De cómo jaguares, caimanes y anacondas nos forjaron humanos

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Siempre estaré agradecido a mi amigo José por haberme llevado al Amazonas. En la parroquia de Foz de Canumá, sita en la Reserva de Desarrollo Sustentable Canumã (RDS Canumã), en mitad de la selva amazónica vivía un misionero, el padre Toni. Y allí fuimos a trazar un plan de desarrollo rural para su asociación de productores. Si los musulmanes van a la Meca una vez al año, y los cristianos vamos a Roma, ir a la selva del Amazonas tendría que ser una visita obligada para toda aquella persona que quiera entender el mundo, pues aquí es donde se manifiesta en su forma más espléndida.
Navegamos durante el amanecer por la raya que separa las aguas marrones de las aguas negras que forman el río Amazonas en su nacimiento en Manaos. Un nacimiento de gigante pues el Amazonas es la unión del Solimões y el río Negro que discurren juntos sin mezclar sus aguas durante kilómetros debido a sus diferencias de temperatura, densidad y velocidad. Luego un afluente a la derecha, otro a la izquierda… después ya perdí la cuenta. Un par de días en la misión del padre Toni y alquilamos una canoa para ir a conocer las aldeas más alejadas. En la primera nos contaron que un caimán se había comido a un niño en la orilla. Me resultó casi inverosímil. Continuamos río arriba. Atardecía y el padre Toni avistó unos posibles narcos. Nos escondimos en la orilla opuesta. Entonces empezó a llover, llover; como lo hace el cielo allí; y por tanto la canoa a llenarse de agua; y nosotros a achicarla desde nuestro escondite en un afluente del afluente del afluente amazónico. Así se hizo de noche como sucede en los trópicos, de repente. Y cuando cesó la lluvia, la bóveda del cielo se llenó de una cantidad de estrellas como no había visto jamás. El guía se puso a llorar de miedo. Pensé que todos teníamos derecho a llorar menos él, que para eso era el guía. Entonces nos confesó que estaba perdido. Que era la primera vez que navegaba por aquel río…; que lo había hecho porque necesitaba el dinero. Un occidental como yo pensó que el problema tendría solución racional. Le dije entonces que por qué no íbamos bajo los árboles, pero el negó la cabeza.
Con este panorama no había más que seguir adelante. En aquella noche oscura no había mesura ni orientación. El agua reposaba tranquila en aquellos ríos estáticos en los que no se percibe corriente alguna, pero que año tras año suben y bajan de altura inundando las tierras adyacentes en una superficie equivalente al Reino Unido y cuyo peso hunde todos los años unos centímetros el continente que, a su vez, recupera su altura cuando las aguas se desaguan lentamente al océano Atlántico, aunque su movimiento no se note. No había luz alguna adicional a la luna y las estrellas. Y sin luz apenas se veían referencias, ni siquiera de por dónde discurría el río, que, aunque fuera un afluente de un afluente, a mí se me hacía tan ancho como el Tajo a su paso por Lisboa. El padre Toni se puso en proa y fue con la linterna alumbrando al frente para evitar que ninguno de los árboles engullidos por esa marea fluvial que en Brasil llaman “várzea”, (nombre que se le da a la tierra sobre la cual crecen los bosques amazónicos que se inundan estacionalmente por el desbordamiento de ríos) alta nos crujiera la canoa; y sin perder la orilla más cercana, avanzamos intentando no meternos en un afluente que no fuera el que buscábamos en aquella inmensa oscuridad. No había nada de lo que contemplamos en una civilización en miles de kilómetros cuadrados a la redonda, y nuestra única referencia en el agua era saber si la luna estaba delante o detrás nuestra. Y los jaguares, las anacondas y los caimanes nos esperaban en algún lugar para cumplir con su papel depredador. Yo me pellizqué. Esto no va en serio pensé. ¡Despiértate y acaba con la pesadilla! Pero desgraciadamente abría los ojos, y todo seguía igual, tan bello como peligroso, tan espectacular como ajeno a mi mundo. Tras varias horas de navegación con una linternita por fin alcanzamos un poblado… pero eso será otra historia. Hasta ese momento, José y yo tuvimos la oportunidad de sentirnos presas, sentirnos como potencial comida en lugar de comensales. Para mí, fue la verificación de una conversión ecológica. Hasta entonces nunca había sentido la necesidad de ocultarme de un predador para el cual mi historia, mi pasaporte, mis títulos académicos, mi familia o mi nacionalidad, o incluso los derechos humanos le resultaran invisibles. Yo solo significaba para él un aporte calórico (y en mi caso bastante considerable). Y todo ello sin ningún juicio moral de por medio. No tendría a nadie a quien reclamarle legalmente ser devorado, engullido o triturado. Y por una vez en mi vida mi atractivo fue proporcional a mi tamaño.
