Carta del obispo de Segovia: «La realeza de Jesús»

En el Evangelio del domingo Jesús se declara rey y se llevaba al primero de sus súbditos, el primer pecador redimido que acompañó al rey del universo en la entrada del paraíso

César Franco

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La solemnidad de Cristo Rey clausura el año litúrgico. El título de rey de los judíos fue otorgado a Jesús por el procurador romano en el juicio que le condujo a la muerte. Es una gran ironía que fuese el representante del imperio de Roma en Palestina el que ordenase clavar en lo alto de la cruz el «titulus», una tablilla de madera que el condenado llevaba colgada al cuello durante el trayecto que le conducía al lugar de la ejecución. El título decía: «Jesús Nazareno, rey de los judíos». Pilato, quien por cobardía entregó a la muerte a Jesús, quiso con este gesto humillar a las autoridades judías que se lo habían entregado para que lo condenara a muerte.

En su intento por salvarlo, preguntó a Jesús sobre su realeza, y este le dijo claramente que él era rey, pero no de este mundo. Afirmó su realeza, pero la refirió al mundo de Dios, al de la verdad con mayúscula. Pilato comprendió que Jesús no tenía ambiciones políticas ni era sospechoso de oponerse al César de Roma. Entonces, jugó con esta baza para intentar librarlo de la muerte. Sin embargo, al ver que los líderes religiosos le amenazaban con acusarle ante el emperador de haber liberado a un sedicioso, lo mandó crucificar, no sin antes presentarle ante la multitud como el «rey de los judíos». Era su venganza ante la obstinación de quienes pedían su muerte. Por eso, cuando las autoridades judías vieron el título de la cruz, pidieron a Pilato que lo quitara o cambiara por otro que dijera: «Este se ha dicho rey de los judíos». La sentencia de Pilato ha pasado a la historia: «Lo escrito, escrito está».

Estas palabras también están cargadas de ironía. Sin quererlo, Pilato ratificó lo escrito en los profetas: que el Mesías sería rey. Eso estaba escrito y se cumplió en la muerte de Jesús. El pueblo judío esperaba a un mesías, y Jesús vino a decir, de distintas maneras, que él era el esperado. Su modo de hablar y de actuar no tenía nada que ver con el mesías político que el pueblo esperaba y, por esta razón, rechazaron a Jesús. El mesianismo de Jesús, como su realeza, era de otro orden: espiritual y trascendente. Su reino no podía entenderse con categorías políticas. Cuando Jesús realizó la multiplicación de los panes y los peces, la gente quiso nombrarlo rey. Al darse cuenta de esto, Jesús huyó al monte. Ellos querían un rey que solucionara sus problemas terrenos, les diera comida de balde, expulsara a los judíos de Palestina, y devolviera a Israel el predominio político perdido. Jesús caminaba en otra dirección: dar la vida para redimir al mundo del pecado y de la muerte. Los judíos se contentaban con un plato de lentejas. Pero Jesús no quiso vender su primogenitura. Él era, ciertamente, rey, pero un rey crucificado por amor, para enseñar a los hombres cuál es la verdadera realeza, la que ni Pilato ni los dirigentes judíos quisieron ver.

Paradójicamente, uno de los malhechores crucificados con Jesús, sí vio la realeza de Jesús. Lo leemos en el Evangelio de este domingo. Descubrió que Jesús no era un malhechor como él, vio con la rapidez del relámpago que en Jesús brillaba una luz especial, un amor infinito, una inmensa misericordia para quienes le crucificaron. Entonces, al escuchar que la turba se mofaba de él llamándolo rey, conmovido, le dirigió una súplica humilde y confiada: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». La respuesta de Jesús no se hizo esperar: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43). Es imposible imaginar cómo resonarían estas palabras en las alturas del cielo y en la presencia del Padre: Jesús se declaraba rey y se llevaba consigo al primero de sus súbditos, el primer pecador redimido que acompañó al rey del universo en la entrada del paraíso.

+ César Franco

Obispo de Segovia


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