El sacerdote, pasión por el Evangelio

El sacerdote, pasión por el Evangelio

Agencia SIC

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Mons. Gerardo Melgar Queridos diocesanos:

"El sacerdote, pasión por el Evangelio". Difícilmente en menos palabras se puede definir mejor la esencia del ministerio sacerdotal, lo fundamental y lo imprescindible que debe ser y vivir el sacerdote.

El sacerdote debe ser un apasionado del Evangelio porque es al servicio del Evangelio al que va a entregar su vida entera, y sólo se puede entregar la vida por algo o por alguien si realmente se le ama con pasión. Resuenan en nuestro corazón ahora las palabras del Señor: "Nadie tiene amor más grande que aquél que da la vida por sus amigos" (Jn 15, 13) En efecto, nadie puede dar la vida por nadie ni por nada si no está realmente enamorado, en este caso de Él.

El sacerdote es alguien que se ha encontrado con Cristo, ha quedado fascinado por su Persona y por su mensaje, y se ha enamorado de Él; Jesucristo y su Evangelio son el único y el más grande amor de su vida, de tal manera que no se entiende si no es desde ese amor apasionado.

El sacerdote es la persona que descubre a Jesucristo y su mensaje como la perla preciosa por la que vender todo para adquirirla (cfr. Mt 13, 44-46), como el tesoro escondido por el que -tras encontrarlo- no le importa abandonar todo lo que tiene para conseguirlo. Así, Cristo, ?perla preciosa?, ?tesoro escondido?, es el Único que llena todas las ansias, aspiraciones, deseos y -en definitiva- la vida del sacerdote.

"Para mí la vida es Cristo" (Flp 1, 21) afirmaba San Pablo. Su historia no es sino la historia de alguien que un día, de forma estrepitosa (cfr. Hch 9), se encuentra con Cristo; desde aquel día ya nunca más va a alejarse de Él y le va a servir con toda su alma y con todo su ser. Pablo ya no concibe su existencia ni su vida sin Él; tanto es así que con la misma pasión con que antes se había dedicado a perseguir a los cristianos, desde el encuentro con Jesús su pasión auténtica va a consistir en seguirle a Él, amarle a Él y a servirle a Él, dándolo a conocer con verdadera pasión.

A Pablo no hay nada que le pueda apartar del amor de Cristo por fuerte o duro que sea (cfr. Rom 8, 35-39). Es tal la pasión con la que ama y se entrega a difundir el Evangelio a todas las gentes que nadie ni nada puede detenerlo ni apartarlo de su único Señor. Del mismo modo, el sacerdote que vive apasionadamente su vocación sacerdotal, entregando plenamente su vida al servicio de Cristo y su Evangelio, tendrá que superar algunas dificultades para anunciarlo a los hombres de cada momento pero de ningún modo serán dificultades que le paralicen a la hora de cumplir su misión evangelizadora, en el momento de llevar el mensaje salvador de Cristo al corazón de nuestro mundo, como afirmaba el beato Juan Pablo II.

Si Cristo y su Evangelio lo son todo en la vida de un sacerdote, lo más importante, lo fundamental, éste no dejará nunca ganarse la partida de su vida por otros criterios y valores que poco tienen que ver con el sacerdocio ordenado. El sacerdote ha recibido de Cristo su misma misión: ofrecer a toda criatura -con su palabra y con su testimonio- al Señor y su mensaje salvador, en orden a que todos se conviertan, orienten su vida hacia Él y se salven.

Cristo realizó su misión hasta entregar ?la última gota de su Sangre? por cumplirla. El sacerdote que vive su vocación con pasión por el Evangelio está dispuesto también a hacer lo mismo, a gastarse y desgastarse para que el mensaje salvador de Cristo llegue a todas las gentes. Tal vez hoy haya personas que -en este ambiente secularizado en el que estamos viviendo- no entiendan como algo que merece la pena vivir esta pasión por el Evangelio, esta forma de vivir propia del sacerdote católico; pero cuando el sacerdote logra vivir así es plenamente feliz, se siente real y plenamente realizado, y nada hay que llene más y mejor su vida. Por eso, una encuesta que publicaba recientemente la prestigiosa revista Forbes sobre en qué profesiones -en qué vocaciones- el hombre actual se sentía más a gusto/más feliz, ofrecía como resultado que los más satisfechos, felices, plenos eran los sacerdotes.

Me gustaría dirigir ahora unas palabras de corazón a corazón a los jóvenes de nuestra Iglesia particular: querido joven, piensa en el sacerdocio como una vida vivida con pasión por el Evangelio, al estilo de San Pablo, al estilo de tantos y tantos sacerdotes, muchísimos más de los que a veces te imaginas, de otro tiempo y del momento presente, que entregaron y siguen entregando su vida al servicio apasionado del Evangelio como verdaderos enamorados del Señor. ?Mira? al Señor, ?míralos a ellos? y tal vez descubras en tu corazón -mucho más claramente- la suave voz del Señor que también a ti te dice "sígueme" para gastar y desgastar tu vida amándole a Él y ala Humanidad entera.

A vosotros, queridos padres, os corresponde estimular a vuestros hijos en los más altos valores cristianos; ayudadles a huir del egoísmo y del materialismo que tantas veces ciegan el corazón humano y que dejan vacío el corazón. Animadles a plantearse su vida desde la entrega generosa en el camino al que Dios les llame; entre ellas, ayudadles a no ?apagar? la posible llamada que Cristo pueda hacerles para dedicarse de forma exclusiva y apasionada al servicio del Evangelio. Vosotros que deseáis más que nada en el mundo la auténtica felicidad de vuestros hijos ayudadles a responder sinceramente a esta pregunta: "¿qué lugar en el mundo ha dispuesto para mí el Señor? ¿dónde voy ser yo realmente feliz". Y feliz no primando ante todo los parámetros de la comodidad o del tener, por ejemplo, sino primando aquello que ayude a llenar la vida desde el amor a Dios y al prójimo.

Es verdad que para que alguien pueda encontrar su verdadera felicidad en la vocación al servicio del Evangelio, en la vocación sacerdotal, es imprescindible encontrarse con Cristo, tratar con Él, quedarse fascinado por su Persona y su mensaje, y descubrirlo a Él como "el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6). Esto supone un planteamiento creyente de la vida; supone, además, una valoración y un cultivo auténticos de la fe desde donde descubrir a Cristo, amarlo y sentirse llamado por Él; y supone, finalmente, una disponibilidad y una generosidad personales para olvidarse de uno mismo y ser capaz de entregar la vida en favor del bien de los hermanos.

Cristo sigue llamando hoy. El mundo, cualquier persona, ya sea mayor, joven o niño, sigue necesitando de otros que le muestren el camino del Evangelio y estén a su lado para apoyarles en el recorrido hasta encontrarse con el Señor. ¿No estarías dispuesto tú, querido joven, a ser uno de los predilectos del Señor, al servicio del Evangelio, logrando tu verdadera felicidad?

+Gerardo Melgar

Obispo de Osma-Soria

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