Estados Unidos, Irán, Cuba y Nicaragua: Historia de un déjà vu.
A veces la historia parece repetirse. La situación política actual de Estados Unidos enfrentándose a Irán, Nicaragua y Cuba ya sucedió en 1982. Y la paz, la seguridad y la libertad supieron encontrar un camino que acalló las armas gracias a un hombre…

Deja vu pensamiento
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En 1979 triunfaba la revolución sandinista en Nicaragua, en gran medida gracias al apoyo cubano comunista. Pero en pocos meses el sandinismo se quitaba la careta y los demócratas eran expulsados por los marxistas del poder…
La Casa Blanca empezó entonces a alentar la contra-revolución, consistente inicialmente en mil hombres equipados, preparados y armados para el sabotaje, los ataques sorpresa y retiradas con apoyo de la inteligencia de la CIA constituyendo un intento de ponerle palos en las ruedas a aquella revolución. Y en la noche del 15 de marzo de 1982, con la voladura por parte de la contra de dos puentes en el norte de Nicaragua y el decreto consiguiente de estado de alarma y reducción de libertades civiles, volvía otra guerra civil a Nicaragua y de nuevo volvía a extenderse el terror.
Muchos han pensado en América Central como un lugar muy por debajo de México que no puede constituir una amenaza para nuestro bienestar. Y es por eso por lo que solicité esta sesión. Los problemas de Centroamérica afectan directamente a la seguridad y el bienestar de nuestra propia gente. Y Centroamérica está mucho más cerca de Estados Unidos que muchos de los puntos problemáticos mundiales que nos preocupan. Así que, si trabajamos para restaurar nuestra propia economía, no podemos permitirnos perder de vista a nuestros vecinos del Sur […].
Presidente de Estados Unidos entre 1981 y 1989
Con este discurso, pronunciado en 1983, el presidente Ronald Reagan reconocía ya directamente la implicación de su gobierno en las acciones militares en suelo nicaragüense y lograba desbloquear ayudas militares antes encubiertas a la “contra” que tras un año de recibirlas a escondidas en sus bases del sur de Honduras ya tenía lo que necesitaba una guerrilla insurgente: lanzagranadas, rifles de asalto M16, morteros y proyectiles…

Ronald Reagan, expresidente de Estados Unidos
Mientras, los sandinistas empezaron a armar a sus soldados con todos los AK-47 que fueran necesarios, tanques T-54 y T-55, helicópteros de ataque y transportes siempre soviéticos. Nicaragua se llenó de asesores soviéticos y cubanos, y en Honduras entraban de incógnito entrenadores militares y agentes secretos de la CIA llegando ambos bandos al empecinamiento más desnortado y contrario a sus propios intereses por derrotar al otro. Los sandinistas pretendieron traer los aviones MIG de combate acabando así con la maltrecha economía nicaragüense gastando el dinero que no tenían en una interminable pista de aterrizaje. Y la Casa Blanca se vio envuelta en un escándalo nacional que les obligaría a cambiar su postura y reconocer que habían engañado a su pueblo al querer conseguir el dinero que el congreso no les aprobó para dotar de armas a la contra vendiendo armas a los ayatolás iraníes, ¡enemigos acérrimos de los Estados Unidos!
La Cámara de Representantes de los Estados Unidos, por iniciativa de los demócratas, aprobó una enmienda que limitaba la ayuda a esta organización. Para salvar esta restricción, miembros del Consejo de Seguridad Nacional, organismo asesor de la Casa Blanca, montaron una operación para obtener financiación secreta de fuentes privadas norteamericanas. En 1985, varios de estos funcionarios se involucraron en un plan para vender secretamente misiles a Irán, a cambio de la liberación de los siete americanos retenidos por musulmanes proiraníes en Líbano. Israel actuó en principio como intermediario de los envíos de armas. Parte de los beneficios de la venta fueron desviados a la contra nicaragüense.
En aquella guerra, los sandinistas lograron el apoyo de un campesinado y clase obrera oprimida por los Somoza, la anterior saga de dictadores, pero la contra empezó a despertar el apoyo de los mismos campesinos que veían como el gobierno sandinista les agrupaba en cooperativas que debían producir lo que el gobierno estipulara al precio que se les impusiera, viéndose abocados en muchos casos a abandonar el campo. La base social de los latifundistas expropiados, junto con los campesinos descontentos con los errores en la política agraria sandinista, fueron un apoyo fundamental en muchas de las zonas de operaciones de la contra. Como hicieron antes con los sandinistas, muchos finqueros pasaron a ayudar a los contrarrevolucionarios dándoles alimentos, brindando información sobre el enemigo o alistándose en sus filas.

