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El despertador

Manuel Cruz

Acaso porque no tenía nada que decir sobre el fallecimiento de Paloma Gómez Borrero, algún columnista ha tenido la ocurrencia de escribir que nuestra muy querida compañera estaba “enamorada” de Juan Pablo II, “lo mismo que ahora lo está Pablo Iglesias de Francisco”.

Ya sé, ya sé: es una manera de exprimir el limón de la estupidez para parecer muy ocurrente. Pero se podría haber sido mucho más veraz tan solo con añadir que, en definitiva, todos estábamos subyugados por la luminosa humanidad del hoy santo Papa polaco, como lo estamos también por el encanto del Papa argentino y lo hemos estado de su antecesor alemán, Benedicto XVI. Y de los también santos Juan XXIII y Pablo VI.

Pero, en fin, eso de que el tal Pablo Iglesias esté “enamorado” de Francisco es demasiado “fuerte” para creerlo. ¿Está de acuerdo el dirigente podemita con la defensa de la vida que hace nuestro Papa actual? ¿Y con la defensa de la familia, de la fidelidad matrimonial, de la castidad de los jóvenes…? Cierto que el señor de la coleta, que tan bien utiliza el lenguaje soez de los barrios bajos, ha tratado de vituperar el cardenal Antonio Cañizares, nuevo vicepresidente de la Conferencia Episcopal, diciendo eso de “menos Cañizares y más Franciscos…” ¿Es que acaso las críticas de Cañizares a la ideología de género –por ahí iba la cosa- no son compartidas por Francisco?

Ya sabemos que Iglesias lee poco y entiende peor, pero al menos, antes de hablar del Papa podría leerse a fondo sus encíclicas “Laudatio si” y “Lumen Dei”. Y, sobre todo, su discurso ante los dirigentes europeos en la Capilla Sixtina, en el que no dudó en denunciar la amenaza que para Europa significan los populismos. Ahora bien, hemos de reconocer que Pablo Iglesias tiene algunas afinidades con Francisco –como las debería tener con el conjunto de la Doctrina Social de la Iglesia, si es que está tan preocupado por la pobreza, la justicia, la verdad…- cuando el Papa denuncia el sistema económico ultraliberal “que mata” o la voracidad de los que colocan al hombre por debajo del ídolo del dinero. Pero no me gustaría ver a España convertida en otra Venezuela si algún día, con el beneplácito de esos militantes socialistas que aplauden a rabiar a Pedro Sánchez, llegase a tocar el poder de suscribir decretos en el BOE.

No obstante lo dicho, quisiera destacar el papel positivo que está desempeñando Pablo Iglesias en la sociedad. Digo bien: papel positivo. El dirigente de Podemos, en efecto, está cumpliendo con uno de los mandatos de la democracia: hacer de despertador. Si, despertador de conciencias. Esa es, en suma, una obligación de los políticos, equiparable a la que afrontan cada día los medios de comunicación realmente independientes.

Cuando aquí en España –“en este país…”- hemos tenido gobiernos con mayorías absolutas en el Congreso, hemos corrido el riesgo de morir de éxito, adocenados, aburguesados, dormidos, la oposición, con sus huelgas y sus avisos tonitruantes, incluidos el “váyase, señor González” y el “no es no” de Pedro Sánchez, ha señalado el reloj de la decadencia moral que, en definitiva, eligieron los votantes con toda libertad. Pero Iglesias, con sus 70 escaños, ha llevado al Congreso el sonoro timbre del despertador.

No se trata de tenerle miedo, por muchos puños que alcen sus seguidores y muchas banderas republicanas que enarbolen, cosa que también saben hacer los socialistas cuando no gobiernan. Se trata de mantener alerta a la sociedad contra las deficiencias del Poder. Ya lo ha denunciado Francisco: los populismos –de izquierdas y de derechas- son consecuencia de la falta de solidaridad, del egoísmo practicado por los gobernantes europeos en estos largos años de crisis económica. Sin hablar, todavía, de la corrupción, la avidez de dinero, el envilecimiento a que ha conducido la falta de trabajo, la decadencia de la enseñanza…

El problema es que Iglesias sólo habla de esas injusticias sociales y se olvida de la corrupción moral que entraña esa ideología de género que suscribe, tantas veces descrita por los Cañizares –digámoslo así- como la lepra de nuestro tiempo. Se corrompe la familia, se corrompe la educación, se corrompe el sentido de la responsabilidad, se corrompe a la juventud por falta de estímulo y de ejemplaridad de los padres y los políticos… Iglesias -¡qué apellido!- no puede enseñar nada que no sea cómo corromper ideológicamente a la sociedad para que, por miedo o por engaño, le facilite la destrucción de las libertades, empezando por la libertad religiosa.

Pero insisto. Este mismo Iglesias corruptor de menores mentales, nos está despertando en un doble sentido: a la sociedad acomodada para que no se adocene y para que sepamos qué significa su populismo chavista. Hay que agradecer, en el fondo, que existan países como Venezuela y Cuba para conocer mejor lo que aquí aspiran sus epígonos, tan cercanos, por cierto, de la extrema derecha neonazi como en su día lo fueron los comunistas de Stalin y los genocidas de Hitler.

En fin, bueno es que suene el despertador para recordarnos que no se puede seguir en la cama. Así que más solidaridad, más humanismo y menos populismo.

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