Doy gracias a Dios por haber vivido esa maravillosa experiencia (y sobre todo por haberla superado). Pocas personas perciben a lo largo de su vida que forman parte de un ciclo en el cual no necesariamente constituyen el vértice de la cadena trófica. Nuestra civilización se ha encargado felizmente de alejarnos de esa posición de presa. Pero también nos ha hecho olvidar nuestra ubicación ecológica. Todas las especies de animales viven sometidas a tres fuerzas: encontrar alimentos, defender su territorio de la propia competencia de su especie, y no ser comida para un predador. Resulta algo parecido a tres de los jinetes del Apocalipsis. Encontrar alimento (o presas que comer) o, mejor dicho, no encontrarlas equivale a las hambrunas. El “Hambre” es el caballo negro cuyo jinete lleva una balanza. La competencia de nuestra propia especie por un territorio y sus recursos es el caballo rojo, la guerra simbolizada por la espada; y los predadores podrían asemejarse al caballo blanco de la conquista con su jinete armado con un arco y una corona, y que trae la peste... el ser comido por virus o bacterias (nuestros peores enemigos). Estos tres jinetes (del cuarto, que es la muerte, hablaremos luego) nos recuerdan las tres fuerzas de la ecología, las que nos permiten sobrevivir, es decir comer sin ser comido, y que conforman el código de supervivencia -¿el inicio de la ética?- más básico, el “de la rana”: Si es más grande que yo me escondo, si es de igual tamaño veo si me puedo reproducir o tengo que pelearme por la charca, y si es más pequeño intento comérmelo. Pero en nuestra especie hemos eliminado los predadores (al menos los grandes, pues la medicina aún sigue batallando con los pequeños como los virus y bacterias). Hemos evolucionado y somos la única especie que puede rezar el padre nuestro pidiendo al mismo tiempo “Danos hoy nuestro pan de cada día” y por otro “Libranos del mal”. Casi todo el resto de criaturas se dividen las oraciones: Imaginen a una gacela perseguida por un león. El león rezaría pidiendo la gacela de cada día, y la gacela que le librara del mal, del león que la persigue.
Pero esto no siempre fue así. Los fósiles más antiguos de Homo sapiens datan de unos 315.000 años (encontrados en el yacimiento de Jebel Irhoud en Marruecos) marcando el inicio de nuestra especie a partir de una evolución africana de otros homínidos. Si nuestra historia, entendiendo como tal la que nos llega escrita, se inicia en las civilizaciones sumeria o egipcia, aparecidas hace 5.000 años, la historia conocida es el 1,5% de la historia humana; y todo ello sin contar a nuestros antecesores tales como el Homo habilis (el primero en fabricar herramientas), surgido hace 2,4 millones de años o el siguiente Homo erectus (el primero en migrar fuera de África y usar fuego) de hace tan solo 1,8 millones de años. En cuyo caso la historia humana escrita sería el 0,2% de la historia de los homínidos.
