Verdades incómodas y mentiras demasiado cómodas

Mayor Oreja nos exhorta a plantar cara al universo líquido de lo políticamente correcto

Teresa Lapuerta

Teresa Lapuerta

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 00:35

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El exministro del Interior, antiguo eurodiputado y actual presidente de la Fundación Valores y Sociedad, Jaime Mayor Oreja, pasó por el Seminario de Valladolid para hablarnos del relativismo moral y la crisis de valores en que estamos inmersos y, aunque a los periodistas nos advirtió de que ya no está en política y prefería eludir la cuestión, no pude evitar formularle una pregunta en esta precampaña electoral: “¿Por qué ya no hay políticos demócrata-cristianos como los de la Transición, los que tuvimos en primeros decenios de nuestra democracia… o como usted mismo? Y si los hay, ¿por qué se callan?”.

“Hay una cultura dominante en Europa y en España –me contestó– que consiste en crear un nuevo orden mundial que se fundamenta en la erradicación, destrucción y reemplazo de los valores cristianos europeos. Es una moda dominante, cultural, mediática y política”. Es decir, que a los cristianos, en la calle, en los bares y también en los partidos políticos y programas electorales, la cultura dominante nos está haciendo callar. Y lo peor del caso es que nos dejamos, porque tenemos un miedo reverencial a opinar de manera diferente.

“Además, hoy, más allá de las siglas –continuó explicándome Jaime Mayor- vivimos en una cultura que se fundamenta en la comodidad, y que nos lleva a una pérdida constante de referencias. Estamos dejando de creer, en todos los sentidos, no solo en el trascendente”. Es decir, primero nos ponemos de perfil ante esa dictadura blanda de lo políticamente correcto que tanto nos intimida y, poco a poco, nos hacemos comodones. Nos vamos dejando arrastrar por la crisis de valores hasta sumergirnos en ese desorden de la mentira, que se hace fuerte siempre que se destruye un cierto orden.

El problema no está en los políticos, está en el individuo. La crisis está mal diagnosticada, no es ni económica ni exclusivamente financiera; es cultural, de civilización, de la familia, de la nacionalidad… y ha llegado a la sociedad europea para quedarse.

Este es el mensaje algo pesimista de quien, sin embargo, se declara un optimista, porque reconoce que el individuo y en especial el católico puede hacer frente a ese universo líquido con la verdad, “aunque mientras la mentira se propaga, la verdad hay que buscarla y defenderla”. Los cristianos estamos obligados a abanderar la resistencia y la no resignación, a tener confianza en nuestras convicciones, en lo que nos enseñaron nuestros padres. Debemos expresar lo que sentimos y creemos (no podemos encerrar nuestra fe en nuestra casa), porque tenemos una obligación con la verdad y con la razón, con la familia, “la primera institución verdadera”, con la naturaleza humana, con el prójimo, con la defensa de la vida y con Dios.

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