El vídeo testimonio viral de conversión de una enfermera abortista de Bilbao en el Himalaya

María cuenta en su testimonio de conversión que pasó de ser abortista a llorar 3 horas con la frente en el suelo en una pequeña capilla del Himalaya

El vídeo testimonio viral de conversión de una enfermera abortista de Bilbao en el Himalaya

 

Pablo Valentín-Gamazo
@pabblovg

Redactor cope.es

Redacción religión

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 17 oct 2019

María Martínez López habla emocionada de su conversión, de su encuentro con Cristo. Esta enfermera vivió la experiencia de la misericordia de Dios con las Hermanas de la Caridad de Santa Teresa de Calcuta en Nepal. A sus 45 años, sonríe como una niña pequeña. Esa sonrisa se mantiene en su cara durante su testimonio. La presentación de quién era ella antes de su conversión deja al auditorio - y a cualquiera que lo escuche- sin palabras. Para ella son "cuatro cosas". 

Esas cuatro cosas se resumen en que "estuve a punto de apostatar, perseguía a los cristianos, fui lo más anticlerical que se podía ser, profeminista, proaborto, prodivorcio, pro-bormas de todo lo que tuviese que ver con la Iglesia católica". Casi nada.  "Estas manos que véis aquí, que ahora las ha lavado la Sangre del Cordero, hubo un tiempo que estuvieron manchadas de sangre de inocentes"

"¿Quieres seguir trabajando aquí? Pues son coágulos"

María trabajaba en una clínica abortista. Ella estaba allí como enfermera en las prácticas de los abortos. Extiende las manos para hablar de ellas como las manos que habían asesinado a inocentes. También, su mano era "lo único humano" que sostenían las mujeres que iban a abortar.

Sigue sonriendo, pero de paz. Por eso, hay que escuchar su historia entera. Otro de los momentos que ella rescata en su testimonio es el de un arrepentimiento. "Muchas mujeres, en estado de shock, creían que no habíamos realizado el aborto, y me pedían volver a su casa y que no les practicaran el aborto". Sin embargo, ya estaba hecho. 

En una ocasión, vio un pie de un bebe abortado en la papelera. Claro, en la clínica decían que eran "coágulos".  Para salir de dudas, lo consultó con una compañera. "Eso es un pie", le dijo. "¿Quieres seguir en este trabajo?", preguntó.  "Sí", contestó.  "Pues entonces eso es un coágulo", zanjó su compañera. 

Esa era la vida de esta mujer que no cesa de sonreír y a la que le brillan los ojos.  

Una petición de ayuda desde Nepal...para ella 

Su vida dio un vuelco cuando sonó el teléfono. Al otro lado, un guía nepalí con el que ella había compartido un viaje por las montañas de AsiaLa necesitaban. El terremoto que había asolado el país requería de personal sanitario, de complexión fuerte, para poder cargar con materiales médicos para atender a los heridos y damnificados. 

Ella llegó allí como budista: "Es más fácil creerte el budismo o el hinduismo que a Cristo". En esos momentos, el monzón les deja bloqueados en Katmandú, la capital de Nepal. Por eso, se dedica a conocer la zona.  

Yo odiaba a Madre Teresa

Visita el templo crematorio donde los hinduistas y budistas queman en piras al aire libre a sus familiares. En esas idas y venidas, también escuchaba gemidos y llantos de una casa más pequeña. Se enteró de que allí sólo accedían las hermanas de Madre Teresa, que atendían a los más pobres de los pobres que estaban agonizando. "Yo de Madre Teresa no quería saber nada. La odiaba"

No obstante, ellas fueron a su encuentro. En un cruce de calles, "el más caótico"- como recuerda - le agarraron del brazo y le decían que tenía que ir a un sitio. Lo hacían en inglés. Ella les insistió en que no tenía, ni quería, tener nada que ver con ellas. "Sin embargo, esa noche no podía dormir. Desperté a mi guía a las 4:30 de la mañana y le dije que teníamos que ir a "ese sitio"

"Bienvenida a casa. Cuánto has tardado en amarme"

Al abrirle la puerta de la casa, le sorprendió la misma hermana que le había tomado del brazo y le dijo: "Ya era hora, ¿eh?". Al día siguiente, asistió a Misa con las nueve hermanitas en una capilla humilde.

Sintió en su corazón que Jesús le hablaba: "Bienvenida a casa. Cuánto has tardado en amarme". Entonces, puso la frente en el suelo y se echó a llorar. Lloraba de amargura, pero también de felicidad: "Estaba experimentando la misericordia de Dios", sintió que le decía la gran Cruz al lado del altar. Estuvo así...¡3 horas!, con las Hermanas de la Caridad rezando por ella a su lado. Se levantó siendo otra persona. El resto, sólo lo puede contar ella. 

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