
Madrid - Publicado el - Actualizado
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En medio de la Epifanía y la contemplación del Misterio de Belén por los Magos venidos de Oriente, y los demás adoradores en el Portal, muchos han imitado este camino de ver y contemplar. Hoy conmemoramos a San Severino. Precisamente nos acercamos a un hombre de contemplación y conversión que así lo pide a los demás.
De origen y familia desconocidos, por entonces la invasión bárbara se apoderaba del Imperio en el siglo V. El Continente asiático quiere imitar a Europa en su cultura y sus tradiciones. Pero lo que más domina es una relajación de costumbres. Tal vez sea por eso que hay que escapar del mundanal ruido. En este contexto vive este hombre bueno que recordamos en el Santoral.
Entre tanta ostentación, nuestro Santo vive en la más absoluta pobreza, llevada con humildad y sencillez. Pero también es firme en sus predicaciones y denuncias de las situaciones creadas. La caída de Roma y sus consecuencias, le sirven para invitar a la penitencia y a la conversión a orillas del Danubio.
Obrador de milagros su presencia es respetada tanto por los romanos idólatras como por los bárbaros arrianos. Aprovecha la situación creada para fundar varios Monasterios y Conventos. San Severino murió en uno de ellos en enero del año 482. En su legado dejó una huella profunda en la zona del Danubio donde dio testimonio del Evangelio.





