LITERATURA POESÍA
Consuelo García: “Entiendo la poesía como el don de hacer visible lo invisible”
Inés Escario
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Inés Escario
Recién aterrizada de Marrakech, ciudad en la que trabaja como jefa de estudios del Instituto Cervantes, Consuelo García Manzano firma este domingo en la Feria del Libro de Zaragoza su nuevo poemario, Mira el aire, en el que plasma su visión de la poesía: el don de hacer visible lo invisible.
En una entrevista a Efe cuenta que la ventana a la poesía se le abrió en Tetuán, aunque la ciudad del norte de Marruecos es solo una de las paradas en el recorrido vital de esta profesora de español desde que en 1995 llegó a Ammán, la capital de Jordania, para estudiar árabe.
A partir de allí se trasladó a Marrakech, en una época en la que trabó amistad con el escritor Juan Goytisolo, a Casablanca, ya como jefa de estudios para el Instituto Cervantes, a Beirut, capital del Líbano un país diversísimo que se levanta de sus cenizas-, Tetuán y, de nuevo, Marrakech, desde donde sigue viajando habitualmente a su ciudad natal: Zaragoza.
¿A qué se asoma el lector en Mira el aire?
Es una invitación a descubrir, a indagar en los aspectos de la vida que no están al alcance de nuestros ojos, pero que sí que pueden ser contemplados y comprendidos desde la poesía. Yo entiendo la poesía como el don de hacer visible lo invisible, convertir a través de la palabra poética.
El libro se estructura en tres partes, ¿qué nos ofrece cada una de ellas?
El libro va de lo general a lo particular. La primera parte, Dichosa es la mirada, es una visión general de lo existente. Es la parte que quizás mejor responde a esa filosofía de Mira el aire.
La segunda parte es un acto de amor y los poemas giran en torno al vínculo que se establece entre uno mismo, una misma, y los demás a través del amor. El amor como vínculo de relación entre ese mundo existente externo y uno mismo.
Y, en un último gesto de repliegue, la tercera parte es Genealogía, la más intimista y personal. Aparece, inevitablemente, el paso del tiempo, pero no como un tiempo cronológico que va pasando, sino como la posibilidad de situarse en distintos momentos de nuestra existencia y sentir el tiempo como una línea bidireccional, que nos lleva hacia delante, pero también hacia atrás; y que nos puede recolocar en un momento de nuestro pasado en el que fuimos y que, por tanto, seguimos siendo, porque sigue estando entre nosotros mientras lo recordamos.
Tanto Ánima Animal (Torremozas), tu primer libro que vio la luz antes de la pandemia, como Mira el aire (La fragua del trovador), han tenido un prólogo de dos poetas muy destacados.
He tenido una fortuna inmensa, inimaginable, en que alguien como Luis García Montero, Premio Nacional, el mejor poeta actual de la literatura española, aceptase leer y aportar un pequeño prólogo a una obra y a una autora primeriza, en Ánima Animal. Tuvo esa generosidad que es como es él: es un grandísimo poeta y una grandísima persona.
Para Mira el aire me dirigí a otro poeta conocido, con una trayectoria extensa y muy premiado, Juan Vicente Piqueras. Además, hemos tenido trayectorias vitales similares. Tuvo también la generosidad de escribir un extenso prólogo en forma de carta, bellísimo, enlazando reflexiones.
Los dos libros salen a la luz de la mano de los mejores poetas y mejores personas que podía tener.
¿Cómo ha influido la experiencia vital de vivir en diferentes países en su mirada poética?
El no estar viviendo en un único entorno en el que se desarrollan corrientes poéticas un tanto centrípetas, que absorben hacia su tendencia las expresiones poéticas, el no estar allí, a mí me ha dado la posibilidad de buscar, de entrar en contacto con otras sensibilidades y otras formas de expresión. Me ha dado independencia y libertad para ir elaborando una poética propia en la que en realidad voy tomando elementos de otras poéticas y otros autores sin tener que circunscribirme a ninguno en particular.
Creo que es una buena fórmula esta: el observar, el ir recogiendo y asimilando lo que en cada caso nos parece más enriquecedor, prescindiendo, quizás, de otros elementos que podrían ser sobrantes. En ese sentido, me siento afortunada de haber tenido vía libre para poder desarrollar mi propia poética.
Y en su faceta más personal, ¿cómo influye el transcurso por diferentes países?
El saber que tengo que cambiar de destino -estoy condenada a cambiar de ciudad- hace que las relaciones que establezca no vayan a ser excesivamente profundas, porque como mucho a los cinco años las relaciones ya no van a ser presenciales.
Entonces, he aprendido a pasar un poco de puntillas, a implicarme lo justo en las relaciones afectivas, porque soy consciente de que luego el camino que tengo que emprender es un camino que voy a emprender sola. No es que me vuelva desconfiada, en absoluto, pero sí que marco una distancia mayor que no marcaría si me quedara de forma definitiva en un hogar. Volvemos a la libertad: esa libertad que me permite seguir moviéndome de destino. Si no, sería complicado. EFE
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