Un derrumbe en una mina de coltán fundamental para la producción de smartphones, se cobra la vida de cientos de personas y varios niños

La mina de Rubaya, situada en la provincia de Kivu, escenario de la guerra entre el ejército de la República Democrática del Congo y los rebeldes del M-23 apoyados por Ruanda, ha sido el lugar de la desgracia

La mina de Rubaya

La mina de Rubaya

Rodrigo Simón Rey

Madrid - Publicado el

4 min lectura

Vistas desde las alturas, las minas de coltán de Rubaya, parecen una curiosa formación geológica, llena de agujeros, de poros, por donde respira la tierra. Puede parecer casi romántico mirarlo desde arriba, hay cierta belleza en esa concatenación de agujeros y en esa mezcla de colores terrosos, con el verde de la intermitente vegetación y el blanco de los toldos y las lonas que se xtienden por el lugar. La belleza, cualquier sensación positiva, de hecho; se desvanece cuando miras más de cerca y descubres cientos de personas, también decenas de niños que se meten, bajo los toldos y las lonas, en esos agujeros, en condiciones insalubres, con una situación laboral que raya en la esclavitud, para buscar el coltán, el mineral que se utiliza para fabricar todo tipo de aparatos tecnológicos que usamos en nuestro día a día, entre ellos el más importante, el teléfono móvil que ocupa horas de nuestra actividad diaria.

El congo, condenado por su riqueza

Rubaya es una ciudad de la República Democrática del Congo. El país centroafricano es el segundo país más grande de África, solo por detrás de Argelia, es uno de los más poblados con casi 100 millones y tiene una de las reservas más ricas del mundo en recursos naturales. Diamantes, oro, cobalto y el mencionado coltán inundan la orografía congoleña. Es el principal productor de cobalto del mundo, acumulando más de la mitad de todas las reservas del mundo. Y lo mismo ocurre con el coltán, del que tienen más del 80% del que existe en este planeta. 

En total, sus reservas de minerales sin extraer equivalen a algo más de 25 billones de euros, es decir, 25 veces el PIB de España. Una riqueza que parecería una bendición y que en realidad es la condena del país. Desde que se deshicieron del control belga, una de las colonizaciones más sangrientas, crueles y devastadoras para los nativos, sus minerales han sido el anhelo de sus codiciosos vecinos y de múltiples agentes extranjeros que no han dudado en recurrir a la violencia y a la guerra para expoliar el país

Rubaya, escenario de guerra

Así, la guerra parece un escenario eterno en la vida de los congoleños, especialmente en las orillas del Lago Kivu, donde se encuentran gran parte de las minas de coltán y, en concreto, las de Rubaya, las más importantes del país. Es la zona de influencia de la insurgencia rebelde, del M-23, un grupo armado, presuntamente financiado por Ruanda, que controla, después de una ofensiva lanzada en el año 2024, que se ha extendido hasta hoy. Rubaya es todo un escenario de guerra, lógicamente, por el gran valor estratégico que tiene. No hay más que ver un mapa para observar cómo está completamente rodeada de las principales ciudades en las que se han producido enfrentamientos armados entre el M-23 y el ejército congoleño.

La mina de Rubaya

Elaboración propia

La mina de Rubaya, escenario de guerra

Por si hacía falta algo más, las minas de Rubaya son el ejemplo de la explotación laboral que se extiende en las minas congoleñas. De hecho, no sería exagerado hablar de esclavitud. Los niños se mezclan con los mayores sin distinción, de hecho, gracias a su tamaño son los encargados de alcanzar los lugares más inaccesibles. En Rubaya, el coltán se recoge a mano, sin maquinaria, sin infraestructura y, por supuesto, sin ninguna medida de seguridad o de protección para los trabajadores, que desarrollan graves enfermedades respiratorias y de todo tipo por los efluvios tóxicos que se ven obligados a respirar mientras trabajan. En muchas ocasiones, su empleador es un corrupto, cuando no directamente un criminal o un terrorista

La enésima tragedia

Como se ve en las imágenes aéreas, la tierra está agujereada, como si fuera un queso gruyere y con una profundidad que puede alcanzar hasta los 15 metros. Eso supone que, sin ningún tipo de estructura que sustente los túneles, en una latitud en la que las lluvias no solo son frecuentes, sino también abundantes, los deslizamientos de tierra ocurren sin parar.

Es una situación que se ha vuelto a repetir en las últimas horas, un deslizamiento de tierra ha acabado con la vida de al menos 200 personas, hay quien dice que, realmente, son más de 400. Entre ellos, al menos 70 niños que, como se ha dicho, son los encargados de introducirse en los túneles más angostos, profundos y, por tanto, peligrosos. No hace ni dos meses, otro derrumbes, atrapaba fatalmente a otros 200 trabajadores en el mismo escenario. La situación supone un auténtico problema, por no hablar del dilema ético para el llamado primer mundo, destino final de ese coltán que se encuentra en cada uno de nuestros teléfonos móviles.

Un niño trabaja en una mina de República Democrática del Congo, sujetando una pala más grande que él mismo

Un niño trabaja en una mina de República Democrática del Congo, sujetando una pala más grande que él mismo

 Aquí, en Europa, una Comisión de la Unión, quiso poner el foco en este problema, rechazando el comercio en Europa de minerales manchados por este tipo de prácticas inhumanas. Ni que decir tiene que hecha la ley, hecha la trampa, el mercadeo, contrabando y el paso de esos minerales por otros países, la opacidad de su origen y el trilerismo provocan que la dependencia que tiene el mundo de ese mineral, obligue a hacer la vista gorda. Mientras tanto, los trabajadores de la mina mueren por cientos, cuando no comprometen grave y crónicamente su salud.

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