La alegría de ser misionero

Agencia SIC

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Mons. Braulio Rodríguez Si es un don sentir la alegría de la fe, hoy quiero fijarme en la alegría de unos miembros de nuestra Iglesia: la alegría que tienen los misioneros. Y es que el domingo 2 de marzo, tan cerca este año del inicio de la Cuaresma, es el Día de Hispanoamérica. Es una Jornada de la Iglesia en España por razones obvias: las relaciones únicas de nuestras Diócesis con las hermanas de Hispanoamérica o América Latina; la acción evangelizadora en los siglos pasados y la realidad hoy de tantos misioneros españoles allá, hombres y mujeres, sacerdotes, religiosos y fieles laicos, que ofrecen sus personas y su servicio a aquellos hermanos. Que ofrecen sus servicios y su generosidad, pero que reciben tanto de ellos, que sus vidas se han transformado. Ahí radica su alegría profunda y su vida ejemplar.

Esta Iglesia de América Latina ha dado un Papa a la Iglesia universal: el Papa Francisco, todo un lujo para nuestra Iglesia Católica. Su andadura en este primer año como sucesor de Pedro nos ha llenado también a nosotros de alegría. Razón añadida para vivir el Día de Hispanoamérica con más intensidad, acción de gracias y oración profunda. Mis pensamientos se van, por ello, a todos nuestros misioneros toledanos, valientes y generosos en todo el Continente americano. Con algunos me encontré en enero pasado durante la reunión de sacerdotes seculares de la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispano Americana (OCSHA); religiosos y religiosas con una alegría y frescura de fe encomiables. Pienso también en esas dos Iglesias en las que trabajan sacerdotes y fieles laicos toledanos (Prelatura de Moyobamba y Diócesis de Lurín, en Lima).

Han pasado ya más de veinte años de presencia toledana en los inmensos arenales de Lurín; sacerdotes y laicos toledanos han trabajado con ahínco y generosidad, en parroquias y Seminario diocesano; pronto será inaugurado el nuevo Seminario que permitirá la formación de nuevos sacerdotes para esa Iglesia. Desde aquí hago un recuerdo emocionado y una oración por Antonio Garzón Acevedo, sacerdote misionero en Villa El Salvador muerto no hace muchos meses. La huella de su buen hacer, su entrega y sencillez es profunda, como pudieron también experimentar en el hospital de Parapléjicos de Toledo los enfermos y profesionales

sanitarios de ese Centro. La Prelatura de Moyobamba celebra también en este año los diez de la llegada de los primeros misioneros de nuestra tierra, deseosos de ayudar al Obispo en tanta mies que recoger y tan pocos obreros para ello. Su actual Obispo, nuestro querido don Rafael Escudero, que fue de aquellos primeros sacerdotes, quiere celebrar con nosotros sus bodas de plata como presbítero en la próxima fiesta de san Juan de Ávila en el mes de mayo. Lo quiere hacer con sus compañeros. Le acogeremos y celebraremos con todo el cariño esa efemérides.

Bien merecería, especialmente por parte de los sacerdotes, seguir siendo generosos en la dedicación de parte de nuestra vida a quienes han dado tanto, pues no olvidemos que "La actividad misionera representa aún hoy en día el mayor desafío para la Iglesia, y la causa misionera debe ser la primer de la Iglesia". Son palabras del Papa Francisco, que cita a Juan Pablo II en su encíclica La misión del Redentor aparecida en 1991. Todos tenemos, pues, necesidad de renovar nuestra alegría de ser misioneros. "Nos pesa cargar con las fatigas y sufrimientos, no sólo propios, sino de las comunidades a las servimos? Es difícil ser testigos de la alegría cristiana en medio de tantas heridas físicas y espirituales que compartimos" (Mensaje de la Pontificia Comisión para América Latina 2014)". Hemos de pedírselo con fuerza al Espíritu Santo, Señor y dador de vida.

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