Preparemos los caminos del Señor ante la Navidad

Preparemos los caminos del Señor ante la Navidad

Agencia SIC

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Mons. Vicente Jiménez Queridos diocesanos: En esta carta pastoral propongo algunos caminos para preparar los caminos del Señor, que viene a salvarnos en la Navidad.

Oración. La oración es hija de la fe, pero también de la esperanza. Cuando Jesús nos invita y enseña a orar, sitúa esta actividad del Espíritu en el contexto de la esperanza: "Velad y orad" (Mt 26, 41). "Padre, venga a nosotros tu Reino" (Mt 6, 10). El discípulo de Jesús es como un labrador, que espera la cosecha cultivando la tierra y orando por la lluvia (cfr. St 5, 7-8. 16-18).

Cuando oramos, estamos en la zona de la esperanza, no en la de la desesperación. Si no confiáramos en absoluto, la plegaria no podría nacer en nuestro interior ni cuajar en nuestros labios. El que ora, espera. "El que no ora, no espera" (Schillebeeckx). Orar es ejercitar la esperanza, actitud propia del Adviento.

Vigilancia activa. La Biblia establece una relación entre esperanza y "vigilancia", hasta el punto que para ella esperar equivale a vigilar. Jesús nos apremia: "Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor" (Mt 24, 42-44). San Pablo nos invita a "despertarnos del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros" (Rom 13, 11-12).

Nada tiene que ver la vigilancia con la ansiedad, esa prisa nerviosa acompañada de temor e inseguridad ante el futuro que tanto nos invade. Ni tiene que ver con el perfeccionismo, que lo desecha todo por inacabado e imperfecto. Tampoco con la negatividad, que sólo tiene ojos para ver lo defectuoso y lo problemático. Una de nuestras tentaciones en la actitud de la vigilancia, es la instalación. Llegados a una cierta edad y cierto nivel, corremos el riego de instalarnos y sentar nuestros reales. El conformismo cómodo o escéptico detiene los dinamismos de nuestro crecimiento.

Trabajo. La vigilancia activa, nacida de la esperanza, nos conduce al trabajo. El cristiano movido por la esperanza no es simplemente un espectador crítico de la historia. La esperanza es dentro de nosotros un dinamismo que nos impulsa a trabajar; es decir, a meternos dentro de la historia para activar el fermento renovador depositado en la historia por la Muerte y Resurrección de Cristo.

Las parábolas de las diez vírgenes (cfr. Mt 25, 1-13) y la de los talentos (cfr. Mt 25, 14-30) nos amonestan severamente sobre la necesidad de trabajar y hacer fructificar nuestros talentos y cualidades. El trabajo que realiza la mayoría de nosotros es sencillo. No encierra grandes pretensiones transformadoras. No requiere un compromiso muy arriesgado. Pero ha de ser siempre un trabajo bien hecho. Trabajar bien significa evitar la desidia y la pereza, la precipitación y la "chapuza", la desgana y la repetición mecánica. En este sentido, todo trabajo nacido de la esperanza debe ser transformador, debe intentar mejorar la realidad. Porque es "com-pro-metido", debemos en él emplearnos a fondo (meternos), con voluntad de servicio (pro) y abiertos a la colaboración con los demás (con). "El esperante debe ser operante" (Lain Entralgo). "Sólo tiene derecho a esperar lo imposible quien se ha comprometido a fondo en la realización de lo posible" (Ruiz de la Peña).

Paciencia. La paciencia es tan necesaria a la esperanza que el Nuevo Testamento la identifica con ella. La paciencia nacida de la esperanza nos ayuda, en primer lugar, a respetar los procesos, a veces lentos, de las personas y los grupos. Nos aconseja a que no demos excesiva importancia a los comentarios que suscita nuestra conducta. Nos inmuniza contra la fatiga que trae consigo el compromiso prolongado y sostenido. Nos fortalece para "sembrar en la noche".

Sobriedad. "Pues se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, llevemos ya desde ahora una vida sobria, justa y piadosa, aguardando la dicha que esperamos y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo" (Tit 2, 11-13).

La sobriedad es hoy necesaria para la solidaridad y para superar la crisis económica. El cristiano se siente urgido a ella por la virtud de la esperanza. Ésta le obliga a tomarse rigurosamente en serio la esperanza humana de una economía más justa y estable para todos. En otras palabras: obliga a compartir. Ser sobrios para compartir es todo un lema exigido por la esperanza. La solidaridad es uno de los nombres del amor hoy. Al Rey del amor, Jesucristo, sólo se le puede recibir con amor, amando. El amor, en definitiva, es la preparación mejor, el camino más recto, para llegar a Belén, la "casa del pan" y celebrar la Navidad, fiesta del compartir.

Que la Virgen María, mujer del Adviento y Madre de la esperanza, que esperó con inefable amor de Madre el nacimiento de su Hijo, nos ayude a preparar los caminos del Señor.

Con mi afecto y bendición,

+ Vicente Jiménez Zamora

Arzobispo de Zaragoza

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