Encuentro Mundial de las Familias en Milán

Agencia SIC

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Mons. Francisco Gil Hellín La soprano Monserrat Caballé decía, la semana pasada, a una periodista que la entrevistaba: "He tenido la suerte de tener una fe muy grande porque mis padres la tenían y así me la transmitieron" Y añadía: "Mi hija Montserrat Martí canta muy bien, pero, sobre todo, lo que está garantizado es su corazón. Es una mujer con una fe inquebrantable, a la que Dios le ha regalado un marido y una hija de 8 meses fantásticos. Además, mi nieta tiene la suerte de que al levantarse y al acostarse su madre le reza para que aprenda las oraciones".

Es la experiencia que todos tenemos: somos, en buena medida, lo que comenzamos a ser en nuestra familia. Quienes hemos tenido la inmensa suerte de nacer en una familia cristiana, sabemos muy bien que en esa fuente bebimos las primeras y más importantes aguas de nuestra fe y de nuestra piedad. Ahí nació, creció y maduró la vocación al sacerdocio y a la vida religiosa de quienes Dios ha llamado a ese género de vida.

La familia es, sin duda, el gran patrimonio dela humanidad. Siella desapareciera, este mundo sería irrespirable e insufrible. ¿Quién transmitiría la vida y quién la cuidaría, sobre todo en sus primeros y últimos compases? ¿Qué ocurriría ahora si los padres y los abuelos no ayudaran a sus hijos en paro o con un salario incapaz de hacer frente a la hipoteca del piso?

Sorprende, por eso, que haya tanta gente empeñada en atacar esta maravillosa institución. Y, al contrario, llenan de satisfacción las iniciativas destinadas a defenderla, protegerla y ayudarla. Una de ellas es, sin duda, la que tuvo el gran Juan Pablo II: los encuentros mundiales de las familias. El próximo fin de semana se celebrará en Milán el séptimo.

El tema no puede ser más oportuno: "La Familia: el trabajo y la fiesta". El trabajo es, en efecto, un bien que comienza a escasear y está siendo un gran obstáculo para que muchos jóvenes formen un hogar. Porque "la familia es, al mismo tiempo, una comunidad hecha posible gracias al trabajo y la primera escuela interior de trabajo para todo hombre" (Enc. Laborem exercens). El trabajo es, en cierto sentido, una condición para hacer posible la fundación de una familia, que exige medios de subsistencia que el hombre adquiere normalmente mediante el trabajo.

Pero el trabajo no lo es todo. La familia necesita también del descanso. La fiesta constituye un derecho fundamental y un bien indispensable para la persona y sus familias. El hombre y la mujer valen más que su trabajo y están hechos para la comunión y el encuentro. En esta perspectiva, el Domingo se configura no sólo como día de descanso en la fatiga física o mental y medio indispensable para mantener o recuperar el necesario equilibrio psíquico, sino como el día que abre al encuentro, que permite descubrir al otro y hace posible dedicar tiempo a las relaciones en familia y con los amigos, y a la oración.

El próximo Encuentro Mundial de las familias en Milán (30 de mayo-3 de junio próximos) será una ocasión magnífica para reunirnos familias de todos los continentes y compartir experiencias y dar un masivo testimonio al mundo de que el matrimonio, indisoluble y abierto a la vida, es una fuente inmensa de alegría. Será también un Encuentro festivo, porque proporciona gran satisfacción colaborar en la regeneración de nuestra sociedad y contribuir a calentar el mundo con el fuego del amor verdadero.

El Papa quiere regalarnos su presencia y estará con nosotros. Muchos obispos estaremos a su lado; entre ellos, tantos de nuestra Conferencia Episcopal. Muchos de vosotros quizás estéis también allí. Al menos, a través de las pantallas de Televisión y por internet. Todos, además, podemos apoyarlo con nuestra oración ala Sagrada Familia.

+Francisco Gil Hellín

Arzobispo de Burgos

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