Día y colecta de la Iglesia Diocesana ? Participar en tu parroquia es hacer una declaración de principios

Agencia SIC

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Mons. Manuel Ureña Hoy, domingo 16 de noviembre, XXXIIIº del Tiempo ordinario, celebramos la Jornada de oración y de colecta en favor de la Iglesia diocesana.

La campaña de comunicación para el sostenimiento económico de la Iglesia "X tantos", que con tanta ejemplaridad lleva a cabo anualmente nuestra Conferencia Episcopal, se ofrece este año con el lema "Haz de tu declaración de la renta una declaración de principios".

Es claro que el día de la Iglesia diocesana está dirigido fundamentalmente a la comunidad cristiana. A tenor del texto del antedicho lema, nos formulamos la siguiente pregunta: ¿cuáles son los principios que nos mueven a permanecer con gozo en el seno de la Iglesia y a trabajar por ella?

Como miembros de la Iglesia, somos la comunidad de los hijos de Dios en la parroquia y en el territorio más amplio de cada una de las diócesis, que tienen al frente a un obispo. Nuestro compromiso como católicos consiste en que, desde los principios del Evangelio, participamos en la vida de la Iglesia, siendo corresponsables del sostenimiento de nuestra parroquia y de nuestra diócesis.

Ciertamente, poner la X en el impreso de nuestra declaración de la renta en favor de la Iglesia constituye una declaración de principios. Tal acto significa, en primer lugar, que tomamos en serio los principios del Evangelio de Cristo, lo que hace que nos signifiquemos claramente ante la sociedad y que aparezcamos ante los demás con un perfil concreto y muy determinado. Tal perfil, que es un timbre de gloria, no es otro que el del Evangelio, un perfil cuyas notas constitutivas son las siguientes.

1. El cristiano no anda perdido en el mundo, no se deja arrastrar por la corriente, no va a la deriva. Todo lo contrario. El cristiano es consciente de poseer por naturaleza el gran don de la razón y de poseer por gracia el grandísimo don de la fe. Estos dones, rectamente entendidos y sabiamente ejercidos, conducen al hombre al encuentro con la verdad y con el amor, verdad y amor que son la persona misma de Jesucristo.

2. Pues bien, al haber encontrado a Dios en la persona del Señor, el cristiano, en vez de vivir desnortado y estar a merced de las circunstancias, ancla su vida en roca fuerte; construye su casa no sobre arenas movedizas, sino sobre tierra firme; y contempla la realidad de sí mismo y del mundo a partir de Dios.

¡Qué gran visión del prójimo tiene el cristiano cuando éste mira a aquél con los ojos de Dios! El prójimo, sea éste blanco o negro, amarillo o cobrizo, es siempre hijo de Dios, semejante a Dios y llamado en Cristo a la comunión plena con Él.

3. Por lo cual, el conocimiento de Dios por medio de la razón auxiliada por la fe nos sitúa en Dios y hace que nuestra vida eche también anclas en la vida del prójimo. De este modo, el amor al prójimo no es algo quebradizo ni está sujeto a los vaivenes del sentimiento, sino algo que se sustenta sobre la base firme de la verdad. Amamos al prójimo no en virtud de lo que nos nace del corazón, siempre contingente y voluble, siempre herido, sino en virtud del peso ontológico del prójimo mismo y de nuestra entitativa unión con él.

4. Y, si esto es así, entonces el cristiano, a partir de su experiencia de Dios, queda constituido en fermento y sal de la tierra, en luz de las gentes. Y no porque él sea la luz, sino porque es, al modo de Juan el Bautista, testigo de la luz, portador de la verdad y de la vida a los hombres.

Estemos, pues, orgullosos de ser cristianos. El mundo necesita escuchar la palabra de Dios, participar en la vida de Dios, que es Jesucristo, y recibir el amor de Dios. El medio a través del cual estas tres realidades son participadas a los hombres es la Iglesia. Pero ésta, para cumplir su misión, necesita ser ayudada. Y, entre las ayudas que necesita, se encuentra la ayuda económica.

Ayudemos a la Iglesia al recto y puntual cumplimiento de su misión entre los hombres. Y hagámoslo, como miembros que somos del Cuerpo de Cristo, con la oración, con nuestro compromiso pastoral y con la limosna. Seamos generosos con nuestra Iglesia de Zaragoza. Hay muchos pobres a los que atender. Hay muchas personas a las que hemos de llevar el Evangelio. Hay que cuidar las vocaciones al sacerdocio y cuidar a los sacerdotes. Hay muchos templos parroquiales que construir.

Seamos, pues, generosos con nuestra limosna. La Iglesia diocesana lo necesita.

? Manuel Ureña,

Arzobispo Emérito de Zaragoza

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