revolucion sandinista
Daniel Ortega -increíblemente aún co-presidente de Nicaragua bajo la tutela de su copresidenta y esposa cuando escribo estas líneas -, pasó de decretar el estado de emergencia social a uno más amplio de emergencia militar prohibiendo cualquier actividad política que fuera contra su régimen aquel año, hasta llegar en 1985 a restringir las libertades civiles tales como el derecho de reunión, de publicar libremente opiniones en la prensa, el derecho a huelga, el de crear asambleas o a viajar libremente por el país, a riesgo de ser acusado y encarcelado tras pasar por un simulacro de juicio en los recién creados tribunales antisomocistas populares. Por su parte la contra privó de todas las libertades a muchos de quienes tuvieron la desgracia de tener a algunos de sus grupos guerrilleros cerca, a través del terror generado por sus prácticas brutales y sus terribles represalias.
Para los comandantes “el sandinismo era Nicaragua. El sandinismo es la nación nicaragüense. No se puede ser nicaragüense y no ser sandinista”, ¡patria o muerte!. Para los líderes de la contra, los “luchadores de la libertad” como los consideraba la Casa Blanca, enseñados por sus entrenadores militares argentinos con experiencia en asesinatos y desapariciones, “todo lo que uno haga para destruir el marxismo es moral”
Si los revolucionarios sandinistas asesinaron a muchas personas y su ministerio de interior con Tomás Borge al frente fue el santuario del terror para la población nicaragüense durante años, la contra se sintió justificada para torturar, ejecutar y asesinar arbitrariamente en los territorios en los que incursionaba. Si el gobierno sandinista confiscó bienes y terrenos, fue lo que se denominó la “piñata” por la cual los comandantes se quedaron para su disfrute personal con las mejores propiedades de la oligarquía obligada al exilio, la contra se sintió justificada para saquear, quemar, envenenar cosechas, violar o destruir la infraestructura civil si bien, llegados a este punto, también hay que decir que en el combate su estrategia no fue la misma. Los sandinistas nunca apostaron por la extensión indiscriminada del terror en el frente y la guerra, y la contra sí. Los sandinistas siempre creyeron en la victoria final. Y los norteamericanos siempre supieron que la contra nunca alcanzaría el gobierno. En realidad, su objetivo siempre fue el de fomentar la agitación y la desestabilización nicaragüense, no el de ganar una guerra. Estados Unidos no fue sincero en su lucha apoyando a la contra. El gobierno sandinista de Nicaragua sí lo fue. Para Estados Unidos no contaba tanto la victoria como, por una parte, evitar hacer el mismo ridículo que hicieron en la Bahía de Cochinos cuando en 1962 tropas cubanas contrarrevolucionarias quisieron emular a Castro y fracasaron, y por otra, mantener una guerra sin bajas propias como supuso Vietnam. Para los sandinistas había que defender la revolución con la propia sangre, es decir, con la sangre del pueblo nicaragüense. Para Estados Unidos había que derrotar al comunismo, pero con la sangre de otro pueblo que no fuera el suyo, es decir, con la sangre del pueblo nicaragüense

militantes de la contra
Sin embargo, había algo en lo que sí estaban de acuerdo los dos bandos: que “la libertad no se conquista con flores sino a balazos”.
Doña Nora volvió a escuchar aquella tarde, como tantas otras, cómo se acercaba el camión de los cadáveres. Se le oía llegar desde que entraba en el pueblo por el cerro. Su calle era la menos empinada de las tres paralelas que unían el camino a Los Mogotes y la salida del pueblo. Ya nadie quería acercarse a aquella vieja casita de Los Mogotes en la que cocinó durante años para tantísimos niños. La contra había sembrado de minas la frontera. Los soldados sandinistas con sus detectores de metal iban desarmando las que encontraban en los caminos. Pero las del campo, ahí quedaban. La radio narraba testimonios de aquella abuelita o el otro niño que habían perdido sus piernas por una de aquellas dañinas minas. Y los muertos, como la mayor parte de aquellos pobres desgraciados que cada semana bajaban en el “camión de los muertos”, eran en su mayoría civiles. Lloraba nada más oírlo llegar pidiendo al cielo que ni su marido ni sus hijos estuvieran en él. Los cadáveres iban apilados como trozas de madera, perpendiculares al eje del camión. Y con los baches de su calle, el conductor no podía evitar el golpeteo de los cráneos entre sí y contra la superficie del remolque. Y doña Nora lloraba.
Lloraba como el día en el que vio muerto al hijo de Zacarías. Con dieciséis añitos lo mandaron a luchar al frente. Le dieron un fusil, un par de meses de entrenamiento en una escuela y tras ello al frente, sin casi comida, a la selva, a la primera fila de la guerra. Y allí tenían que sobrevivir al menos dos años. En la escuela tenían sus formadores cubanos, y al final acababan en alguno de aquellos batallones irregulares formados por ¡setecientos niños! Y tanto que eran irregulares, porque los sandinistas muy mucho se cuidaban de mandar al frente a los regulares, el ejército formado por quienes verdaderamente sabían luchar, y que se mantenían en reserva para defender Managua y otras ciudades en caso de ataque norteamericano. Mandaban a los niños a morir al campo. Así salían tantos chavalos, porque también eran niños, que antes de que les reclutaran los sandinistas, se iban con la resistencia. Al pobre niño de Zacarías se lo habían llevado como si fuera una mascota. Le pusieron una radio de comunicación, y ahora bajaba en uno de aquellos camiones.
Doña Nora volvió una y otra vez a llorar desconsolada porque prácticamente le tocó ver los más de seiscientos muertos, a veces de un bando y a veces de otro, pero las más, de gente inocente de las comunidades aledañas, que pasaron en el camión de los cadáveres delante de su casa.
Óscar Arias fue un presidente atípico de un país tradicionalmente vinculado a Estados Unidos, que cuando ganó las elecciones en 1986 decidió contra todo pronóstico político que el tiempo de la guerra de su vecina Nicaragua había llegado a su fin. A diferencia de casi todos los gobernantes centroamericanos, el presidente de Costa Rica no se había formado en Estados Unidos como era tradición en las familias pudientes costarricenses, sino en Inglaterra, y en concreto en Oxford, lo que le permitió ser un gobernante que no participara de la sumisión implícita en la clase política latinoamericana de considerar su tierra como el “patio trasero de los Estados Unidos”i sin caer por ello en la ola revolucionaria comunista.

Oscar Arias, expresidente de Costa Rica
Y para acabar con una más de las guerras que habían asolado a Centroamérica desde hacía ciento cincuenta años, Óscar Arias ingenió un plan para que, entre otras cosas, su país, Costa Rica, situado al sur de la tierra nicaragüense abiertamente contraria a la supremacía estadounidense en la zona y al norte de Panamá, plegado a ella, pudiera ser un a semilla de paz para todos. Su tierra se definía neutral y cuando salió elegido presidente en 1986 era la única nación de Centroamérica que no se encontraba en situación de violencia o directamente de conflicto. Esto no quitaba que muchos ticos tuvieran miedo de que el conflicto de su vecina Nicaragua se extendiera a su pacífica tierra. De hecho, cuando Arias llegó a la presidencia, el gobierno trabajaba con la CIA, y había creado y sustentado las bases rebeldes del Frente Sur. A diferencia del gobierno del presidente Carazo entre el 78 y el 82 más izquierdista, que permitió a los sandinistas operar en el norte del país contra las fuerzas de Somoza, en la siguiente legislatura de 1982-1986, más derechista, su sucesor, el presidente Monge, de posturas anticomunistas, permitió a la Contra operar en suelo tico. Óscar Arias quería ser neutral de verdad, apagar los fuegos de Centroamérica y lograr la paz. Pero ¿cómo lograrlo desde un país desmilitarizado cuyo presupuesto nacional dependiendo del vecino “gringo”? Lo primero fue desarmar y arrestar a los sospechosos de formar parte de la contra y prohibir a sus líderes la entrada en el país. Lo siguiente, cerrar la pista de aterrizaje de santa Elena que Estados Unidos había creado “para ser utilizada por los contrarrevolucionarios en caso de una invasión de Costa Rica por Nicaragua”, y que obviamente era la fuente de aprovisionamiento del Comando Sur de la contra. Y, por si fuera poco, la comisión parlamentaria recomendó que se le impidiera el ingreso a Costa Rica a Oliver North, el promotor de la guerra y el Irán Gate: “Arias no tendrá ni cinco céntimos de los ochenta millones de ayuda al desarrollo prometidos” fue la repuesta del teniente coronel americano. Pero aquello solo fue el principio de la iniciativa de Arias. Él tenía claro que no quería un gobierno sandinista intolerante y dictatorial en su vecino del norte, pero también que por cada dólar que los Estados Unidos daban a la contra, Ortega obtenía la misma cantidad o más de los soviéticos. Y escalar el tamaño del conflicto solo traería inestabilidad a su país. Al comunismo —decía— no se le derrota con armas, sino con libertad de prensa. Costa Rica debía ser amiga de Estados Unidos, pero, como Arias explicó: “La amistad no puede significar ser servil. Un amigo que hace lo que tú quieres no es un amigo sino un esclavo [...] y las grandes democracias como Estados Unidos no castigan a otras democracias”. Una vez lograda la neutralidad, había que dar un paso aún más audaz.
Arias convocó a los presidentes de Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua a una cumbre de paz. Proponía que cada uno de los gobiernos negociara con su insurgencia un alto el fuego y un compromiso para celebrar elecciones libres: democracia a cambio de alto el fuego. Por otra parte, los países celebrantes en su conjunto pedirían que se cortara toda ayuda exterior a las guerrillas. Recabó todos los apoyos que pudo en Europa y entre los demócratas norteamericanos. A los republicanos no le iba a gustar su iniciativa, pero la primera reunión fue convocada en Esquipulas, Guatemala, en mayo de 1987, si bien acabó con buenas intenciones y poco más. Pero Arias perseveró, y en agosto del mismo año los cinco líderes se reunieron de nuevo en el hotel Camino Real de Guatemala. Tras horas de intensa negociación, los máximos dirigentes de los países del istmo sugirieron bajar al comedor a cenar, pero Arias se negó. Y su obstinación exigiendo que en lugar de bajar subieran la cena le haría merecedor del premio Nobel de la Paz por todo cuanto sucedió a continuación.
Nadie saldría del cuarto hasta alcanzar un acuerdo. Aislados de sus generales y colaboradores más cercanos, los presidentes no tardaron más de una noche de incomodidad en cerrar un acuerdo que acababa con el dolor y el hambre de sus pueblos tantas veces más intenso que el de sus presidentes aislados aquella noche. El 7 de agosto Centroamérica se despertó con la noticia del acuerdo alcanzado durante la noche. Los cinco presidentes comparecieron en el palacio presidencial de Guatemala anunciando que habían acordado llevar la paz a sus tierras aparcando sus diferencias y, posteriormente, el acuerdo fue bendecido en la catedral de Guatemala en una misa de acción de gracias.

Acuerdo de Esquipulas
El acuerdo de paz comprometía a cada gobierno a promover un “auténtico proceso democrático pluralista y participativo” en su país. En adelante se permitiría la total libertad de prensa, así como la libertad de participación de partidos políticos celebrando elecciones bajo el auspicio de las Naciones Unidas y la Organización de los Estados Americanos. Cada país crearía una “comisión nacional para la reconciliación” formada por cuatro miembros, un representante del gobierno, un líder de la oposición, un obispo católico y una figura elegida por el presidente, y volverían a ser respetadas en su integridad todas las garantías constitucionales. A cambio, los cinco países se comprometían a prohibir la presencia de fuerzas irregulares pidiendo “a los gobiernos en la región y fuera de ella que cesaran en su apoyo militar y logístico a cualquier tipo de movimientos insurreccionales” en sus territorios, que, leído más allá de la dialéctica diplomática, claramente exigía a Estados Unidos que dejara de apoyar a la contra. Decenas de miles de muertos después, el gobierno sandinista permitía reabrir en octubre del mismo año el diario opositor La Prensa y la radio católica. En 1988, declaraba un alto el fuego unilateral en las tres zonas principales de concentración de la contra y empezaba a aceptar la posibilidad de celebrar unas elecciones libres. Por su parte, a Reagan no le quedó más remedio que abandonar su postura belicista y ceder cuando la cámara de representantes estadounidense rechazó finalmente cualquier tipo de ayuda para la contra, al tiempo que el presidente de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, en plena perestroika, aunque seguiría proveyendo de cohetes al régimen, instaba al presidente Ortega a sentarse a negociar. Y Fidel Castro desde Cuba, en el Olimpo de los revolucionarios y pensando que con su maniobra acababan con la contra, forzó a la disidencia sandinista más belicosa liderada por Tomás Borge a asumir los acuerdos firmados por Ortega.
Así llegó la paz, la estabilidad y la seguridad regional a Nicaragua… que desgraciadamente la ha vuelto a perder… pero eso es otra historia.
Extraído de la novela histórica ganadora del premio Didaskalos 2023 “Hasta que el diablo descanse: Historia de dos revoluciones” escrito por Pablo Martínez de Anguita.
i Esta triste expresión fue “oficializada” por el secretario de estado John Kerry en el siglo XXI en el discurso de 17 de abril de 2013 ante el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes. Kerry consideró a los países latinoamericanos como su “patio trasero” y añadió que planeaba cambiar la actitud de algunas de estas naciones. En realidad, había nacido casi dos siglos antes, en concreto a partir de la doctrina Monroe.





