reyes un regalo de sus majestades que le marcó para siempre. "No hay noche de 5 de enero que no recuerde esto. Y mira que han pasado años (sesenta y cuatro, exactamente)", ha escrito este año en su cuenta de Twitter. Un regalo con el que aprendió una lección de vida muy valiosa y que nunca ha podido olvidar.



Pérez Reverte lo cuenta en su blog. Cuando tenía cinco años, vio en el escaparate de una juguetería un hermoso caballo de cartón. "En esa época, para un crío de cinco años, un caballo de cartón suponía la gloria. Aquél era un soberbio ejemplar con silla y bridas, las cuatro patas sobre un rectángulo de madera con ruedas; tan hermoso que me quedé pegado al cristal sin que mis abuelos, con quienes paseaba, lograran arrancarme de allí. Me fascinaban sus ojos grandes y oscuros, la boca abierta de la que salía el bocado de madera y tela, la crin y la cola pintadas de un color más claro, los estribos cromados. Era casi tan grande como los caballitos de la feria que cada Navidad se instalaba en el paseo del muelle, frente al puerto. Parecía que era de verdad, y que me esperaba", rememora Pérez Reverte.

Caballo de cartón

EL PREMATURO SENTIMIENTO DE LA PÉRDIDA

El escritor recuerda que en su carta a los Reyes Magos incluyó ese precioso caballo de cartón. Y Melchor, Gaspar y Baltasar se lo trajeron. "Mi caballo era espléndido y en él cabalgaba yo, orgulloso, pistola de vaquero al cinto", cuenta el escritor. Sin embargo, el Pérez Reverte niño sólo pudo disfrutar de él un día. "Por la tarde jugué con él hasta el anochecer, en el balcón, y lo dejé allí, soñando con cabalgarlo de nuevo al día siguiente. Pero aquella noche llovió a cántaros, nadie se acordó del pobre caballo, y por la mañana, cuando abrí los postigos, encontré un amasijo de cartón mojado", señala Pérez Reverte.

El escritor recuerda que no lloró, pero sí sintió "una angustiosa certeza de desolación, de desastre irrevocable, de tristeza infinita ante toda aquella felicidad arrebatada por el azar, por la mala suerte, por la imprevisión, por el Destino". Y esta historia ha dejado una experiencia de vida eterna para el escritor: "Sin importar cuánto gane ahora o cuánto pierda, sé que perderé más, de golpe o poco a poco, hasta que un día acabe perdiéndolo todo. No me hago ilusiones: ya sé que son las reglas. Tengo canas en la barba y fantasmas en la memoria, he visto arder ciudades y bibliotecas, desvanecerse innumerables caballos de cartón propios y ajenos; y en cada ocasión me consoló el recuerdo de aquel despojo mojado. Quizá, después de todo, el niño tuvo mucha suerte esa mañana del 7 de enero de 1956, cuando aprendió, demasiado pronto, que vivimos bajo la lluvia y que los caballos de cartón no son eternos".

Puedes leer el relato completo de Arturo Pérez Reverte aquí.

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