"Amalia Montealegre ha puesto voz y realidad a los heridos en el accidente de Adamuz. Habla de una burocracia que avanza a un ritmo muy distinto del de la vida cuando esta se rompe"

Habla Pilar García Muñiz de una de las personas heridas en el accidente ferroviario en Adamuz

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Amalia Montealegre tiene 31 años y es médica de atención primaria en Cartaya, en Huelva. 

El pasado 18 de enero se subió a un tren en Madrid con destino a Huelva con la tranquilidad de quien toma una decisión casi rutinaria, ¿no? Ahorrar tiempo, evitar un viaje largo por carretera, llegar antes a casa, nada extraordinario. Nada que hiciera presagiar que ese trayecto acabaría marcando un antes y un después en su vida. 

El accidente ferroviario de Adamuz en Córdoba dejó 46 fallecidos y más de un centenar de heridos. Y en medio de ese escenario, en el interior del segundo vagón del Alvia, el más afectado, Amalia permaneció atrapada durante 3 horas y media. No perdió el conocimiento en ningún momento. Eso significa que lo recuerda absolutamente todo. El impacto, el caos, el desorden, los cuerpos, las maletas, el ruido primero y después el silencio.

Tres horas y media en las que no pudo moverse y en las que su conocimiento médico fue básico para sobrevivir. Sabía que tiene una fractura abierta. Sospechaba que también un neumotórax; identificaba además otras lesiones en su cuerpo y sabía que para sobrevivir era fundamental no moverse, respirar lo justo y, sobre todo, no dormirse. Tenía que aguantar como fuera. 

Cuando finalmente fue rescatada, se convirtió en la última persona con vida en salir de ese vagón. El siguiente recuerdo ya no es del interior del tren, sino el de una ambulancia en marcha. Allí todavía, entre el dolor y la incertidumbre, pidió un teléfono para llamar a su madre y decirle: Mamá, estoy viva. Una frase que condensa el alivio, el miedo acumulado y la necesidad de anclarse a algo conocido en medio de lo incomprensible.

A partir de ahí comienza un largo ingreso hospitalario, varias intervenciones quirúrgicas, traslados entre hospitales de Córdoba y Huelva y un cuerpo seriamente dañado.

Pues durante estos dos meses ha sido bastante complicado. No puedo apenas moverme, no puedo ponerme de pie. Tengo una fractura de fémur por tres. sitios. Tengo roto el sacro, las vértebras dorsales, tengo rota la clavícula, el omóplato y me han reconstruido la oreja entera".

Así ha contado la propia Amalia todas las secuelas que todavía tiene después de pasar dos meses ingresada. Y hablaba de ello entre lágrimas en el momento de pedir el alta voluntaria, algo que ha pedido no porque esté recuperada ni mucho menos, sino porque necesita cambiar el entorno en el que continuar ese proceso.

Amalia sale del hospital en silla de ruedas con un corsé y con una dependencia total para las actividades más básicas. No habla de culpables, no reclama tampoco explicaciones ni pide que le pidan perdón, pero sí habla de trámites.

"No necesito explicaciones por parte de nadie, no necesito el perdón de nadie; necesito ahora una tarjeta de movilidad reducida que me han dicho que no me dan hasta dentro de 6 meses o un año".

Habla de la necesidad urgente de contar con una tarjeta de movilidad reducida que podría tardar meses en llegar. Habla de tiempos administrativos que no se corresponden con las necesidades reales de quien no puede moverse por sí misma.  Habla, en definitiva, de una burocracia que avanza a un ritmo muy distinto del de la vida cuando esta se rompe

Amalia ha puesto voz y realidad a los heridos en el accidente de Adamuz. Dos personas, por cierto, siguen todavía hospitalizadas, una en Málaga, otra en Córdoba, y otras muchas recuperándose en sus casas con visitas frecuentes a hospitales y sin dejar atrás la gravedad de lo vivido. Porque sobrevivir fue solamente el primer paso. 

Lo que viene después: la rehabilitación, la dependencia, la adaptación a una nueva realidad. Es un recorrido mucho más largo, menos visible y en muchos casos más difícil de sostener. Una etapa distinta en la que la urgencia ya no es mediática, pero esa urgencia sigue siendo vital.

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