Entre la tolerancia y la indignación, la paciencia
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Mons. Agustí Cortés Hay virtudes que se ven hoy particularmente necesarias, indispensables y urgentes. La "paciencia" es una de ellas. Ha de quedar claro que esta virtud nada tiene que ver con la impotencia, la resignación o la pusilanimidad.
La situación económica, cultural i social que vivimos pone a prueba seriamente esta virtud. El primer movimiento que sentimos y que fácilmente justificamos es el de la indignación. Aunque, por otra parte, desde hace un tiempo se propaga y se promociona por todas partes "el valor de la tolerancia", sobre la base de la libertad y el derecho individual a pensar y hacer lo que cada uno crea conveniente. No deja de constituir una cierta contradicción, si bien la mayoría no lo vería como tal, pues, sin pensar más, defendería "la tolerancia cero" con la injusticia y el abuso. Evidentemente en esto tendrían toda la razón: ¿cómo podemos ser tolerantes con la mentira, el abuso o la injusticia?
No suena bien, pero nosotros, entre la tolerancia y la indignación, salvando la contradicción que hay entre estas dos actitudes, preferimos hablar de la virtud de la "paciencia": sabemos lo que queremos decir y creemos que ello es hoy absolutamente necesario.
Quienes más están tentados contra la virtud de la paciencia son los que creen en el fondo que la realidad nuestra, la de nuestro mundo, o es blanca o negra, o es luminosa o es oscuridad cerrada. Éstos, que dicen tener la ideas muy claras, no admiten las zonas de los grises ni de la penumbra y puestos a comprometerse éticamente se sitúan en lo que creen ser el lado de lo blanco y luminoso de la vida, para desterrar lo negro y oscuro. Esto siempre fue una tentación desde los comienzos de la Iglesia y sigue siéndolo hoy. Así surgió el gnosticismo en sus diferentes formas (hoy también muy presente), y especialmente el maniqueísmo, contra el que San Agustín tanto luchó. Es difícil dialogar con esta mentalidad. Quizá por ello sea oportuno citar este bonito texto del santo de Hipona, en una carta dirigida a sus interlocutores antes de entrar en debate:
"Podrán enfadarse con vosotros quienes desconozcan los suspiros y las lágrimas que nos cuesta el más minúsculo de los descubrimientos? Podrán indignarse con vosotros los que jamás se hayan desviado del recto camino. Pero a mí me resulta imposible enfadarme con vosotros. Por el contrario, vamos a lanzarnos juntos a la búsqueda de lo que para ambos nos es desconocido."
Para no llegar a la guerra, para practicar el diálogo "sin enfadarse", para vivir la virtud de la paciencia, hay que atravesar indefectiblemente una primera puerta: esa rara facultad de reconocer que uno mismo también ha errado en su vida, que en él también hay zonas oscuras, y que hallar un destello de luz nos cuesta trabajos y lágrimas. Para dialogar, uno ha de haber experimentado personalmente la dura lucha por la verdad. Al diálogo se accede por la virtud de la paciencia, pero en el umbral de la paciencia hay otra virtud, la humildad.
Así entendemos las frecuentes llamadas a esta virtud en el Nuevo Testamento:
"En cambio, el Espíritu da frutos de amor, alegría y paz; de paciencia, amabilidad y bondad; de fidelidad" (Gal 5,22)? "Tened paciencia unos con otros y perdonaos si alguno tiene una queja contra otro" (Col 3,12)? "Debéis esforzaros por añadir? al dominio propio, la paciencia; a la paciencia, la devoción?" (2Pt 1,6)
Pero la paciencia, tanto referida a las relaciones personales, como en relación a la capacidad de afrontar una situación difícil, es una virtud esencialmente activa. Es la virtud de los grandes luchadores, que siempre supieron unir la humildad a la fuerza, la confianza al compromiso. Es un don para el momento actual.
? Agustí Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat





