Carta pastoral de Mons. Carlos Escribano: Quinientos años de la estancia de Adriano Vi en Zaragoza

Carta pastoral de Mons. Carlos Escribano: Quinientos años de la estancia de Adriano Vi en Zaragoza

Agencia SIC

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Muchos zaragozanos recordarán las estancias de san Juan Pablo II en Zaragoza en 1982 y 1993. Hay que remontarse a Adriano VI para encontrar un papa no italiano. Precisamente el 9 de enero se cumplieron los quinientos años de su elección papal, mientras él se encontraba en Vitoria.

Adriano de Utrecht fue un teólogo de la universidad de Lovaina, sabio, piadoso y sobrio. Llegó a España dentro del séquito flamenco que acompañó a Carlos I, de quien había sido preceptor durante diez años, cuando subió al trono en 1516, a la muerte de Fernando el Católico. El monarca lo nombró obispo de Tortosa, inquisidor general y regente del reino cuando se tuvo que ausentar al ser elegido emperador, teniéndose que enfrentar a la sublevación de los comuneros castellanos.

Elegido sucesor de León X (cuyo escudo campea en la parte superior del altar mayor de San Miguel de los Navarros), no fue coronado papa en Roma hasta el 31 de agosto. Desde Vitoria llegó a Zaragoza el 31 de marzo, alojándose en la Aljafería, aunque no hizo su entrada solemne hasta el 4 de abril. Durante tres meses Zaragoza fue la corte papal. Celebró aquí la Semana Santa y administró órdenes sagradas. El 9 de abril veneró en Santa Engracia la reliquia de san Lamberto (homónimo de un obispo de Maastricht y patrono de Lieja, de quien era devoto) y se afirma que fluyó sangre mientras la tenía en sus manos. Fruto de esta devoción fue la construcción de un convento de trinitarios con su nombre en el lugar de su martirio, en el barrio de Miralbueno (de donde es patrono), que sobrevivió hasta los Sitios y después de la exclaustración de 1835 se convirtió en cuartel; de él no queda ningún resto salvo los topónimos de Torres y Portazgo de San Lamberto. Adriano VI partió de la ciudad el 11 de junio y el día 15 llegó a Caspe, donde consagró el altar principal de Santa María la Mayor. Su pontificado fue muy breve, pues murió el 14 de septiembre de 1523.

Le tocó vivir una época convulsa y no pudo hacer frente a la expansión del luteranismo. Su recuerdo, en tiempos también difíciles para la Iglesia, nos puede hacer ver que ningún tiempo pasado en la vida de la Iglesia ha sido pacífico, porque su devenir estará siempre sujeto a contrariedades, externas e internas, y que esta situación no puede desanimarnos, sino que tenemos que contribuir, con nuestra pequeña aportación, al crecimiento de su reforma y santidad para configurarse con Cristo, su cabeza.

+ Carlos Escribano Subías

Arzobispo de Zaragoza

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