Carta a un joven frustrado y “cabreado”

Nada resulta más importante que enseñar a un joven a entender y responder al deseo por la verdad

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Querido amigo:

La juventud es tiempo privilegiado para la búsqueda y el encuentro con la verdad. Como dijo Platón: "Busca la verdad mientras eres joven, pues si no lo haces, después se te escapará de entre las manos" (Parménides, 135d) (1). Recuerdo nítidamente estas palabras en un encuentro que tuve como profesor universitario con el papa Benedicto XVI hace ya más de diez años. Han constituido una guía en mi vida como profesor. Nada resulta más importante que enseñar a un joven a entender y responder a este deseo por la verdad. Nada se corresponde más con la naturaleza profunda, aunque a veces esté dormida, de un joven que este deseo por la verdad, porque en un joven la vida está aún por recorrer. Como todavía lo está la tuya.

Pero llega una edad en el que los tallos verdes de la joven planta se impregnan de lignina, -has de disculpar que mi profesión forestal también lo impregne todo-, y entonces lo que era un tallo verde, frágil y flexible se vuelve madera dura rodeada de una corteza rugosa que no permite que le lleguen infecciones ni afecciones del exterior. Entonces ese antiguo tallo verde se convierte en un tronco “petrificado”, protegido a la vez que aislado... Y, si el tallo verde no creció hacia la luz, el tronco duro tampoco lo hará ahora, sino que dará sus ramas a ras de tierra donde la luz no llega a brillar y los jabalíes y los ciervos se comerán sus hojas. El tallo joven que no crece se convierte en tronco duro de hojas rastreras y “cabreadas”, una expresión española que significa, mal humor, y que nace precisamente de aquellas hojas que tornan sus aristas en espinas de la encina (Quercus Ilex rotundifolia) por no haber podido crecer, y quedan expuestas a las cabras que día sí y día también las mordisquean. Una encina cabreada, rastrera (pues no crecen mucho) es un árbol que apenas vive para defenderse en lugar de hacerlo para dar buen cobijo y ricos frutos, para ser todo lo que hubiera podido haber sido. No dejes llevarte por quienes te inviten a vivir “cabreado” como forma de justicia social o personal. Las circunstancias que rodean tu vida quizá te las pueden imponer los demás, pero la actitud con la que la enfrentes es solo tuya.

Siete son las principales emociones que explican y justifican los comportamientos de los mamíferos, personas incluidas (2): “Curiosidad” que es el impulso básico que te impele a que cada cosa por si sola y todas en su totalidad tengan un sentido, la “rabia”, quizá surgida en la evolución animal como respuesta necesaria para liberarse de las garras de un predador, el “temor” que permite la huida y la supervivencia ante el peligro, el “pánico”, surgido quizá del regulación del dolor que se inicia con la separación de la madre (“duele separarnos de alguien a quien amamos”) , el “deseo sexual” sin el cual no continua la vida, el “afecto” que procede del cariño y la ternura materna y el “juego”, ese misterio aun sin desvelar que sintetiza las anteriores y produce la alegría de vivir. En este último me quiero detener, porque como Platón también menciona en su Parménides, la filosofía es un “juego serio” (137b). Pero no solo la filosofía, la vida misma es “esencialmente exponerse: es un juego serio. La vida se juega, se la juega para conservarse, pero más aún se conserva para jugársela” (3). La condición de viviente es esencialmente un “bello riesgo que correr” (Platón, Fedón, 114d). La vida es misión (4), la vida es lo que se expone en una esencial gratuidad, la vida es el coraje de cantar de nuevo, porque “cuando el pájaro canta, esto le sirve para la reproducción, y para marcar su territorio, pero no canta para conservarse, se conserva para cantar, para que siga habiendo, durante un cierto tiempo, en la tierra, el don melódico del mirlo o del zorzal” (5).

Quizá me repliques que la tristeza y la nostalgia son también emociones principales, pero yo creo que no. Porque las siete primeras emociones parten del mero hecho de empezar a vivir, y estas dos últimas del dolor de la pérdida de algo en la vida, (o del descubrimiento de que la promesa que la vida encierra parece no cumplirse como uno querría). La nostalgia y la tristeza verdaderas son emociones que nos ayudan a reencontrarnos con la verdad, porque nuestra mente nos puede engañar con pasatiempos o con las emociones truncada en pasiones – por ejemplo cuando la rabia te “ciega” -, pero algo en el interior del corazón emite esa tristeza que nos hace parar y recomenzar para recomponernos o reorientarnos o tomar decisiones de cualquier tipo, por eso no son tan primarias, y por eso no son emociones de las que hacen crecer el tallo verde, sino de las que a veces pueden reorientarlo antes de que se convierta en una madera inmóvil. Bien es verdad que, en algunas pocas especies (el pino canario es un maravilloso ejemplo) hay yemas que brotan del tronco aparentemente seco tras un incendio. A esa esperanza quiero aferrarme, pues la nostalgia es como una de esas yemas adventicias gracias a la cual, a veces, la vida da segundas oportunidades a algunas especies de árboles en las que años después de que el tallo se haya convertido en un tronco duro y reseco, y surgen como un milagro. Y estas "yemas dormidas", nacidas de los antiguos tallos verdes, y que quedaron almacenadas en su momento en lugar de florecer pueden llegar a salir de un tronco rastrero e incluso tocar el cielo en ocasiones.

