Octava de Pascua, Domingo de la Divina Misericordia, por el sacerdote Ángel Moreno de Buenafuente

Octava de Pascua, Domingo de la Divina Misericordia, por el sacerdote Ángel Moreno de Buenafuente

Redacción digital

Madrid - Publicado el - Actualizado

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Octava de Pascua, Domingo de la Divina Misericordia, por el sacerdote Ángel Moreno de Buenafuente

Acto 5, 12-16; Sal 117; Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19; Jn 20, 19-21

El día octavo

– "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente." Contestó Tomás: -"¡Señor mío y Dios mío!"

El Resucitado nos revela la posibilidad de convertir nuestras heridas en testigos proféticos de la Pascua, incluso la herida de la duda creyente, el dolor por la travesía de la noche de la fe; el sentimiento terrible de la falta de esperanza; la soledad más profunda por la ausencia de la persona en la que has confiado y que has querido; la percepción de fracaso y de ruina de una ilusión?

Las llagas de Jesucristo resucitado, que no han desaparecido en su cuerpo glorioso, nos indican que las heridas se convertirán en trofeos, en credenciales, que nos posibilitan la certeza de que nada se pierde, ningún dolor es inútil, no solo porque Jesucristo glorioso se da a conocer mostrando sus manos con las señales de los clavos, sino porque Él viene en ayuda de nuestra debilidad, y llega a proclamar: "Dichosos los que crean sin haber visto."

Atrévete a esperar, en medio de tus pruebas, la luz de la Pascua, el sentido pleno de tu vida, por la participación en los signos del Resucitado. Y al igual que el discípulo, profesa la fe, que en tu caso lleva ya bienaventuranza, porque no ves ni palpas, pero te atreves a creer, como lo hicieron los amigos de Jesús y tantos otros, a lo largo de la historia.

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