"¡Nunca os dejéis vencer por el desaliento!"

"¡Nunca os dejéis vencer por el desaliento!"
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Mons. Alfonso Milián Con el Domingo de Ramos entramos en la semana más importante para la comunidad cristiana y para la liturgia de la Iglesia, la que lleva con todo derecho el nombre de Semana Santa, una semana preparada a lo largo de los días penitenciales de la Cuaresma.
Es una semana verdaderamente santa porque en ella vivimos y actualizamos los misterios de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Él sube hoy a Jerusalén donde, conforme a lo anunciado en las Escrituras santas, será colgado en una cruz y, sin embargo, resucitará al tercer día. La cruz va a ser el trono desde el que reinará por los siglos, atrayendo hacia sí a hombres y mujeres de todos los tiempos y ofreciéndoles el don de la redención.
La pasión, muerte y resurrección de Jesús manifiestan el amor de Dios a los hombres, pues nos entrega a su Hijo hasta el extremo, hasta la muerte. Esa entrega total de Cristo nos libera del pecado y de la muerte, nos devuelve la comunión con Dios y rompe el muro que separa a los hombres: "muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la vida". Este misterio de amor se hace actual en la liturgia del Jueves santo,
del Viernes santo y de la Vigilia pascual en la noche del Sábado santo al domingo de Pascua. La Iglesia llama a estos días triduo pascual.
Para entrar de lleno en este misterio del amor misericordioso de Dios, los cristianos debemos celebrar esta Semana con espíritu de fe y recogimiento interior, y liberando tiempo y ocupaciones para participar con paz en los actos litúrgicos y no sólo en las procesiones; éstas son una prolongación plástica de lo que en espíritu y verdad se celebra en la liturgia.
El papa Francisco nos dijo el año pasado en la homilía del Domingo de Ramos que acogiéramos al Señor con alegría. Él está entre nosotros como un amigo, como un hermano, también como rey, es decir, como faro luminoso de nuestra vida. Jesús es Dios pero se abajó a caminar con nosotros. Decía: "no seáis hombres y mujeres tristes: ¡un cristiano jamás puede serlo! ¡Nunca os dejéis vencer por el desaliento! Nuestra
alegría no nace de poseer muchas cosas, sino de habernos encontrado a una persona: a Jesús, que está entre nosotros; nace de saber que, con él, nunca estamos solos, ni siquiera en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropiece con problemas y obstáculos que parecen insuperables".
Acompañemos, pues, a Jesús en su entrada en Jerusalén. La gente lo proclama rey, un rey montado en un pollino, que no tiene corte ni ejército que lo defienda. Quienes lo acogen son gentes humildes, que ven en él al Mesías prometido. Pero entra en Jerusalén para subir al Calvario cargando un madero, para morir en una cruz. Y es allí donde resplandece su realeza según Dios: ¡Su trono real es el madero de la cruz!
Veneremos al crucificado. Abramos nuestro corazón para experimentar su amor y su perdón. Participemos activamente en las celebraciones y en las procesiones.
Con mi afecto y bendición.
+ Alfonso Milián Sorribas
Obispo de Barbastro-Monzón