La madurez humana -querido joven- consiste en llegar a comportarte sabiendo modular estas siete emociones, sin que una anule a las demás. El hombre sabio es el que controla sus pasiones para ponerlas en relación. De hecho, el más profundo sentido de la ética, de lo que está bien y lo que está mal está siempre en relación no con lo que juzgamos con nuestro pequeño criterio derivado de alguna emoción básica y primera, sino con nuestra capacidad de ponerla en relación con el resto de la realidad para poder entender esa relación del hecho con nuestro destino, con la grandeza de nuestro destino. Este salir de la emoción primaria básica como universo de juicio es el inicio del perdón que tanto necesitamos dar como recibir. “Mira, ¿qué es lo más importante de tu vida? Tu destino. ¿Qué es lo más importante de mi vida? Mi destino. Si tu destino y el mío son lo mismo, vivimos lo mismo. Esto es la comunión, es la unidad entre los hombres: aquello que es imposible, que se vuelve tan real que llega a ser la ley moral; la única ley moral es la unidad, o la caridad”1(6).

Querido amigo, te queda poco tiempo de juventud, de rama verde. Yo quisiera gritarte una y mil veces que estas a punto de perder también tu vida adulta, -en breve serás un tronco duro sin flexibilidad, porque estás a punto de abandonar la búsqueda inocentemente apasionada del significado de tu vida, y sustituyéndola por las certezas que te ha dado tu dolor, y por ello, tu amargura está a punto “lignificarse” para siempre. Yo hubiera querido poderte enseñar lo que he aprendido sobre la vida. De hecho, me hubiera gustado transmitirte mi conocimiento, mi ilusión, mi curiosidad y mis ganas de vivir para hacer un mundo mejor. Te voy a echar de menos en esta aventura, que mucho me temo voy a recorrer sin ti, pues tu rencor, lo que tú llamas justicia, y yo lo leo como venganza guiada por la rabia que te guía en tu vida, no va a dejarte vivir ahora que eres un tallo verde, y menos aun cuando seas un tronco.

Puedes vivir para dar sombra y fruto en el futuro, o quedarte lamentando las podas del pasado. Todos – o casi todos -, hemos pasado por pruebas que no querríamos que nadie pasara… El camino para crecer es estrecho y duro. Ni el perdón es inmediato, ni la humildad que requiere el aprender a vivir de nuevo es sencilla, no te lo voy a negar, pues el camino que puedo proponerte es duro, pasa por la pobreza de corazón y la sencillez, por ponerte en manos de Dios sin pretensiones con las que la vista se te nuble y pierdas el horizonte de la verdad. Pero no te está vedado. Busca compañías que amen tu destino más de lo que tú mismo eres ahora capaz de hacerlo. Si algún día cambias de emoción y abandonas la rabia como tu guía, y esta carta vuelve a caer en tus manos, y entonces como persona madura algo te llama la atención, y como a un pino canario, te vuelve a hacer cosquillas alguna yema milagrosa todavía no quemada dentro de ti, y quieres recorrerlo, espero estar aun aquí.

Mi amistad y mi cariño hacia ti siempre han estado al servicio de ayudarte a entender la vida. Hoy te veo cegado por la rabia y no me quedan muchas esperanzas humanas de que ahora puedas llegar a vivir con plenitud ese "juego serio" que es la vida dado el camino oscuro que, como Darth Vader, has elegido: Rezo a diario por un cambio en tu alma con la esperanza futura de que un milagro, ya sea el propio tiempo o los acontecimientos de tu futura vida - que aún es una rama tierna -, pero que pronto será un tronco reseco, permitan que alguna yema adventicia vuelva a abrirse paso entre tu corteza y te haga de nuevo desear la luz, perdonar y volver a jugar tu vida. Con cariño.

(1): Discurso de Benedicto XVI en el encuentro con los profesores universitarios en El Escorial (19.08.11)

(2): Temple Grandin, 2009. Animals make us humans. Houghton Mifflin Harcourt. Boston.

(3): Fabrice Hadjadj. “Nos jugamos la vida. El alma de Europa” Mutua madrileña 2 de abril de 2024.

(4): Xavier Zubiri, Naturaleza, historia, Dios, Madrid, 1999, p. 427.

(5): Hadjadj. (ibidem)

(6): Luigi Giussani. ¿Qué es el cristianismo? Apuntes de una Conversación de Luigi Giussani con un grupo de estudiantes universitarios. Chiesa Valmalenco, 31 de agosto de 1978

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