Una villa en la costa azul

"La indiferencia, por tanto, nace de separar la religión de la vida"

Antonio R. Rubio Plo

Antonio R. Rubio Plo

Escritor y analista internacional

Tiempo de lectura: 4'Actualizado 13:04

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Muy cerca de la frontera italiana y del principado de Mónaco se halla la localidad de Menton, uno de esos lugares de la Costa Azul que han servido de residencia de millonarios, personalidades de la aristocracia y de algún que otro intelectual con recursos en las primeras décadas del siglo XX. Pasé por allí hace pocas semanas y quise detenerme en Fontana Rosa, una villa singular que evoca un jardín valenciano, digno de haber sido pintado por Joaquín Sorolla. En aquel lugar vivió en sus últimos años el escritor Vicente Blasco Ibáñez, otro valenciano universal cuya fama se acrecentó cuando Hollywood llevó sus novelas a la pantalla. La villa restaurada parece despertar de un largo estado de abandono y me hizo pensar en lo efímero de la gloria de los escritores. Émile Zola, maestro del naturalismo francés admirado por Blasco Ibáñez, es más recordado hoy en su país que el escritor español. Sin embargo, cuando algunos le recuerdan es sobre todo para destacar el perfil anticlerical y republicano de Blasco, que sigue provocando recelo en la mayoría de los que suelen conocerse como gente de orden.

Leer las novelas de Blasco Ibáñez equivalía en otros tiempos a hacer una profesión de fe anticlerical, corroborada si figuraban en un lugar destacado de la biblioteca. Su lectura se inscribía además en una filosofía de la sospecha con hondas raíces en España, una mentalidad que descalifica como ingenuos a quienes no la comparten. Un pariente lejano releía a menudo esos libros, aunque lo más sorprendente, o quizás no tanto, es que tenía una ideología conservadora y disfrutaba, sin excesiva ostentación, de una buena posición económica. También me vino a la mente en Fontana Rosa la confidencia de un amigo que en su juventud se puso a hacer un expurgo en su biblioteca, aunque con menos criterio que el cura y el barbero en la de Don Quijote. Vendió a precio de saldo las novelas de Blasco Ibáñez, aunque separó una de ellas, La catedral, para quemarla y tener la satisfacción de ver cómo el fuego consumía una portada en la que aparecía una mitra episcopal con tentáculos. Pocos años después, se encontró, sin embargo, con una cita de Heinrich Heine que aseguraba temer a los que queman libros porque un día pueden quemar personas. Sintió entonces un cierto remordimiento y su acción le pareció mezquina.

Más allá de estos recuerdos, pude comprobar que el primer propietario de Fontana Rosa era una persona que amaba la belleza, la de la vegetación de su jardín, del mar y de los cercanos Alpes, y también era un apasionado de la gran literatura. Le dio a la casa el nombre de El rincón de los novelistas y la llenó de bustos, entre otros, de Cervantes, Balzac, Hugo, Dickens, Dostoievski y Flaubert. De sus preferencias se infiere su interés por la psicología del ser humano que la novela realista y naturalista intentaron escudriñar. Con todo, también pensé que Blasco Ibáñez se convirtió en esclavo de su trabajo en medio de un jardín encantado. Horas y horas solitarias en busca de la fama, que de continuo necesita de un amplio reconocimiento social. Acaso eso influyó en su agotamiento físico y espiritual, que le llevó a morir un día antes de cumplir los sesenta y un años.

Al releer algunos de sus textos llegué a concluir que Vicente Blasco Ibáñez debió de ser también un hombre de búsqueda espiritual, pese a las apariencias. He percibido incluso que sus opiniones sobre el catolicismo español, que pone en boca del ex seminarista Gabriel Luna en La catedral, no han quedado desfasadas: “Se siguen las ceremonias del culto por rutina porque hablan a la imaginación, pero nadie se toma el trabajo de conocer el fundamento de las creencias que profesa, se acepta todo sin reflexionar”. En efecto, este ha sido uno de los males del catolicismo español. La condición de católico y español tenían que ir inexorablemente unidas, aunque más por tradición que por convicción. El resultado no podía ser una casa edificada sobre roca sino sobre arena, y es sabido lo que hicieron los vientos con ella (Mt 7,27). La gran paradoja de esa fe sociológica es que lleva, tarde o temprano, a la indiferencia. El mismo personaje de Blasco añade: “No hay fe, esa es la verdad. El español (…) vive en una indiferencia externa, no por reflexión científica, sino por debilidad de pensamiento (…) Es el hombre que más practica la religión y menos piensa en ella. Ni duda ni cree. Acepta lo establecido, viviendo en un sonambulismo intelectual”. La indiferencia, por tanto, nace de separar la religión de la vida, y eso no es cosa de tiempos pasados, cuando la mayoría de la sociedad decía profesar la religión católica y vivía prisionera del juicio de los demás. Hoy también puede suceder lo mismo si un católico se aferra a su pequeña burbuja, en la que cree sentirse seguro y protegido de las tormentas del mundo. La lámpara de la fe se irá apagando poco como si estuviera en una campana de cristal.

Si es verdad que Blasco Ibáñez admiraba a Dostoievski, debió de reflexionar alguna vez sobre aquel relato del Gran Inquisidor que condenaba a un Cristo que ha bajado nuevamente a la tierra. O a lo mejor no lo hizo en su obsesión por la gloria literaria. En cualquier caso, en aquel atardecer de un domingo lluvioso en Menton sentí la necesidad de elevar un recuerdo a Dios por el escritor valenciano.

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