Durante aquel 99,98% de nuestra historia fuimos carne para equivalentes de las anacondas, los jaguares y los caimanes tales como los leones en África, o los tigres en Asia (por no mencionar al Smilodon populator, el tigre de dientes de sable y sus 28 centímetros de largo de colmillos). Y durante aquella larga y velada historia nuestra, fueron poco a poco sucediendo las cosas que definen nuestra ecología y por tanto nuestra biología. Por ejemplo, perdimos el pelo para poder sudar y por lo tanto correr durante horas (despacio como hacemos los bípedos, pero durante periodos de tiempo tan largos que están vedados a cualquier felino). No podíamos escapar corriendo de lo que era más grande que nosotros, pero si agotar a una presa menor persiguiéndola durante horas; para defendernos aprendimos a cooperar, y la belleza se hizo excelsa en el cuerpo de la mujer en el cual los pechos femeninos se quedaron para siempre en su sitio. En el resto de los simios homínidos son de quita y pon en períodos de cría y no constituyen un foco de atractivo para el género masculino. Aquí hay que agradecer mucho a Dios que nos pensara bípedos, y que definitivamente abandonáremos la vinculación del atractivo sexual a los olores generados en el proestro que huelen en los cuadrúpedos en el trasero de sus congéneres. Véase los perros en el parque. Nosotros pasamos del olfato a la vista para sentir el atractivo que percibimos los humanos -los masculinos al menos -; ante una “belle silhouette”. Independizamos la crianza de la época del año y se volvieron dos los padres necesarios para alimentar a una cría humana que no acaba de madurar cerebralmente hasta después de la pubertad y que exige una alianza estable y prolongada. Somos el único animal del mundo que sufre - o más bien la sufren los padres de la criatura- la pubertad. Ningún otro animal tiene un tiempo en el que es fisiológicamente fértil y sin embargo su cerebro no está totalmente formado ni preparado para su fertilidad. Así, en secreto, sin revelar demasiados detalles sobre su concepción como tampoco hacemos los padres con los hijos, y durante más del 99% de nuestra existencia - como relatan poéticamente los libros de los Salmos 139:13 y Jeremías 1:5: “Yo te formé en el vientre de tu madre"-, fuimos “cocinados” a fuego lento hasta llegar a tener capacidad de ser imagen y semejanza de Dios… Lo que hoy somos, al menos desde el punto de vista ecológico es el resultado de esta historia oculta en la que poéticamente “Dios, el Señor, modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz aliento de vida y el hombre se convirtió en un ser viviente” (Génesis 2,7).
Su soplido final nos hizo bípedos, liberando nuestras manos con las que construir, con las que en palabras de Rudolph Steiner “traer el brillo del cielo a la tierra” y enarbolamos nuestras gargantas para cantar (esto ya lo hacían los pájaros), pero sobre todo para poder hablar, para ser capaces del “logos”; y por tanto del “Logos”. Después, y huyendo de las presas para cazar las nuestras, fuimos modelados cada vez más inteligentes. Dios se sobró creando nuestro único neocortex cerebral que nos permite ser capaces de entender conceptos tales como que la vida es esencialmente misterio bueno con el que mantener una relación filial, y hacernos capaces de ser libres… Una libertad de la que carecen el resto de los animales, que no pueden decidir no procrear como lo hacemos nosotros. Imagínese el lector una resera natural en la que los animales decidieran no reproducirse… ¿No sería quizá el cuarto jinete del apocalipsis, el de la muerte en su caballo pálido, esta extinción libre y decidida? Nosotros a diferencia del resto de animales el mundo somos criaturas que hoy pueden decidir evitar la “trampa” del atractivo sexual, es decir podemos satisfacer nuestro deseo sin compromiso reproductivo y “vivir libremente nuestra sexualidad”; o como dicen los carteles oficiales de mi universidad "The future is queer"; e incluso a otro nivel podemos celebrar la extinción o disminución poblacional del otro (véase las esterilizaciones forzadas de miles de indígenas en el siglo XIX … y XX), o incluso de la nuestra como sugiere el movimiento Voluntary Human Extinction Movement (VHEMT) con el objeto de evitar la degradación ambiental.
