Testigos de la conversión: Alexis Carrel i Jaques Loew
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Mons. Agustí Cortés Ciertamente no son pocos quienes dicen no creer en Dios o haber perdido la fe aduciendo argumentos científicos. Pero no son menos los que han ido de la ciencia a la fe o han vivido la condición de científicos rigurosos y serios en perfecta armonía con su condición de creyentes. Hemos de precisar que es raro, podríamos decir incluso "imposible", el camino que va directamente de la ciencia a la fe, sin haber pasado por la vida personal, por el cuestionamiento de la vida humana.
El testimonio de Alexis Carrel, gran médico, cirujano e investigador, premio Nobel de Medicina, a quien le debe mucho la técnica del trasplante de órganos, sobresale entre muchos científicos creyentes, por lo profundo, dramático y apasionado de su vida. Habiendo afirmado con la seguridad del entendido, no exento de ironía, la imposibilidad del milagro y, en todo caso, la explicación de fenómenos semejantes por la fuerza de la sugestión psicológica, asiste directamente a la curación absolutamente inexplicable de la joven María Ferrand, a quien seguía y trataba como médico en Lourdes. Este golpe, experimentado en apenas dos horas, le produjo una revolución interior tal que, según sus propias palabras, "creía volverse loco". Dios se había convertido para él en "un dato de la experiencia", o mejor, en un supuesto necesario para explicar una experiencia. Podríamos decir que desde entonces "se entregó a Dios" en la oración y en la reflexión.
Sin embargo lo más significativo fue que se entregó con mayor pasión a la medicina y su investigación, con el solo objeto de "ayudar a las causas humanas más sufrientes", afrontando todo tipo de padecimientos, sobre todo en tiempos de las dos guerras mundiales. Porque en realidad su gran descubrimiento fue el ser humano real y verdadero. Por eso escribió aquel famoso libro que dio la vuelta al mundo La incógnita del hombre, todo un alegato y una reivindicación de la condición del ser humano como espíritu libre, a modo de denuncia
contra la reducción que de él ha hecho la sociedad y la cultura materialista de occidente.
Su testimonio nos recuerda otro, más sencillo, pero semejante: el de Jaques Loew. Cuenta en su libro "He buscado en la noche" que, con un pasado igualmente "materialista", rodeado de amigos, gozando de la vida, muchas veces "se aburría en las fiestas? se sentía como un títere, un muñeco, que muy pronto podría ser sustituido por otro"; que, enfermo, se retiró al silencio de la montaña, en la cartuja de Valsainte. Allí comprobó la alegría de la austeridad y la sencillez. A su regreso, en la estación, quedó impactado por la majestad de la locomotora eléctrica del tren, máquina poderosa, obra de las manos humanas.
"Comprendí ?dice?, como un relámpago, qué era el espíritu? Que más allá de todos los progresos técnicos, hay en nosotros una fuerza invisible que es capaz de hacernos conectar con Dios? El hombre que ha descubierto esta realidad ha encontrado el verdadero ?yo? de su vida? El que lo ignora, aunque vaya cubierto de lujo, es como un ciego que se encuentra en una ciudad desconocida".
Bastaría con que los científicos aceptaran que el ser humano sigue siendo y será siempre una incógnita para la mirada puramente científica?
? Agustí Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat





