Adviento en una sociedad aburrida

Adviento en una sociedad aburrida

Agencia SIC

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Mons. Agustí Cortés La celebración del Adviento aterriza en una sociedad, no solo decepcionada e indignada, sino también aburrida.

ealmente vivimos en una sociedad aburrida? Muchos dirían que no. Y en cierto modo tendrían razón. Hoy disponemos en el primer mundo de una multitud de posibilidades de diversión y disfrute. Hay ciudades, y puede decirse que países enteros, que viven de ello. Además, son múltiples las manifestaciones festivas, tradicionales, de nueva creación e importadas, que jalonan el ciclo anual de nuestra vida social. El tiempo libre, los fines de semana o las vacaciones, se destina a la "diversión", en el sentido etimológico de la palabra, es decir, a realizar algo diferente de lo habitual y que además sea lúdicamente satisfactorio. En definitiva, el consumo de diversión se ha disparado de la mano del turismo y en general en el llamado sector servicios?

¿En qué sentido afirmamos que nuestra sociedad está aburrida? Ciertamente hay muchísimas posibilidades de diversión, pero la tristeza profunda permanece. De hecho, entre nosotros el consumo de diversiones es compulsivo. Se cambia fácilmente de forma de divertirse, agotando cada una hasta el cansancio. Por eso, el secreto está en ofrecer constantemente nuevas formas de diversión (de lo que se aprovecha bien el mercado del ocio). Quizá las diversiones solo sean evasiones, maneras de compensar la dureza de la vida.

No podemos decir que esto sea malo, pues así funciona nuestra psicología humana. Pero si hablamos de aburrimiento real, más allá de la risa o del pasarlo bien en momentos específicos, es porque conocemos y deseamos una alegría real y profunda, que proporcione un tono vital esperanzado, sereno y permanente.

Combatir el aburrimiento buscando nuevos y más numerosos estímulos es un camino errado. El aburrimiento se vence con una mirada en profundidad sobre las persona y las cosas que tenemos delante cada día. La novedad que nos saca del tedio y de la tristeza consiste en el descubrimiento del misterio escondido en cada cosa, cada acontecimiento y en cada ser humano con quien nos cruzamos cotidianamente. Un gran teólogo y filósofo de tradición reformada, Paul Tillich, afirmaba que la fe no es otra cosa que la mirada en profundidad de la vida. Es decir el descubrimiento de la verdad, la bondad y la belleza divina que palpita en todo cuanto existe.

O sea que la verdadera "diversión" está en los ojos, siempre que los ojos sepan mirar. Recordemos aquellas palabras de Jesús reprochando a sus paisanos tener ojos para distinguir el lenguaje de las plantas, cuando anuncian la primavera, o del tiempo atmosférico, cuando hace presagiar una tormenta, y sin embargo no tener ojos para darse cuenta de la presencia del Reino de Dios en medio de ellos.

Si el Adviento nos hace recuperar las ganas de vivir, es porque nos cambia la mirada.

– Es tiempo de mirar y levantar la cabeza (Lc 21,28), de despertar, abrir los ojos, espabilarse y vivir avanzando hacia la plena luz del día (Rm 13,11-12)

– Es tiempo de alegría inagotable por la cercanía del Señor (Fil 4,4), por su perdón (Sof 3,14) y por la fecundidad del pueblo fiel (Is 54,1)

– Es tiempo de contemplar la gran novedad, el universo y la humanidad nueva (Ap 21,1)

Por tanto la superación del aburrimiento y del tedio de la vida es fácil y barata. Mejor dicho, es gratis. Porque el misterio se ofrece en lo cotidiano, donde él quiere hacerse accesible en forma de presencia y promesa. Es la sorpresa de reencontrar, un año más, el Amor y "la Verdad siempre antigua y siempre nueva" (San Agustín).

? Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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