"No solo son los 45 del tren"
Una reflexión sobre el discurso de Liliana Sáenz, representante de las víctimas de Adamuz, durante el funeral por los fallecidos en Huelva

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Artículo de Roberto Esteban Duque
Liliana Sáenz, representante de las víctimas de Adamuz, haciendo una breve biografía de su madre fallecida en la tragedia ferroviaria, y agradeciendo a los presentes su participación en la misa exequial en Huelva, puso negro sobre blanco, después de conmover con sus palabras de dolor.
Ante un escenario de libertad (el que no tendría en una celebración masónica de Estado), manifestó su agradecimiento a “nuestra Diócesis por este funeral, el único funeral que cabía en esta despedida, pues la única presidencia que queremos a nuestro lado es la del Dios que hoy aquí se ha hecho presente en el pan y el vino, bajo la mirada de su Madre en su advocación cinteña”. Por si alguien todavía no recordaba el deseo de las víctimas, los delirios ateos de ciertos gobernantes han quedado en entredicho ante esta gramática cristiana de la que España todavía está impregnada.
Y continúa Liliana, expresando: “Huelva es una tierra mariana, Andalucía es un pueblo creyente, y es abrazando su Cruz donde encontramos mayor consuelo”. Es la victoria de la Cruz, “escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios”, dirá san Pablo.
El ateísmo gubernamental, ofreciendo toda una cosmovisión de Estado, se enfrenta a un dilema: puede suponer de forma deshonesta o ingenua que el rechazo de Dios no tiene impacto en nuestra postura hacia las víctimas, o puede enfrentarse a esta verdad, como hizo Nietzsche, y elegir a Dionisio en lugar de al Crucificado. Solo se puede rechazar a Dios si ya no se cree en la inocencia de las víctimas, o si su sufrimiento debe ser limitado, o si sus vidas importan.
Después de hablar de la polarización que padecemos en nuestra sociedad durante demasiado tiempo, Liliana Sáenz interpeló a los que gobiernan a que “es mejor saber que imaginar”, que “hay que ser grandes como personas para ser grandes como servidores públicos”. Es decir, ejercitarse en la virtud es necesario para alcanzar la excelencia y mejorar la eficacia; ser mejores como seres humanos para que nuestra eficacia también pueda aumentar, porque la virtud nos da el poder de tomar buenas decisiones, de servir a los hombres, aunque luego recaiga sobre nosotros la pobreza y la calumnia, como lo hizo con Jérôme Lejeune o llevarnos a la muerte, como le ocurrió a Tomás Moro.
Terminó su carta de agradecimiento Sáenz recordando que “solo la verdad nos ayudará a curar las heridas que nunca cerrarán”, pero la buscaremos “con la paz de saber que en el abrazo de la Virgen ahora duermen”. Con frecuencia, nos empeñamos en matar a Dios, en ser sus asesinos. A diferencia de los corazones torcidos de san Agustín, ya no nos inquieta Dios, porque Dios no nos importa. Dios ya no es la demanda central de nuestras vidas ni guía nuestro pensamiento sobre la existencia comunitaria. La pregunta última ya no nos afecta. Sin embargo, en su misericordia Él no desea otra cosa que ocupar el centro de nuestras vidas, porque “sólo la verdad os hará libres”. “No solo son los cuarenta y cinco del tren”, como bien afirma Liliana, que deambulan por unas vías caóticas, sino hijos de Dios que no hacen sino regresar a la casa del Padre y que ahora confiamos a su infinita misericordia. Descansen en paz.





