La victoria sobre la muerte

La victoria sobre la muerte

Agencia SIC

Publicado el - Actualizado

3 min lectura

Mons. Celso Morga Queridos fieles, Hemos iniciado el mes de noviembre celebrando, con mucha alegría, la fiesta -¡tan entrañable!- de Todos los Santos y, al día siguiente, hemos celebrado la Conmemoración de todos los fieles difuntos, día que, tradicionalmente, la Iglesia dedica a una oración más intensa, ante el Señor, por nuestros hermanos difuntos, que nos precedieron con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz, en la esperanza de la resurrección; y no sólo por ellos, sino también por todos los difuntos desde el principio del mundo, cuya fe solo Dios conoce, para que purificados de toda mancha de pecado y asociados a los ciudadanos del cielo puedan gozar de la visión de la felicidad eterna. Así dice el Martirologio Romano para esta conmemoración de todos los fieles difuntos. Esta oración de sufragio por los difuntos, también por tradición eclesial, se suele prolongar durante

todo este mes de noviembre.

a nuestra revista Iglesia en camino publicó, en su numero anterior, un extenso artículo con una doctrina clara sobre lo que celebramos estos dos días;en contraste con esta fiesta y conmemoración cristiana,nuestra revista también publicaba un recuadro clarificador sobre el origen y significado de"Halloween".

Ante la muerte y las verdades últimas de nuestra fe, san Pablo nos recomienda consolarnos y darnos esperanza con palabras de fe. Como nos enseña el Concilio Vaticano II, ante la muerte, "el enigma de la condición humana alcanza su culmen". Ante el dolor y el temor por la progresiva disolución del cuerpo, nos viene al encuentro aquella convicción de la liturgia cristiana -¡tan humana y, a la vez, tan

llena de esperanza!- de que, aunque la muerte nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad porque "la vida de los que en Ti creemos,

Señor, no termina, se trasforma y al deshacerse nuestra morada terrenal adquirimos una mansión eterna en el cielo" (prefacio de la misa de difuntos).

Esta convicción de fe, que con tanta seguridad proclama la liturgia de la Iglesia se basa en toda la Revelación divina tanto del Antiguo como, sobre todo, del Nuevo Testamento: todo confluye en la persona adorable de nuestro Redentor, muerto y resucitado para nuestra salvación eterna. En la fuerza de sus palabras, confirmadas por su resurrección, encontramos los cristianos la segura esperanza de la

victoria sobre la muerte. Nuestro Señor no nos engaña nunca pero mucho menos en una cuestión tan importante y decisiva. Podemos fiarnos plenamente de Él. Nadie "se quiere dejar engañar" sobre este asunto y Él, con su resurrección, nos ha dado la garantía de la verdad de sus promesas. Bien convencidos estamos de que no nos engaña.

Como comenta san Agustín en sus Confesiones: "He conocido a muchos que querían engañar en esta cuestión, pero ninguno que quisiera dejarse engañar"

(Confesiones, X,23). Jesucristo, que es la misma Verdad, nos ha dicho, durante la última cena, poco antes de su muerte en cruz: "Que no se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en Mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a preparaos un lugar" (Jn, 14,

1-2). Y al ladrón arrepentido, pocos instantes antes de morir: "Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23,43).

+ Celso Morga

Arzobispo de Mérida-Badajoz

Tracking