Un futbolín, un cine y una vida entregada a la Iglesia. Vuelve a ver "Eméritos" con Mons. Javier Martínez

El arzobispo emérito de Granada, Javier Martínez, recorre junto a Isidro Catela sus años de servicio a la Iglesia: "Nada puede arrancar el secreto de nuestra alegría"

Pablo Rivas Cardona

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La segunda temporada de “Eméritos, un camino de fe” comienza con Javier Martínez, arzobispo emérito de Granada, como protagonista. El periodista Isidro Catela viaja a Granada para encontrarse con quien también fuera obispo auxiliar de Madrid y obispo titular de Córdoba.

En Granada, Javier Martínez ha estado al frente de la archidiócesis veinte años. Una Iglesia, la que peregrina en esta ciudad que reconoce como viva: “La gente me dice muchas veces que es una ciudad preciosa y es así pero el pueblo cristiano de Granada es mucho más bello. La iglesia en Granada es una Iglesia viva. Me he sentido siempre parte del pueblo cristiano. Y tratas que tu vida sea un regalo para ese pueblo. Sé que estoy en una etapa más bien ultima de la vida y estoy seguro que lo que viene es mucho mejor que lo que he tenido”.

Javier Martínez lleva poco más de un año como arzobispo emérito de Granada, una nueva etapa en su vida que poco a poco va descubriendo: “Tendré que averiguar cómo vive un emérito. Yo he vivido siempre muy contento por lo tanto son las circunstancias las que cambian pero uno vive de la misma manera en unas o en otras porque el Señor siempre está presente en la vida. Puede haber muchas tormentas en la superficie del mar pero el fondo está sereno porque está el Señor y eso hace la vida siempre apasionante y preciosa. Es como si volviera a ser cura. Por las tardes me bajo a confesar en una parroquia cercana. Es una gozada. Jesús ha venido para comunicarnos la vida y para que nuestra alegría llegue a plenitud. Un pastor es un servidor de la alegría de los hombres”.

En su conversación con Isidro Catela, Javier Martínez aborda algunos de los problemas y retos de la sociedad actual. Un mundo que necesita como respuesta a Jesucristo: “La respuesta para la inquietud del ser humano es Jesucristo y por Él vale la pena vivir porque uno puedo vivir contento. Esa alergia se ha mantenido en mi pobre vida. Él siempre es fiel. La libertad se ha convertido en una especie de Dios. Es uno de los rasgos que nos hace imagen de Dios pero quería subrayar que para poder ser libre verdaderamente de nuevo hacía falta Jesucristo. La mentira está consagrada como una virtud social. Basta que haya intereses suficientemente grandes para que sea lícito mentir. Pero hablar de mentira todavía supone un reconocimiento de que haces referencia a la verdad. El hombre contemporáneo ya no tiene categorías para distinguir la verdad de la mentira. El 'yo' queda vacío y descontento con este mundo. Uno no sabe cual es su eventual medicina a menos que haya encontrado un haz de luz en algún punto que es Jesucristo”.

El arzobispo emérito de Granada ha recordado como nació su vocación: “Mi madre fue pastora en una aldea de Asturias. Emigró con 17 años a Madrid a servir como se decía en aquel momento. Mi padre se vino a trabajar a una carbonería. Recuerdo una infancia bonita en el barrio de Arguelles. Tuve dos maestras excelentes que recuerdo perfectamente y que las senté junto a mi madre en la ordenación episcopal. Ellas no se acordaban de mi pero yo sí de ellas. Jugábamos al fútbol en las calles de Arguelles. Al lado de la tienda que tenían mis padres en Arguelles había una taberna donde había un futbolín. Había que pagar por jugar y el ambiente de una taberna no es el mejor para que unos niños crezcan y no nos dejaban entrar allí. El día que me enteré que en el salón parroquial del Cristo de la Victoria había también un futbolín y allí mis padres no ponían ningún problema, empecé a ir por la parroquia. Nos hicimos sin darnos cuenta aspirantes de Acción Católica. Un día apareció por allí un seminarista y explicó lo que era un seminarista. Yo que me lo estaba pasando muy bien en la parroquia fui a mi casa diciendo que me iba al seminario. Mi padre me dijo que no y eso me fortaleció en mi decisión”.

Estos últimos años Javier Martínez se ha recuperado de un accidente, de una operación de columna y de una rotura de cadera. Mira al futuro con la esperanza de un cristiano que se siente amado por Cristo: “Todo lo bello y bueno y verdadero que ha habido en esta vida nuestra no está condenado a desaparecer. La vida eterna empieza ya aquí, lo único que tenemos hacienda y tenemos la seguridad social y nos duelen los huesos… Cuando uno conoce el amor de Jesucristo nada puede arrancar el secreto de nuestra alegría. La vida eterna está ya aquí. Lo que le pedimos al Señor es que la muerte no tenga la última palabra sobre todo lo bello que hemos conocido en esta vida. Espero que los brazos abiertos en la cruz del Señor abracen a todos los hombres. Y si faltara alguien no sé yo si aquello podría ser el cielo. Yo no quiero que nos falte nadie. El hijo De Dios se ha abrazado a toda la humanidad entera”.

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