UNA FIESTA DE TODOS

UNA FIESTA DE TODOS
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Mons. Jaume Pujol La Pascua de Resurrección, principal fiesta cristiana, nos invita a celebrar la verdad más consoladora que existe: la muerte no tiene la última palabra. Cruzando su puerta, entramos en la vida eterna, incomparablemente mejor que la actual. Con su resurrección, Jesucristo es primicia de la nueva vida que nos aguarda, cuando Dios disponga en su amor infinito.
Alrededor de esta fecha he recordado ya alguna vez aquel texto tan bello que escribió Joseph Ratzinger, mucho antes de ser Papa. Evocaba en él su nacimiento en el Sábado Santo, en un pequeño pueblo de un centenar de casas, Marktl, junto al río Eno, en cuya orilla nació por contraste un personaje funesto: Adolf Hitler.
Aquel día en que se celebra la Vigilia Pascual, pese a ser un 16 de abril (de 1927), había nevado bastante, de modo que sus hermanos no pudieron acudir a su bautizo, que fue el mismo día de su nacimiento. Así se lo contaron sus padres al futuro Benedicto XVI, quien escribió: "Me da una gran alegría haber nacido la víspera del Domingo de Gloria (?) Me parece que simboliza mi propia historia, mi situación actual, estar a las puertas de la gloria sin haber entrado todavía en ella".
Pasados los años, la reflexión del teólogo encuentra aún más sentido. En su retiro activo, el Papa que precedió a Francisco parece encontrarse más que nunca a la espera de este abrazo definitivo con Cristo.
Pero esta es también nuestra situación, que lejos de ser angustiosa es fuente de esperanza para los que creen. Es la fe la que nos lleva a celebrar la alegría de la Pascua, que se manifiesta en la liturgia con palabras como las del Salmo 117 que se reza en este día: "Este es el día que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo".
Como un eco de esta alegría, en las familias y en los pueblos se celebran múltiples manifestaciones tradicionales, algunas tan propias nuestras como la de comerse la mona o los cantos populares de las Caramelles, que acaban cuando uno de los participantes eleva una cesta para que quienes se asomaron a balcones y ventanas puedan hacer un donativo.
Es algo que no carece de simbolismo: todos participan, los que cantan y los que miran. Os invito a que pongamos en la cesta pascual lo mejor que tenemos, la alegría de nuestra fe para que pueda beneficiar a otros.
+ Jaume Pujol Bacells
Arzobispo de Tarragona y primado





