
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención hoy la publica La Vanguardia. Es una imagen en blanco y negro de los años 50, cuando la publicidad era todavía ingenua. Una madre y sus dos hijos están sentados a la mesa en la cocina. Es una cocina repleta de nuevos y brillantes electrodomésticos: frigorífico, tostadora, cafetera de filtro. Brilla el metal, destella el blanco. La niña es una mujer en pequeño, con su pelo con bucles y su traje a cuadros. Sostiene una tostada entre sus manos mientras mira a su madre embelesada. El niño que es un hombre en pequeño, lleva corbata y muerde un sándwich. La dueña de la casa, detrás de una botella de leche y de un frasco de mermelada, destila satisfacción, alegría, por ver a sus retoños tan limpios y tan bien alimentados. No sabemos qué se anuncia: quizás una dieta, ejercicios para mantener la familia unida y sonriente, suplementos de megavitaminas, cirugía plástica, seminarios de gestión del tiempo. Vete a saber. Una foto perfecta en su composición y, por eso alejada de la mirada normal. La mirada normal, la que tu y yo tenemos sobre las cosas, no está ordenada. Lla mirada normal se lanza sobre la botella de leche con sed, sobre el tarro de la mermelada pensado que contiene el paraíso y lleva ya desde el primer momento, esa mirada, la intuición, la seguridad, de que nada de eso será suficiente. La mirada normal sabe del hastío, de la insuficiencia de las botellas de leche y de los tarros de mermelada.



