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Sanar las heridas

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Un solo caso de abuso a menores es demasiado.  Si además ese grave delito y pecado ha sido cometido por una persona de Iglesia, existe un agravante que aumenta el dolor y provoca que las heridas causadas hayan sido más profundas. La Iglesia lo ha reconocido así en distintas ocasiones y ha puesto en marcha en los últimos años un protocolo de actuación que bien podría servir de modelo para otras instituciones donde esta plaga social está muy arraigada. El Papa Francisco, como ya hiciera Benedicto XVI, se ha reunido esta mañana con varias víctimas de abusos cometidos por sacerdotes católicos. Lo primero que ha hecho el Papa es pedir perdón por esa auténtica profanación que supone cada acto de abuso, pero también por los pecados de omisión, por las ocasiones en las que la Iglesia no ha sabido responder adecuadamente.Los pecados de abuso sexual contra menores por parte del clero tienen un efecto virulento en la fe y en la esperanza en Dios. Es como un culto sacrílego, porque precisamente esos chicos fueron confiados al carisma sacerdotal para llevarlos a Dios. Esos actos dejaron cicatrices para toda la vida. La Iglesia está ahí para reconocer los errores, para sanar las heridas, para acompañar en el dolor y hacer todo lo posible para que esto no vuelva a suceder en su seno. El Papa lo ha dicho de manera contundente: no hay lugar en el ministerio de la Iglesia para aquellos que cometen estos abusos; todos los obispos deben comprometerse a salvaguardar la protección de menores y deben rendir cuentas de esta responsabilidad.

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