Aquellos millones de años ocultos que “vivimos hasta hace 10.000 años, integrados en la naturaleza, de forma sostenible, sin la explosión demográfica que inició el Neolítico, en una comunidad mundial sin fronteras ni estados…” como expresaba el doctor Félix Rodríguez de la Fuente forjaron lo que somos. Los primeros seres humanos o prehumanos fuimos presas de caimanes, jaguares y anacondas y nos prepararon para sobrevivir en un ambiente en el que éramos al principio más presa que predador. En aquel remoto amanecer del ser humano se forjó nuestra capacidad para sobrevivir y continuar nuestra especie dando lugar a nuestra ecología humana, y por tanto a nuestra inteligencia y nuestra monogamia en condiciones normales quizá aprendida de las familias de lobos con los que compartimos la aventura de la caza, – el resto de primates no son muy monógamos que digamos-; desarrollamos nuestra cordialidad como miembros de un clan, las primeras normas de convivencia, nuestros atributos físicos, nuestra capacidad de usar utensilios para pasar de presa a predador, o nuestra masculinidad y nuestra feminidad, ese software que nos ha permitido llegar reproduciéndonos hasta nuestro tiempo en el hardware de nuestra diferencia sexual. Hoy tras la evolución industrial nos hemos acostumbrado a que los jaguares, las anacondas y los caimanes campen lejos de nuestras vidas. Nuestra cultura y civilización, especialmente desde la revolución industrial y la domesticación de los combustibles fósiles nos “ponen a salvo” de ellos y nos hacen pensar que nuestro camino no es el mismo que el del resto de la vida que fluye en cada ser vivo animal. Pero a veces aparece por una rendija de la vida nuestra historia natural y cunde la desesperación entre quienes piensan que uno es lo que se autodefine. Sencillamente todas esas personas que afirman ser mujer si quieren serlo, o la moda actual de los “furries”, los niños y adolescentes que dicen ser gatos y se consideran como personas transespecie, son eufemismos para referirse a las dificultades ecológicas que surgen ante el reto de continuar la vida en determinados individuos y circunstancias. La vida desde una perspectiva ecológica es sencilla: nacemos, crecemos, a veces algunos logramos reproducirnos y antes o después morimos. De estos cuatro hechos fundamentales de toda vida, tan solo la reproducción es contingente. Así ha operado y sigue operando la selección natural, como los jinetes del apocalipsis. Esta es la lección que nos da la ecología. Y para entenderla es importante mirar no solo a los últimos 250 años de confort creciente, o a los últimos 4.000 de civilización, es decir de codificación de nuestro comportamiento a fin de continuar la vida. Debemos mirar el 99% restante de nuestra historia para entender cómo somos y volver a recordarnos que, por debajo de nuestra cultura, está sustentándola nuestra ecología, y que esta cultura y las civilizaciones son en su esencia una adaptación humana – cada vez más elaborada-, a la supervivencia; a seguir comiendo sin ser comidos, y a reproducirnos antes de morir, eso sí, con la mirada puesta en el infinito, ahora conceptualizable gracias a nuestro increíble neocórtex frontal.
En ese 99% de historia vedada se desarrollaron además los mecanismos evolutivos que nos hicieron capaces y libres para afrontar “el problema decisivo (…), la capacidad moral global de la sociedad” (Benedicto XVI encíclica Caritas in veritate, 51). Creo que es precisamente en este análisis evolutivo de la prehistoria humana en donde se pueden buscar los fundamentos de ese campo que Benedicto XVI llamó “ecología humana” cuando afirmaba que “si no se respeta el derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y el nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de la ecología ambiental”.
De nuevo Félix Rodríguez de la Fuente puede ayudarnos a entender un poco más quienes somos: «El ser humano no es un ovni venido de una lejana galaxia; el ser humano es un poema tejido con la niebla del amanecer, con el color de las flores, con el canto de los pájaros, con el aullido del lobo o el rugido del león.» Para entender la ecología que caracteriza al ser humano, la ecología humana que sugería Benedicto XVI, creo que debemos empezar a buscarla en la prehistoria, pues no todo el mundo puede tener la suerte de que al menos una vez en su vida corra el riesgo real de ser comido por un jaguar en una noche de estrellas. La “humildad es andar en verdad" nos enseñó Santa Teresa de Jesús. La conversión ecológica, entendida como nuestra capacidad de comprendernos como parte de este mundo, como todas las verdaderas comienza por sentirte muy pequeño, muy masticable en mi caso, pero vivo y en un mundo maravilloso.





