La foto: "Siempre tuyo, siempre tuya"

El presentador de La Tarde elige como foto del día el correo de Estados Unidos

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Fernando De Haro

Publicado el - Actualizado

2 min lectura

La foto que me ha llamado la atención la publica hoy La Vanguardia. Es la imagen de un hombre muy atareado, viste un uniforme con camisa de manga corta y utiliza guantes. Lleva en la cabeza una gorra que no nos deja ver su cara. Los pelos largos, el bigote espeso. Se gira con ímpetu hacia un cajón en el que va a soltar un manojo de cartas. Los sobres son muy variados: marrones, blancos, americanos, cuadrados. A sus espaldas un buzón del servicio de correos de Estados Unidos. El protagonista de la foto es el cartero.

El diario ha publicado la foto porque en la ciudad de Nueva York van a cambiar los buzones y van a dejar de tener tapa. Por lo visto se ha hecho frecuente que haya gente que pesque a través de la ranura las cartas ajenas. La pesca del sobre requiere maestría. Puede uno pensar que los pescadores de buzones buscan algún cheque, algunos billetes mandado por esa vía. Pero puedo pensar también que esos norteamericanos que echan la caña a ese inmenso lago que es el buzón añoran epístolas escritas en papel fino que empiecen diciendo querido, muy estimado, muy señor o señora mía, o apreciado, o distinguido y que las roban para escuchar reciba un cordial saludo, o espero por la presente que te encuentres bien, o nos es grato comunicarte, o mediante la presente deseo que sepas lo mucho que te extraño. Podemos pensar que los ladrones de correspondencia buscan una letra conocida, unas cuartillas que traigan el olor de la tierra lejana, el tacto de las manos deseadas, porque las cartas son así, traen historias, relatos de cosillas que parecen nada pero que son la vida misma del otro que se sincera, que vierte las lagrimas, las miradas, la ira, en sus frases y en sus recados. Los ladrones de buzones buscan decidídamente el rastro de un recado de escribir que usado por la persona lejana trasladen su afecto, sus anhelos que quedaron sin confesar cara a cara, que el papel es mejor confidente que los labios. Y estoy convencido de que los ladrones de cartas leen una y otra vez las postales, las notillas de tres líneas, las grandes declaraciones que requieren muchos párrafos, las leen y las llevan encima, sobre todo, para no olvidarse de la despedida, para leer una y otra vez las dos últimas palabras: siempre tuyo, siempre tuya.

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