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Seres humanos a la deriva

Cerca de 6.000 bengalíes y rohingyas, esta última una minoría musulmana perseguida en Myanmar, la antigua Birmania, siguen atrapados y a la deriva en alta mar, en el sudeste asiático, a la espera de poder desembarcar en algún lugar. La historia no puede ser más dura. En pésimo estado, sin agua y sin comida, algunos obligados incluso a beberse su propia orina para sobrevivir y expuestos a las más diversas enfermedades, miles de personas van de un lado para otro sin que nadie, ni Indonesia, ni Malasia, ni Tailandia, se haga cargo de ellos. La historia de tantos seres humanos a la deriva, tratados como cosas, en una suerte de juego de pinball en el que nadie quiere hacerse cargo de sus necesidades más básicas, es una cruel metáfora de la indiferencia globalizada que padecemos.También debemos tener en cuenta a los responsables del país de donde proceden. La persecución religiosa  sigue obligando hoy a emigrar a miles de personas en todo el mundo. Los seres humanos tenemos derecho también a no emigrar, a permanecer, a crecer en condiciones de dignidad en el lugar donde hemos nacido. Hay que urgir a los países implicados a que abran sus fronteras y a que no dejen morir en el mar a los que se encuentran al límite, pero sobre todo hay que abordar el fenómeno desde las raíces que lo causan para que esta vergüenza internacional no se vuelva cotidiana.

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