Fraternidad y hambre

Fraternidad y hambre

Agencia SIC

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Mons. Francesc Pardo i Artigas El papa Francisco se dirigió a nosotros el primer día del año con su mensaje en ocasión de la Jornada Mundial de la Paz con la consigna "la fraternidad, fundamento y camino para la paz".

A partir del mensaje del Papa he reflexionado nuevamente sobre la pobreza y sobre una de sus facetas más radicales y escandalosas: el hambre. Sí, porque en el mundo, y quizás también en nuestro pequeño mundo, hay hambre, tanto en el sentido de la carencia de los bienes más necesarios e imprescindibles para una vida digna como por la imposibilidad de generarlos por falta de financiación, de recursos, de conocimiento, de libertad, de justicia social, de distribución de la riqueza, de inversión, pensando en el máximo beneficio y en el mínimo coste. Hay hambre porque los tan citados "derechos de las personas" en muchos lugares prácticamente no son ni reconocidos ni promovidos.

Difícilmente construiremos un mundo nuevo como proyecto común si no vivimos la fraternidad universal con nuestros allegados y con quienes están lejos.

Escribe el Papa en su mensaje: "El número cada vez más grande de interdependencias y de comunicaciones que se entrecruzan en nuestro planeta hace más palpable la percepción de que todas las naciones de la Tierra forman una unidad y comparten un destino común. En los dinamismos de la historia, a pesar de la diversidad de etnias, sociedades y culturas, vemos sembrada la vocación de formar una comunidad compuesta por hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros. A menudo, sin embargo, los hechos, en un mundo caracterizado por la "globalización de la indiferencia", que poco a poco nos "habitúa" al sufrimiento del otro cerrándonos en nosotros mismos, contradicen y desmienten esta vocación".

Todos, para justificarnos, miramos a nuestros vecinos, sean personas, sean instituciones, sean gobiernos o estructuras internacionales. Y tenemos que hacerlo para reclamar que quienes han recibido un encargo de responsabilidad lo ejerzan. Pero no solamente tenemos que mirar a nuestros vecinos: tenemos que mirarnos a nosotros mismos.

En pleno siglo XXI, el hecho de que numerosos colectivos ?entre ellos, niños? sufran hambre es un escándalo, y para nosotros es un pecado en el sentido más genuino, porque al romper la armonía y la fraternidad con los demás por nuestro egoísmo también rompemos o fracturamos la comunión con Dios, con nosotros mismos y con el mundo tal como Dios lo quiere. Y también es vergonzoso que haya que hacer dieta por exceso de calorías ?fijaros en los anuncios, las listas de los dietistas, las recomendaciones para después de las fiestas? mientras que muchos no pueden acceder a las mínimas necesarias para subsistir.

Tenemos que escuchar nuevamente dirigida a nosotros la pregunta que Dios hizo a Caín después de matar su hermano: "¿Qué has hecho con tu hermano?". O también la pregunta con la cual el Señor de la historia, Jesucristo, valorará nuestra vida: "¿Has dado comida, bebida, vestido, compañía, acogida…?".

¿Qué responderemos personalmente? ¿Qué respondemos ahora, a pesar de las dificultades que podamos padecer a causa de la crisis?

A todos nos hace falta conversión a la fraternidad, premisa para vencer la pobreza y el hambre.

+ Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

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