Las Bienaventuranzas

Las Bienaventuranzas

Agencia SIC

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Mons. Gerardo Melgar Las Bienaventuranzas son la carta magna que Jesús propone para sus discí­pulos. Llama la atención que su mensaje sea preci­samente el contrario al que el mun­do propone.

a felicidad es algo a lo que todo ser humano aspira, es más, Dios nos ha creado no para que seamos infe­lices, sino para que seamos felices; pero es necesario ver dónde y en qué ciframos la felicidad y con qué medios queremos conseguirla.

Frente a un mundo que pone la felicidad en la riqueza, en tener más y más y lucha solo por ello, el Señor nos dice felices, dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Pobre de espíri­tu es aquel que se siente necesitado de Dios y de los demás porque sabe que es una persona pobre y débil y necesita, por tanto, de ellos y no puede buscar otra cosa que no sea a Dios y a los demás para crecer y madurar armónicamente.

Frente a un mundo que proclama el orgullo y la soberbia, Jesús pro­pone un nuevo estilo de humildad y mansedumbre: dichosos, felices, bienaventurados los mansos por­que ellos poseerán la tierra. La hu­mildad es muy importante para el servidor de Jesús porque nos dice el Señor: "El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido"(Mt 23, 12).

Frente a un mundo que no piensa nada más que en su egoísmo, en pa­sarlo bien incluso a costa de lo que sea, sin pensar en los demás; el Se­ñor nos propone mantener una ac­titud de solidaridad en el dolor con los que sufren: saber prestar nuestro hombro para quien lo está pasando mal y que pueda llorar sobre él. Fe­lices, dichosos, bienaventurados los que lloran porque serán consolados.

Dichosos, felices y bienaventu­rados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Es decir, dicho­sos los que buscan la voluntad de Dios sobre ellos, el plan de Dios, y lo cumplen. Justicia es sinónimo de santidad y esta bienaventuranza proclama la felicidad de los que vi­ven desde la fe, desde lo que Dios les pide, son criticados, perseguidos y despreciados.

El ser humano actual por ser de un mundo sin Dios, al que no le im­porta lo que Dios quiere de él, bus­ca la felicidad al margen de Dios y Dios no le importa, porque cree que si es creyente no va a poder ser feliz, cuando realmente el que es feliz es el que es capaz de descubrir lo que Dios espera de él y vivirlo, porque eso le va a llevar mucho más que to­dos los placeres pasajeros y efímeros que ofrece el mundo.

Frente a un mundo en el que el que la hace la paga y, si puede el doble, mucho mejor; Jesús propone el perdón y la misericordia con los fallos de los demás. Dichosos, felices y bienaventurados los misericordio­sos, porque ellos alcanzarán miseri­cordia. El mismo Jesús nos decía en su mensaje: "La medida que uséis la usarán con vosotros , y con cre­ces" (Mc 4, 24). Por eso, si so­mos misericordiosos y perdonamos, también nuestro Padre Dios nos perdonará a nosotros.

Felices los limpios de corazón por­que ellos verán a Dios. Frente a un mundo de mentira y trapicheo, de aprovecharse de las situaciones para enriquecimiento rápido; frente a un mundo de apariencia, fachada, bal­cón e imagen, Jesús proclama para sus seguidores la autenticidad, la coherencia y la sencillez, la ausencia de dobleces y segundas intenciones.

Frente a un mundo en el que rei­na la discordia, la guerra, la crítica destructiva de los demás, Jesús pro­pone a sus seguidores, no solo vivir desde la paz con Dios y con los her­manos, sino ser creadores de paz y no de discordias entre los demás. Lo propone como tarea: trabajar por la paz entre los hombres. Dichosos, felices y bienaventurados los que trabajan por la paz porque ellos se llamarán los hijos de Dios.

+ Gerardo Melgar

Obispo de Ciudad Real

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